“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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Recientemente estaba hojeando el periódico cuando me fijé en un anuncio que decía más o menos así: “¿Está enfermo, tiene problemas en el matrimonio, se quedó sin trabajo? Todo esto y más se resuelve. Llame a tal teléfono y saque una cita. NO SE NECESITA FE.

Bueno, eso es exactamente lo contrario a lo que dice la Palabra de Dios. La Biblia nos dice en Hebreos 11:6 que “sin fe es imposible agradar a Dios.” Y no podemos esperar que el Señor derrame bendiciones sobre nosotros si estamos viviendo una vida que es desagradable ante sus ojos. Es imprescindible que en nosotros exista la fe para que se lleven a cabo las obras de Dios en nuestras vidas.

En Mateo 9:28-30, dos ciegos se acercaron a Jesús, pidiéndole que los sanara. Dice: “Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos, y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos.” Sin duda fue el poder de Jesucristo lo que abrió los ojos de los ciegos, pero para que ese poder se manifestara se requirió precisamente que ellos creyeran; fue necesario que ellos tuvieran fe en el poder sanador del Señor. Venir al Señor en oración creyendo que él puede resolver nuestro problema, así como hicieron los dos ciegos, es la clave de una vida de victoria y de bendiciones.

Los discípulos entendieron el poder de la oración y la necesidad de orar. Por eso le dijeron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar…” (Lucas 11:1). Y Jesús les enseñó la oración modelo. También, en su andar con el Maestro, ellos llegaron a entender la necesidad de tener fe. En Lucas capítulo 17, Jesús conversaba con sus discípulos y les decía: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.” (v.3 y 4). ¡Siete veces! Para los judíos, tres veces era el máximo que se debía perdonar a alguien por la misma causa. Y ya eso resultaba sumamente difícil de lograr. ¡Pero siete veces!! ¡¡Señor, esto es imposible!! Entonces “dijeron los apóstoles al Señor: ¡Auméntanos la fe!” (V.5) Los discípulos entendieron que se requería tener mucha fe para tener el poder de perdonar tantas veces a la misma persona. Por eso le pidieron a Jesús que les aumentara la fe. ¡El Señor puede aumentar tu fe! ¿Quieres tú que tu fe aumente?

Veamos 7 pasos que pueden ayudarte a aumentar tu fe:

1. Humíllate delante del Señor.
En 2 Crónicas 7:14,15, Dios dice: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar.”

Humillarse delante del Señor es simplemente admitir nuestra necesidad y nuestra incapacidad para suplirla de manera perfecta. No hay nada terrible en esto, sin embargo muchas veces nos resulta difícil hacerlo. El reconocimiento sincero de nuestra debilidad constituye el primer escalón en la escalera de la fe.

2. Pasa el mayor tiempo posible orando.
La Biblia nos exhorta a “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). En Efesios 6:18 dice: “orando en todo tiempo, con toda oración y súplica en el Espíritu…”

La mayoría de los cristianos no oran más de unos pocos minutos a la vez. Muchas veces lo hacemos a la carrera como para salir del paso, y los resultados son muy superficiales. Es necesario que dediquemos más tiempo a la oración y hacerlo con más frecuencia. Varias veces al día si es posible.

La mayoría de los grandes siervos de Dios han hecho de la oración una parte principal de sus vidas. Juan Wesley, fundador de la denominación Metodista, pasaba dos horas diarias en oración. Se levantaba a las cuatro de la mañana todos los días. Martín Lutero solía decir: “Si no paso dos horas en oración en la mañana, el diablo obtiene la victoria durante el día.”

3. Alimenta tu espíritu con la Palabra de Dios.
En Romanos 10:17 dice: “La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios.”

Mientras más leamos o escuchemos la Palabra de Dios más crecerá nuestra fe. Escudriña la Biblia, medita en ella, diariamente. ¿Para qué? “para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”, dice 1 Corintios 2:5.

