“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
El Camino del Calvario Enviar esta meditación

Filipenses 2:5-8
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”


En octubre de 1959, el escritor y novelista norteamericano John Howard Griffin, se pintó la piel de color oscuro y se lanzó a un increíble viaje a través del, en aquel entonces, segregado sur de los Estados Unidos, en el cual experimentó los efectos de una terrible discriminación y prejuicio que impactó su vida para siempre. El resultado fue su libro titulado “Black like me” (“Negro como yo”), el cual muchos consideran el documento más importante que se ha escrito acerca del racismo en los Estados Unidos en el siglo XX. Como consecuencia de la publicación de este libro, Griffin fue personalmente difamado, atacado, colgado en efigie, y amenazado de muerte por el resto de su vida. Sin duda fue un acto de valor a toda prueba, movido por sus principios y su compasión por aquellos que estaban sufriendo el martirio de la discriminación racial. Pero… ¿qué podemos decir sobre lo que hizo Jesucristo?

El pasaje bíblico nos dice que nuestro Señor hizo mucho más que cambiar su aspecto físico. Él renunció a su gloria y se vistió de humanidad. Vivió en este mundo y fue “despreciado y desechado entre los hombres.” (Isaías 53:3). “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.” (Juan 1:11). Conoció nuestras tristezas, y experimentó personalmente nuestras frustraciones y sentimientos. Y finalmente fue humillado, torturado y clavado injustamente en la cruz del Calvario. Todo esto por su indescriptible amor por nosotros. Con el fin de librarnos de la condenación eterna y ofrecernos vida en abundancia, ocupó nuestro lugar en la cruz sufriendo la más horrenda de las muertes.

Pero, ¿por qué tanto sufrimiento? ¿Acaso no había otra manera de salvar a la humanidad de la condenación eterna? Quizás esta misma pregunta pasó por la mente de Jesús en medio de su agonía, allí en el huerto de Getsemaní a sólo unas horas de su muerte en la cruz, cuando clamó: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa...” (Mateo 26:39a). En otras palabras: Padre, si existe alguna otra manera de llevar adelante tu plan, ¡líbrame de esta prueba!

Pero no hubo otra manera en el corazón de Dios. Alguien debía morir, pues “la paga del pecado es muerte.” (Romanos 6:23). Y al igual que en el Antiguo Testamento el Sumo Sacerdote ofrecía como sacrificio por el pecado del pueblo un cordero sin defecto alguno, era necesario que la ofrenda por los pecados de la humanidad en la cruz del Calvario fuera sin ningún defecto. Jesús, quien jamás pecó, era el único calificado para ocupar ese lugar. La enorme diferencia estriba en que en los tiempos antiguos era necesario hacer expiación por los pecados una vez todos los años (Levítico 16:34), mientras que el sacrificio de Cristo fue “ofrecido una vez para siempre.” (Hebreos 10:12). Por eso Juan el Bautista lo presentó como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29).

El plan de salvación de Dios, como todo lo que proviene de su corazón, es perfecto. Él envió a su Hijo con el fin de ser el Cordero expiatorio por todos nuestros pecados y darnos la salvación de nuestras almas (Juan 3:16), pero también para que fuese nuestro modelo en el proceso de la transformación que él desea lograr en nosotros hasta que seamos “hechos conformes a la imagen de su Hijo.” (Romanos 8:29). El medio principal que Dios usa para madurar espiritualmente a sus hijos es el sufrimiento. Las crisis y las pruebas que encontramos en la vida son parte de su plan con el fin de limpiarnos, purificarnos y prepararnos para disfrutar de la gloria junto a él. Este es el llamado proceso de santificación, el cual lleva a cabo el Espíritu Santo una vez aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador. El apóstol Pedro lo describe de la siguiente manera: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.” (1 Pedro 5:10).

Cuando entendemos que Dios está permitiendo sufrimiento en nuestras vidas con algún propósito, y nos sometemos a su voluntad comenzamos a aprender obediencia, la cual es imprescindible para que seamos perfeccionados. Jesús, siendo nuestro ejemplo, dio el primer paso en esta dirección, según nos dice Hebreos 5:8-9: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, tuvo que aprender obediencia, ¿cuánto más nosotros, miserables pecadores?

