“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
El afán y la ansiedad Enviar esta meditación

Lucas 10:38-42
"Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Marta, en cambio, se preocupaba con muchos quehaceres y, acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria, y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada."


Algo se destaca inmediatamente en este pasaje: dos temperamentos completamente distintos en estas dos hermanas Marta y María. Algunas personas son por naturaleza muy dinámicas y activas así como Marta; otras, como María, son naturalmente pasivas y calladas. A la persona activa le es difícil comprender a la otra que se sienta, calla y medita. Y la persona que tiende a buscar los momentos de silencio y meditación, muchas veces no soporta a la que más bien se entrega a la actividad. No hay nada malo en ninguna de las dos actitudes. Dios no nos hizo a todos iguales. El puede agradarse tanto de las Martas como de las Marías.

Pero estos versículos nos muestran algo más. Pensemos hacia donde iba Jesús cuando esto sucedió. Iba camino a Jerusalén, a morir. Todo su ser estaba envuelto en una batalla intensa por poner sobre su propia voluntad la voluntad del Padre. Cuando Jesús llegó a aquel hogar de la aldea llamada Betania, Marta se dispuso a celebrar la ocasión como decimos comúnmente “echando la casa por la ventana”. Por lo tanto hacía muchas cosas: cocinaba, organizaba, limpiaba lo que estaba sucio, tratando de que todo luciera lo mejor posible. Realmente “no era para menos” quizás pensaba ella.

Sin embargo Jesús deseaba paz y tranquilidad. Pensando en la cruz que le esperaba, en medio de la tensión tan grande por la que estaba pasando, había ido a Betania tratando de alejarse del bullicio de la multitudes, al menos por un par de horas. María lo comprendió y, tranquilamente, y muy atentamente escuchaba a Jesús. Y a él le agradó. Marta, quizás tratando de agradar a Jesús, logró todo lo contrario.

Muchas veces no nos damos cuenta que necesitamos dejar a un lado todo lo que estamos haciendo y venir tranquilamente a los pies de Jesús. Nos enfrascamos en los quehaceres diarios, en nuestros trabajos, en nuestros problemas y no tenemos tiempo para pasar un rato a solas, tranquilamente con el Señor. Y en ocasiones se trata de asuntos de la iglesia. Nos envolvemos demasiado en ellos. Estamos tan ocupados en la obra del Señor que nos olvidamos del Señor de la obra.

Jesús amaba tanto a Marta como a María (Juan 11:5 dice: “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.”) Pero cuando Marta quiso mostrar su amabilidad a su manera, en realidad no fue de ayuda porque el corazón de Jesús clamaba por silencio y tranquilidad. María lo entendió y estaba en paz. Marta no lo entendió y estaba enojada.

“Señor ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo lo que estoy haciendo, mientras ella no hace nada?”

Jesús le dijo (V.41): “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.”

¿Qué quiere decirle Jesús a Marta con estas palabras?

En medio de lo que se conoce como "El Sermón del Monte", Jesús se dirige a sus discípulos: "Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal." (Mateo 6:25-34)

Jesús no habla en contra de que seamos prudentes y tomemos las medidas necesarias para estar preparados con el fin de responder a distintas situaciones del futuro; él nos exhorta a no afanarnos, es decir a no angustiarnos por el mañana antes de saber qué nos traerá el mañana.

La palabra griega usada en el original es “merimnán”, que significa “preocuparse excesivamente”. No es que cuando llegue el día de hacer el pago de la casa, o de la electricidad cojamos la factura y la tiremos en la basura, porque no debemos “preocuparnos” por eso. Lo que el Señor nos dice es que no nos preocupemos demasiado, al punto de afanarnos y perder la paz, aunque no tengamos el dinero para pagar.

¿Verdad que a veces nos preocupamos demasiado por nuestros problemas?

“No os afanéis por vuestra vida... “, dice Jesús. Si Dios nos ha dado la vida, si de tal magnitud ha sido su regalo, bien podemos confiar en él en todas las demás cosas. Si nos ha dado la vida, Dios seguramente nos dará también el alimento que necesitamos para sostenernos. Si nos ha dado cuerpos, seguramente podemos confiar que habrá de darnos también ropa para que lo cubramos y abriguemos.

Jesús nos exhorta a fijarnos en las aves que no siembran ni siegan y sin embargo Dios las alimenta. Pero el énfasis aquí no está en el hecho de que las aves no trabajan, sino en que están desprovistas de afán. Las aves no actúan impulsadas por ese afán del ser humano por tratar de conocer un futuro que no puede ver, ni se muestran ansiosas y angustiadas por lo que habrán de comer o beber al día siguiente.

