“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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2 Timoteo 1:8-11
"Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles."


En su segunda carta a su hijo espiritual Timoteo, el apóstol Pablo lo exhorta a que continúe predicando el evangelio de Cristo, aunque esto le cause aflicciones (Pablo estaba preso en una cárcel romana), y le recuerda algo tan importante como es el llamado de Dios y la salvación por la gracia de Cristo. Pablo escribe: “según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo...”

Pensemos por un momento lo que esto significa. En primer lugar, ¿qué es “el llamado de Dios”? El llamado de Dios es aquel momento en el que Dios reclama nuestra atención con el fin de que escuchemos un mensaje que es personal y es específico. Un mensaje que requiere una decisión o una acción de parte nuestra.

No existe algo de mayor importancia en nuestras vidas que estar concientes que el Dios Creador del Universo nos ha enviado a cada uno un mensaje personal y específico que requiere una decisión de parte de cada uno de nosotros con el fin de que él lleve a cabo sus planes en nuestras vidas. La Biblia nos habla de tres diferentes llamados que Dios hace:

El primero es el llamado a la SALVACION.

En Lucas 5:32 Jesús dice: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento."

Dios llama constantemente. El manda mensajes específicos a las personas para ayudarles a entender que son pecadores, separados de él, perdidos por la eternidad sin él, y su llamado es una invitación al arrepentimiento y a reconciliarse con él recibiendo a su hijo Jesucristo como Salvador personal.

La base fundamental de este llamado es la cruz del Calvario. La Biblia dice que debido a que el hombre pecó contra Dios, todos somos pecadores (Romanos 3:23), y que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23a). Pero allí en la cruz del Calvario Dios mostró su infinito amor por la humanidad al permitir la muerte de su hijo, quien nunca pecó, con el fin de que él pagase lo que a nosotros nos correspondía pagar por nuestros pecados. Al confesar nuestros pecados y aceptar este sacrificio somos justificados y ya no somos condenados, sino que tenemos vida eterna. "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." (Romanos 6:23).

El primer llamado de Dios es el llamado a la salvación de nuestras almas. Es el primer llamado al que debemos responder.

El segundo llamado de Dios es a la SANTIFICACION.

En 1 Tesalonicenses 4:7 dice: "Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación."

Ser santificado quiere decir ser apartado por Dios para Dios. Vivir en santidad significa caminar con Dios. Significa que ya hemos respondido sí al primer llamado de Dios a la salvación. No tenemos dudas acerca de nuestra salvación eterna, sabemos que nos hemos reconciliado con nuestro Creador, pero Dios no está satisfecho con nuestra salvación solamente. El quiere que vivamos vidas de santidad, controladas por el poder del Espíritu Santo, en una íntima comunión con él por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Dice 1 Corintios 1:9: "Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor."

No podremos disfrutar del amor de Dios en toda su plenitud, no podremos experimentar de manera completa el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas, no podremos sentir plenamente esa paz que sobrepasa todo entendimiento y el gozo exquisito de la presencia de Dios mientras no vivamos vidas santificadas. Y sólo podemos llegar a tener una íntima comunión con nuestro Señor cuando día tras día buscamos su rostro en oración y leemos la Biblia en busca de conocimiento.

Por último, el tercer llamado de Dios es al SERVICIO.

Dice Efesios 2:10: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas."

Fuimos creados por Dios para hacer buenas obras, es decir para actuar de manera que su nombre sea glorificado. Esto es servir a Dios.

Al comenzar su ministerio en la tierra, Jesús llamó a los que serían sus discípulos diciéndoles: “Vengan en pos de mí y yo los haré pescadores de hombres.” (Mateo 4:19). Y después de la resurrección. justo antes de la ascensión, Jesús emite el llamado supremo a todos sus seguidores, el cual se conoce como "la Gran Comisión": “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Mateo 16:15).

Y desde entonces, a través de los siglos hasta nuestros tiempos Dios no ha dejado de emitir llamados personales a hombres y mujeres de todas las edades, razas, nacionalidades, posición social, nivel cultural, etc. con un propósito específico y determinado.

Cada uno de nosotros ha sido llamado por Dios en algún momento de nuestras vidas. Ya sea a través de la predicación de un sermón en la iglesia, o a través de la radio, o la televisión. O por medio de una canción espiritual que nos ha impactado. O quizás Dios ha usado el testimonio de alguna persona cercana a nosotros. Muchos han podido ser los medios utilizados por Dios para llamarnos, pero una vez que ese llamado a llegado a nosotros, es nuestra, totalmente nuestra la decisión de responder o ignorar el llamado de Dios a servirle.

Cuando se habla de servicio a Dios muchas veces se piensa en términos de predicar, o ir de misionero o misionera a algún lugar lejano. Pero Dios no llama a todo el mundo al campo misionero. Algunos serán llamados a alcanzar con el evangelio las enlodadas chozas en Africa, o las selvas del Amazonas, o alguna pequeña aldea en la lejana China. Pero el llamado general para el cuerpo de Cristo es a ser un pueblo con misión; ser testigos de Jesucristo ante el vecino, el compañero de trabajo, el familiar no creyente, y todas aquellas personas a nuestro alrededor que necesiten conocer el poder redentor y transformador de nuestro Señor Jesucristo.

Nosotros servimos a Dios cuando nos servimos los unos a los otros, soportándonos, apoyándonos en momentos difíciles, ayudándonos mutuamente en nuestras necesidades, compartiendo nuestras posesiones materiales, compartiendo nuestro amor. Servimos a Dios visitando un enfermo, visitando un preso en la cárcel, consolando a una viuda, a un huérfano, a alguien que esté en tribulación. Servimos a Dios compartiendo nuestra fe con aquellos que no le conocen y los llevamos al conocimiento de su hijo Jesucristo y de la vida eterna que él nos ofrece. Servimos a Dios cuando oramos intercediendo ante él por alguna persona en necesidad.

Resumiendo, podemos decir que servimos a Dios cuando cualquier cosa que hagamos, lo hacemos de corazón para agradarle a él. Dice Colosenses 3:23-24: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís."

El punto clave es este: Dios nos ha llamado a salvación y a santificación con el fin de hacer de cada uno de nosotros una vasija llena de su amor que honre y glorifique su nombre y que él pueda usar para impactar y bendecir la vida de otros.

Cada uno de nosotros tiene que responder a ese llamado de una manera u otra. Indudablemente viviríamos en un mundo mucho mejor si cada cristiano tomara en serio su responsabilidad ante Dios y actuara conforme a Su voluntad. Dios nos ha dado a cada uno algún don o talento con el fin de que lo usemos para glorificar su nombre. Reflexiona sobre esto, y si aún no lo estás haciendo hazte el firme propósito de servir a Dios de alguna manera.

Los años pasarán y llegará aquel día en el que tendremos que enfrentarnos cara a cara con nuestro Señor. Gústenos o no nos guste, ese momento llegará. Y entonces cada uno de nosotros dará cuenta por lo que hizo con su vida. ¡Qué maravilloso sería escuchar de labios del Señor Jesucristo lo que el señor de la parábola de los talentos (Mateo 25) le dijo a su siervo: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”! Esto depende de cómo respondamos al llamado de Dios.

¿Has escuchado el llamado de Dios? ¿Cuál ha sido tu respuesta?