“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
¿Qué hacer ante la crisis? Enviar esta meditación

2 Crónicas 20:1-3
"Pasadas estas cosas, aconteció que los hijos de Moab y de Amón, y con ellos otros de los amonitas, vinieron contra Josafat a la guerra. Y acudieron algunos y dieron aviso a Josafat, diciendo: Contra ti viene una gran multitud del otro lado del mar, y de Siria; y he aquí están en Hazezon-tamar, que es En-gadi."


En el transcurso de nuestra existencia se presentan ante nosotros situaciones que crean un estado de tensión e incertidumbre, e invariablemente van a producir un cambio que afectará nuestras vidas, ya sea positiva o negativamente. Esto se conoce con el nombre de "crisis". El ser humano, por naturaleza, tiende a rechazar los cambios, pues una vez se adapta a ciertas condiciones y se siente confortable en ellas, generalmente no quiere correr riesgos de perder su comodidad y prefiere mantenerse inmutable. Como una crisis siempre va a producir cambios, las personas automáticamente reaccionan defensivamente ante el primer asomo de un estado de crisis.

La crisis puede producir diferentes efectos en una persona o un grupo de personas. Entre los efectos más comunes están el temor, la ansiedad, el afán, nerviosismo, ira, tensión. La persona que está en medio de una crisis se siente, por regla general bajo una constante tensión la cual produce pérdida de sueño, alta presión sanguínea, taquicardia, trastornos estomacales, falta de apetito, etc. Por eso es muy importante que aprendamos a controlar las emociones y a actuar correctamente ante una crisis.

El pasaje de hoy nos habla acerca de una crisis que se presentó ante el pueblo de Judá y su rey Josafat. Todo marchaba de manera más o menos normal, cuando de momento le dan al rey la noticia de que numerosos ejércitos se acercaban con el fin de atacarlos. Inmediatamente se produce un estado de crisis. Algo va a pasar que va a traer consecuencias y cambios drásticos para todo el pueblo. Ante tanta responsabilidad el rey Josafat siente sobre él la fuerte tensión del momento. Dice el versículo 4a: "Entonces él tuvo temor..." Reacción completamente normal. ¿Qué va a pasar? ¿Qué debo hacer? La incertidumbre, lo desconocido que se aproxima causa temor en el ser humano.

Ahora bien, a partir de este momento se pueden tomar caminos diferentes que van a traer resultados y consecuencias diferentes. ¿Cuántas veces hemos reaccionado ante una crisis casi automáticamente siguiendo nuestras emociones? ¿Y cuántas veces hemos tenido que lamentar las consecuencias? El rey Josafat sintió temor, pero, ¿qué hizo después? Continúa el versículo 4: "...y Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá."

Al reconocer que somos incapaces de resolver la situación con nuestras propias fuerzas, la reacción que sigue inmediatamente debe ser buscar la ayuda de Dios. Así hizo Josafat, humillándose al reconocer su incapacidad, y haciendo que todo el pueblo se uniera a él clamando al Señor, en ayuno y oración. Y en el versículo 12, el rey clama a toda voz: "¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos."

El resultado de esta crisis fue una victoria total y absoluta para el rey Josafat y el pueblo de Judá. Dios se hizo cargo de la situación y peleó por ellos, derrotando y aniquilando a aquellos poderosos ejércitos. Y así termina este capítulo: "Y el pavor de Dios cayó sobre todos los reinos de aquella tierra, cuando oyeron que Jehová había peleado contra los enemigos de Israel. Y el reino de Josafat tuvo paz, porque su Dios le dio paz por todas partes." (2 Crónicas 20:29-30).

Durante su vida terrenal, Jesús también pasó por diferentes crisis. Ninguna mayor que la que experimentó en el huerto de Getsemaní cuando se aproximaba el momento de su terrible muerte en la cruz. En su condición de Dios, él conocía exactamente todo lo que le esperaba en las horas que se aproximaban, las humillaciones por las que habría de pasar, los sufrimientos físicos y mentales, las torturas, los latigazos, y aún el número de clavos que traspasarían su cuerpo. Y lo peor de todo: la increíble experiencia espiritual de tener que cargar con todos los pecados de la humanidad. Esto lo atormentaba a tal punto que oró diciendo: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa..." (Mateo 26:39).

En su condición de hombre, Jesús simplemente no tenía la fuerza ni el valor para soportar una prueba de tal magnitud. Fue tal la intensidad de la agonía del Señor, que "su sudor fue como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra." (Lucas 22:44). Está médicamente comprobado que ante una situación de extrema ansiedad y temor en una persona, puede darse el fenómeno de que la sangre se mezcle con el sudor, produciendo una sudoración sanguínea como la descrita por Lucas. Tal era la condición física, mental y espiritual de Jesús que, casi quebrantado, confesó a sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte...” Entonces les pidió que se mantuvieran orando, mientras él, separándose, se postró sobre su rostro clamando: "Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad."

Allí, en medio del terrible conflicto entre la carne que le urgía a gritos que huyera de la cruz, y su espíritu que le impulsaba a cumplir la misión encomendada por el Padre, Jesús dejó a sus amados discípulos uno de sus últimos consejos antes de morir, y uno de los más poderosos que el Señor nos haya legado en su santa Palabra: "Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil." ¡Cuán importante es que en el momento de la crisis y la guerra que se está desarrollando alrededor, resistamos los impulsos de la carne de huir de nuestras responsabilidades, de proceder apresuradamente buscando una salida rápida que pensamos pueda sernos favorable, quizás actuando en desacuerdo con las enseñanzas de la Palabra de Dios, y nos mantengamos firmes en la profesión de nuestra fe, buscando la dirección y la fortaleza de nuestro Padre celestial! En su Evangelio, Lucas cuenta que una vez Jesús terminó de orar por tercera vez, "se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle." (Lucas 22:43). La clave es resistir la tentación de actuar guiados por nuestras emociones, y someternos de corazón a la voluntad de Dios.

Jesús debe ser nuestro ejemplo en todo. Nuestra meta debe ser imitarlo en la manera en que él reaccionaba ante las diferentes situaciones que se le presentaban. Con toda seguridad jamás vamos a confrontar una prueba de la envergadura de la crisis que experimentó el Señor en Getsemaní, pero sin duda en toda crisis que tengamos que enfrentar podemos aplicar el mismo principio que dio a Jesús la victoria, y "por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre": Velar y orar, y buscar de todo corazón la voluntad de Dios en la situación en que nos encontremos, y llevarla a cabo aún en contra de nuestros propios deseos. Si hacemos nuestra parte, recibiremos de nuestro Padre celestial la fortaleza para seguir adelante y triunfar.

Todos hemos pasado, o pasaremos en algún momento por una crisis. Quizás en estos momentos tú estés pasando por una. Recuerda siempre acudir a aquel para el cual el futuro no es desconocido, aquel que "es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos", aquel que te ama infinitamente y sólo espera que acudas a él para sacarte de la crisis en que te encuentras en total y absoluta victoria y llenarte de su preciosa paz, como hizo con el rey Josafat, y con su Hijo Jesucristo y con todos los que a través de los siglos han clamado a él en medio de difíciles circunstancias.