“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
¿Por qué es necesario perdonar? Enviar esta meditación

Mateo 6:9-13
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.”


Cuando sus discípulos pidieron al Señor que les enseñara a orar, él les respondió con esta oración modelo. Aquí Jesús se refirió a varios aspectos a tener en cuenta cuando oramos: Primeramente expresa nuestra condición de hijos de Dios, al decir: “Padre nuestro que estás en los cielos…” Nos dice también que debemos alabar y santificar su nombre; pedir la manifestación de su reino, someternos a su voluntad. Debemos pedirle nuestro diario sustento, pedirle que nos libre de todo mal, que perdone nuestros pecados. Pero la única petición que está sujeta a condiciones es precisamente la del perdón. Dice: “Perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Y aún más, después de terminar esta oración, Jesús volvió a insistir sobre la necesidad de perdonar. En los versículos 14 y 15 leemos: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas."

Sabemos que los cristianos debemos perdonar. La falta de perdón es un pecado porque está en contra de la voluntad de Dios. Eso está muy claro en la Biblia. Pero una cosa es saberlo y otra es llevarlo a la práctica. Cuando hemos sido heridos o cuando alguien a quien amamos ha sido maltratado, ¿cómo podemos perdonar? Muchas veces queremos ser buenos cristianos, y perdonar a esa persona que nos hirió. Y nos enfrascamos en una lucha. Y quizás pensamos que la hemos perdonado. Sin embargo, cuando menos lo esperamos, sentimos ese resentimiento resurgir en nuestros corazones.

El resentimiento, el enojo, la amargura son sentimientos que entristecen al Espíritu Santo. El apóstol Pablo lo advierte en su carta a los efesios: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” (Efesios 4:30-31). Estos sentimientos afectan negativamente nuestra relación con Dios y con aquellos que nos rodean. Y si no los quitamos de nosotros prontamente, estos irán creciendo, echarán raíces en nuestros corazones y se convertirán en algo peor, que es el rencor.

El diccionario define el rencor como “Resentimiento arraigado y tenaz.” “Arraigado” quiere decir que ha echado raíces y por lo tanto es muy difícil de eliminar. La Biblia nos advierte acerca de esto en Hebreos 12:14-15. Dice así: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.”

“Mirad bien…”, dice este versículo. Esta es una exhortación a que hagamos un examen profundo y cuidadoso del contenido de nuestro corazón. ¿Habrá allí alguna raíz de amargura? ¿Algún resentimiento, o enojo contra alguien? “Mirad bien…” ¡Mucho cuidado! No ignoremos esta advertencia, porque puede traer malas consecuencias. Y continúa: “…no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios.” Esto no es nada bueno. Ninguno de nosotros desea que la gracia de Dios deje de manifestarse de alguna manera en nuestras vidas. Esa amargura, ese resentimiento afectan nuestra relación con Dios, y también con aquellos que nos rodean. Dice: “que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.”

El rencor es una barrera que nos impide “seguir la paz con todos.” Por lo tanto no podremos disfrutar plenamente de la presencia del Señor. ¿Qué hacemos, pues, para eliminar el rencor de nuestros corazones, si existe? El rencor es producto de un espíritu no perdonador. La única manera de eliminar el rencor de nuestro corazón es perdonando a la persona que nos hirió. “Antes sed benignos unos con otros, --continúa Pablo diciéndoles a los efesios-- misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32).

Tenemos que perdonar. No hay otra alternativa. Ahora bien, el perdón es un acto de la voluntad. Debemos querer perdonar. Pero al mismo tiempo tenemos que reconocer que somos débiles y que quizás no podamos perdonar por nuestras propias fuerzas. Pero gloria a Dios, porque él siempre está dispuesto a ayudarnos en nuestra debilidad. Y ha provisto un medio para restaurarnos, para levantarnos de nuestras caídas, para eliminar de nuestros corazones todo aquello que afecta nuestra relación con él. La sangre de Cristo es poderosa para perdonar todos nuestros pecados. Incluyendo, desde luego, la falta de perdón.