El propósito de esta enseñanza es que pongamos nuestra confianza en el Dios todopoderoso, que no sólo no has dado la vida, sino también la salvación de nuestras almas a través de Jesucristo, y que ha prometido estar con nosotros cada día hasta el fin del mundo.

Jesús resume con un consejo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” En otras palabras, busca a Dios primero, y todas esas cosas por la que estás preocupado serán resueltas.

¿Es ésta la manera en que actuamos generalmente? ¿Damos al Señor el primer lugar en nuestras vidas?

Si nosotros tenemos las prioridades mal situadas no podemos esperar que las promesas de Dios se hagan realidad en nosotros. El espera estar en primer lugar, entonces nos bendice abundantemente. Si está en segundo o tercer lugar, no podemos esperar que se lleve a cabo la segunda parte del versículo. Nosotros no cambiamos el mensaje de Dios, el mensaje de Dios nos cambia a nosotros.

Jesús termina este pasaje diciendo (V.34): “Así que, no os afanéis por el día de mañana...” O sea, nos exhorta a tomar un día a la vez. Los judíos solían repetir este dicho: “No te preocupes por los males de mañana, porque no sabes que puede traerte el día de hoy. Mañana tal vez no estés vivo, y entonces te habrás preocupado por los males de un mundo que no te pertenecerá”. Pero no hace falta morirse para entender esto. Muchas veces nos preocupamos por cosas que nunca llegan a suceder.

El afán o preocupación excesiva es uno de nuestros principales problemas. El afán afecta nuestra vida espiritual pues estamos tan concentrados en nuestras preocupaciones que nos olvidamos totalmente de cultivar nuestra relación con el Señor. El nos habla y nosotros no escuchamos. No prestamos atención a su voz.

“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.”

“Sólo una cosa es necesaria” ¡Cuánta verdad encierran estas palabras!

Salud, dinero, prosperidad, posición social, todas estas cosas son buenas, pero no pueden llamarse necesarias. Sin ellas miles de personas viven felices en este mundo, y alcanzan la gloria en el mundo venidero. “Esas muchas cosas” por las cuales tanto nos preocupamos y afanamos, no son realmente necesarias. La gracia de Dios que nos da la salvación de nuestras almas es la única cosa necesaria.

María escogió “la buena parte”. No quiere esto decir que la otra es mala, sino que ella escogió la mejor. La que es buena en tiempo de enfermedad y en tiempo de salud, buena en la juventud y en la vejez, buena en la adversidad y en la prosperidad, buena en vida y buena en muerte, buena temporalmente y buena en la eternidad. Ninguna circunstancia, ninguna situación puede imaginarse en la cual no convenga al ser humano tener la gracia de Dios.

Los reyes tienen que dejar algún día sus palacios. Las mujeres más bellas del mundo han envejecido y con los años han perdido la belleza. Los hombres más fuertes y musculosos han ido perdiendo la fuerza, y se han encorvado, y han llegado a necesitar ayuda hasta para caminar. Los ricos dejarán algún día su dinero y sus posesiones. Pero el justo más pobre de la tierra tiene un tesoro del que no será privado jamás: la gracia de Dios y la salvación a través de Cristo. Estas son riquezas que nadie podrá quitarnos jamás. El mundo no podrá quitarnos la paz de Dios porque el mundo no nos la dio.

Hace muchos siglos el profeta Isaías lo afirmó con estas palabras en Isaías 26:3: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera porque en ti ha confiado.”

Esta fe, afirma el apóstol Pablo, es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. Allí en el monte de la transfiguración, se escuchó la voz de Dios diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él escuchad.”

¡Cuán importante es escuchar al Señor! En Isaías 48:18 dice: “¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar.”

María escuchaba atentamente a Jesús, y en ella había paz y tranquilidad. Marta se afanaba con tantos quehaceres, y no escuchaba a Jesús, y en ella había coraje y amargura.

Y tú, ¿estás escuchando la voz del Señor? ¿O tu mente está ahora mismo en alguno de esos problemas que te preocupan?

Ciertamente todos vamos a tener problemas, todos vamos a pasar por momentos de aflicción y sufrimiento. Jesús les advirtió a sus discípulos acerca de esto en Juan 16:33: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

La clave es confiar en el Señor... Deposita en él tu confianza, deja todos tus problemas en sus manos, y espera en él. Si no te resulta fácil, confiesa ante él tu debilidad, pídele que aumente tu fe, y Dios te responderá llenando tu corazón de una paz inexplicable y renovará tus fuerzas y tu esperanza.