El camino del Calvario es un camino de humillación, desprecio, dolor y sufrimiento. Como parte del plan de salvación, Jesús debió caminarlo por obediencia a la voluntad de Dios, en contra de lo que su propio yo le gritaba que hiciera: huir de la cruz. Jesús estaba conciente de la encomienda que el Padre le había asignado. En Lucas 9:22-23, el Maestro les explica a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”

“Tome su cruz cada día...” La cruz es más que un símbolo del cristianismo, es verdaderamente un estilo de vida, al cual se refiere Jesús en este pasaje. Es una profunda actitud del corazón que comienza con negar o rechazar todo intento o deseo de la carne que vaya en contra de la voluntad de Dios. Jesús fue el ejemplo perfecto al negarse a sí mismo y someterse a la voluntad del Padre. Él sabía que sería humillado, desechado y torturado, y que finalmente sería clavado en la cruz del Calvario. Conocía el número de latigazos que recibiría y hasta el último clavo que traspasaría su cuerpo, pero decidió marchar adelante a cumplir la voluntad del Padre. Por eso, ahora él puede pedirnos que le imitemos, disponiendo nuestra mente y corazón a negar o rechazar todo intento o deseo de la carne que no esté de acuerdo con su palabra, y a tomar esa prueba que estamos pasando, ese sufrimiento que nos agobia, esa pesada y dolorosa cruz y seguir sus pasos, con la confianza de que él nos va a llevar a la victoria, como prometió a sus discípulos en Juan 16:33: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." Es todo cuestión de fe, es decir confiar que Jesús, que pasó por tan terrible experiencia y al final fue exaltado hasta lo sumo (Filipenses 2:9), puede guiarnos por este camino del Calvario hasta la meta donde nos espera el gozo de la victoria.

El viernes hubo dolor y sufrimiento entre los seguidores de Jesús. El sábado hubo llanto y tristeza. Pero el domingo sucedió el milagro más grande y maravilloso de la historia de la humanidad, el cual trajo el gozo indescriptible de la victoria de Jesús sobre la muerte y las tinieblas. Así es el proceso de santificación, en el cual por medio del fuego de los sufrimientos, somos purificados por el Santo Espíritu de Dios que obra en nosotros. Poco a poco las impurezas y suciedades van siendo eliminadas de nosotros, la naturaleza carnal y pecaminosa ya no reina, sino que se va debilitando, perdiendo el control de nuestras acciones hasta que muere, y entonces la vida de Jesús se manifiesta en todo su esplendor, y su imagen se refleja en nosotros. Es este el momento en que podemos asegurar que hemos sido crucificados con Cristo y hemos resucitado junto con él.

El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” (Gálatas 2:20). Esta debe ser la meta de todo cristiano, ir muriendo al pecado, a los hábitos y costumbres del pasado e ir dando lugar, por la acción del Espíritu Santo, a un ser interior nuevo conforme a la imagen de Jesucristo. Hagamos de la Cruz un símbolo de victoria en nuestras vidas, buscando cada día el rostro de quien ocupó nuestro lugar en ella, ofreciendo su vida para que nosotros podamos disfrutar de vida eterna. ¡A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén!

Cierra tus ojos por unos minutos e imagínate a Jesús invitándote a caminar junto a él el camino del Calvario cada día por el resto de tu vida. Recuerda que es un camino espinoso y lleno de sufrimientos, en el que tendrás que humillarte y soportar cosas que no serán de tu agrado; tendrás que perdonar a los que te han herido, y también en ocasiones tendrás que pedir perdón humildemente en busca de una reconciliación (aunque a veces tú “no tengas la culpa”). Y sobretodo tendrás que negarte a ti mismo, es decir rechazar los deseos de tu mente que te impulsan a hacer algo que no está de acuerdo con lo que enseña la palabra de Dios.

Ciertamente es un camino difícil, pero es a la vez un camino glorioso que complace a tu Padre celestial. El estará constantemente atento a tus necesidades, y cuidará de ti y de tu familia, y te levantará cuando caigas y te dará fuerzas cuando estés débil, y al igual que hizo con su Hijo amado, te exaltará y te recompensará con una paz y un gozo tan grandes que ni siquiera puedes imaginar.