Pero no lo hagas como una rutina mecánica, sino con la seguridad de que cada versículo, cada palabra ha sido inspirada por el Espíritu Santo con el único fin de enseñarnos y fortalecernos espiritualmente.

En Romanos 15:4 dice: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.” Y sabemos que la fe es la base de nuestra esperanza.

4. Lee relatos acerca de cómo Dios ha dado respuesta a la oración.
Las biografías de aquellos que han sido poderosos ejemplos de fe son un gran estímulo para la fe. Los relatos de grandes avivamientos, conversiones y contestación a peticiones de sanidad, los ejemplos de como Dios ha suplido las necesidades económicas de aquellos que han depositado en él su confianza también fortalecen la fe.

5. Obedece a Dios en todo.
Tú no podrás confiar plenamente en Dios si no le has obedecido en las cosas básicas que nos dice su Palabra. Cuando en medio de una de esas pruebas, tú te vas por encima de tu propia voluntad, y obedeces la Palabra de Dios, y experimentas los resultados de la obediencia, la próxima vez te resulta más fácil obedecer y esperar en el Señor.

6. Comienza a confiar en que Dios te dará respuestas específicas.
Mientras más ejercitas tu fe, más crecerá. La fe puede ser comparada con un músculo, mientras más se ejercita, más se fortalece. Si no se ejercita se atrofia.

Comienza a confiar en que Dios contestará tus pequeñas pero específicas peticiones. Puedes incluso llevar un diario de tus peticiones y de las respuestas a las mismas. Repásalo de vez en cuando. A medida que el Señor va contestando la fe va creciendo.

7. Alaba a Dios en todo momento.
No sólo cuando estés contento. Cuando estés triste o desalentado alábalo también. Dice el Salmo 74:21, “El afligido y el menesteroso alabarán tu nombre.”

Lo más probable es que en un momento de prueba o de tristeza no tendrás deseos de cantar pero hazlo. Los resultados van a fortalecer tu fe. Dios habita en medio de la alabanza de su pueblo. Y donde Dios está, donde la luz del Señor llega, las tinieblas y la tristeza desaparecen y el gozo del Señor se manifiesta. Canta himnos de alabanza, o coritos, pero cántalos creyendo de verdad lo que estás diciendo. Al principio te sorprenderás cuando toda esa tristeza desaparece y te inunda un gozo y una paz indescriptible. Y la fe se fortalece.

En 1 Pedro 1:6, 7 dice: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en distintas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.”

Dios va a probar nuestra fe cada cierto tiempo. Pero… ¿Acaso no sabe Dios cuan pequeña es mi fe? ¿No es Dios omnisciente? ¿No lo sabe él todo? ¿Entonces, cuál es el fin de probar mi fe? Efectivamente, Dios sabe cuán pequeña es mi fe. Pero él quiere que yo sepa cuan pequeña es mi fe.
Y que yo sepa también que a través de las pruebas yo puedo aumentar y fortalecer mi fe. La fe que no ha sido probada, puede ser fe verdadera, pero con toda seguridad es una fe pequeña, y permanecerá pequeña mientras no sea probada.

No hay árboles de raíces más fuertes que los que crecen cerca del mar donde tienen que resistir los fuertes vientos marinos, no hay estrellas que brillen con más intensidad que las que muestra el cielo polar, no hay agua que sepa tan dulce como la que brota de un oasis en el candente desierto, y no hay fe más preciosa que aquella que sobrevive a la adversidad. Nunca hubiéramos conocido nuestras propias debilidades si no hubiéramos tenido que cruzar por aguas turbulentas, y nunca hubiéramos conocido el poder de Dios si él no nos hubiera ayudado a cruzar esas aguas.

A medida que vayamos pasando a través de las pruebas, nuestra fe se irá fortaleciendo, si mantenemos nuestra mirada fija en el Señor, y así seguiremos caminando en esta vida recibiendo más y más bendiciones de Dios, hasta que nuestra fe pueda mover montañas y conquistar lo imposible.