La Biblia dice en 1 Juan 1:9 que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” Muchas veces cuando, de alguna manera, caemos en pecado, el Espíritu Santo nos redarguye, y nos sentimos mal, y nos arrepentimos de haber pecado, y venimos ante Dios, y le pedimos perdón, y salimos con un verdadero sentido de haber sido perdonados, satisfechos con nuestra condición espiritual. Pero cuando menos lo esperamos nos encontramos repitiendo el mismo pecado de nuevo, y necesitando otra vez el mismo perdón. ¿Por qué es esto?

Porque además de perdonar nuestros pecados, esa sangre también tiene que limpiarnos de toda nuestra maldad. No solamente debemos sentirnos mal por haber pecado, no solamente debemos arrepentirnos de nuestros pecados, sino también debemos confesarlos. Un pecado no confesado es un pecado cuya raíz permanece en nuestro corazón y en cualquier momento puede brotar y nos va a estorbar en nuestra relación con Dios, y va a contaminar a los que nos rodean.

El pecado es como una bacteria. Si no lo eliminas totalmente, se mantiene brotando, y contaminando y haciéndote daño a ti y a todos los que están cerca de ti. “Mirad bien…” El primer paso es “mirar bien” dentro de nuestros corazones. Miremos cuidadosamente. Cuando se trata de falta de perdón, vamos a encontrar allí ese sentimiento de rencor o resentimiento. Esa raíz de amargura. El segundo paso es reconocerlo. Claro que esto requiere humildad de nuestra parte. El orgullo está presto a convencernos de que todo está bien. Un espíritu de humildad nos revela que eso no es cierto, no todo está bien. Una vez reconocemos que existe ese resentimiento, el próximo paso es traerlo delante de Dios, y confesarlo ante él.

En el Salmo 32, David declara su experiencia como un pecador que ha sido perdonado. Este Salmo lo escribió David después de escribir el famoso Salmo 51 que todos conocemos. Dice así: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.”

Hace un tiempo leí un libro que trata directamente sobre este tema. Su título: “Hombría al Máximo” (en inglés se titula “Maximized Manhood”). Su autor, el Reverendo Edwin Cole, es un hombre de Dios, fundador de un ministerio dirigido principalmente a los hombres, pero cuyos principios bíblicos podemos aplicar tanto a hombres como a mujeres.

En este libro, él comparte varios testimonios ocurridos en su ministerio. Entre ellos, cuenta que en una ocasión un científico en California lo escuchó predicar sobre el principio del perdón. Al terminar, este hombre se le acercó, y le contó que él y su padre no se hablaron durante los últimos 15 años de la vida de su padre. El había muerto 20 años antes, o sea que había un total de 35 años de falta de perdón. Pero el problema era que el científico y su hija no se habían hablado en más de dos años. Incluso ella se mudó para Hawaii con el fin de estar lejos de él. Esa noche, mientras oía la prédica, él se dio cuenta de que estaba actuando con su hija de la misma manera que su padre actuó con él, y sufriendo las mismas consecuencias. Su padre había estado muerto por 20 años. ¿Qué podría hacer ahora?

Todavía era esencial que él perdonara a su padre, a pesar de tantos años transcurridos. El ministro oró con él; él confesó su falta de perdón hacia su padre y allí recibió la liberación que tanto necesitaba. Esa misma noche, tan pronto llegó a su casa, aquel hombre escribió una larga carta a su hija, pidiéndole perdón y hablándole de cosas que ella no sabía. Dos o tres semanas después, se habían reconciliado, y él estaba haciendo planes para viajar a Hawaii a pasar un tiempo con su hija y sus nietos, uno de los cuales no conocía.

Esto puede pasarle a cualquiera. Si has mirado bien dentro de tu corazón, y has encontrado allí algo que está afectando tu relación con el Señor, es necesario que hagas algo. El Espíritu Santo tiene el poder de romper cadenas, y liberarnos de toda atadura que esté impidiendo una íntima comunión con nuestro Padre celestial. La preciosa sangre de Jesucristo está lista para perdonarnos y limpiarnos de toda nuestra maldad.

¿Habrá algo que necesitas confesar delante de Dios? Ya sea falta de perdón o cualquier otro pecado. ¿Habrá algún rencor por allá dentro que te está moviendo a actuar de una manera que no agrada al Señor?

Si es así, arrodíllate ahora mismo y confiésalo al Señor de todo corazón. Sólo tienes que confesar tus pecados, abrir tu corazón y derramarlo todo en las manos de tu Salvador.