“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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Mateo 7:15-20
“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.”


Este pasaje nos enseña que, al igual que los árboles, algunas personas dan malos frutos mientras que otras dan buenos frutos. Algunos usan sus dones para servir a Dios, y predican el evangelio de Cristo y lo ponen en práctica en todo lo que hacen. Otros fingen ser fieles y mansas ovejas, pero en realidad son lobos rapaces que buscan su propio beneficio. Y Jesús advierte a sus discípulos que por “sus frutos los conoceréis.”

Aplicando el principio de la siembra y la cosecha podemos afirmar que una buena semilla producirá buen fruto, de lo contrario, de una mala semilla saldrán malos frutos. De igual manera, si sembramos una semilla de naranja, con toda seguridad esperaremos que, pasado un tiempo prudencial, de la tierra brote una mata la cual finalmente producirá naranjas. Jamás pasará por nuestra mente la idea de que este árbol nos dará manzanas o mangos o cualquier otra fruta que no sea estrictamente naranjas. Lo mismo sucede en el aspecto espiritual, nuestros frutos serán siempre de acuerdo a lo que sembremos en nuestros corazones y nuestras mentes.

El apóstol Pablo, en su primera carta a su hijo espiritual Timoteo, le aconseja lo siguiente: “Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.” (1 Timoteo 4:13-16). “Ocúpate en la lectura...”, le dice Pablo. ¿A qué lectura se refiere? A las sagradas escrituras, por supuesto. En esta misma carta, Pablo le dice a Timoteo: “Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido.” (1 Timoteo 4:6). De la Palabra de Dios obtenemos el alimento espiritual necesario para nutrir nuestros espíritus y estar listos para producir frutos que agraden a Dios. Es decir, si queremos producir buen fruto, tenemos que dedicar tiempo a leer la Biblia. Si permanecemos en la lectura de la palabra de Dios y en la oración, si persistimos en observar y practicar la sana doctrina, nuestros frutos serán de bendición para todos los que están a nuestro alrededor y para nosotros mismos. De lo contrario, nuestros frutos no glorificarán el nombre de Dios.

Se cuenta una historia acerca de un hombre “cristiano” que consiguió un empleo en un aserradero cuyos trabajadores tenían la reputación de ser ateos e implacables anti cristianos. Un amigo, al oír que el hombre iba a trabajar allí le dijo: “Cuando esos leñadores se enteren de que eres cristiano, ¡te van a hacer la vida imposible!” Al cabo de un año, el hombre regresó a casa de visita. Mientras caminaba por la ciudad se encontró con el amigo que había profetizado que los trabajadores del aserradero lo ridiculizarían y lo perseguirían. “¿Y qué? – preguntó el amigo - ¿Te molestaron mucho por ser cristiano?” “En absoluto – contestó el hombre – no me dieron ningún problema. No tienen ni idea de que soy cristiano.”

Muchos creyentes actúan de esta manera. Su familia, sus vecinos y sus compañeros de trabajo que no son creyentes no tienen conocimiento alguno de su relación con Cristo. Estos cristianos actúan como agentes secretos, pues nunca hacen ni dicen nada que dé evidencia de su identificación con el Señor. Todo lo contrario, su conducta en nada glorifica el nombre de Dios. No hay duda que la mejor manera de evaluar el Cristianismo en una persona es por su conducta. Es decir, el buen cristiano no es aquel que va todos los domingos a la iglesia, o el que dice cosas muy bonitas sobre el Señor, sino aquel cuyas acciones, cuyo comportamiento refleja el carácter de Jesucristo. Alguien dijo que el peor enemigo que tiene la iglesia de Cristo no es el diablo, ni son los incrédulos. Son los cristianos que no viven su vida como cristianos. El mal ejemplo que muchos cristianos muestran al mundo hace que muchos rechacen el evangelio de Cristo.

Una cosa debe estar clara. No es posible producir buenos frutos si no permanecemos en una íntima comunión con el Señor. Jesús lo dijo a sus discípulos en Juan 15:5: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” ¿Cómo son estos frutos? Buenos. Por supuesto. Buenos frutos. La presencia del Espíritu Santo es esencial para vivir una vida cristiana fructífera. Sin él no podemos producir buenos frutos porque nuestra naturaleza pecaminosa tiende a producir malos frutos. La Biblia dice que los frutos de la carne son: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas...” (Gálatas 5:19-21). Y en los versículos siguientes dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza...” Este es el fruto que Dios espera de sus hijos.

Para que estos frutos se produzcan, hemos visto que la semilla es muy importante. También es importante la presencia del Espíritu Santo, que es el que da el crecimiento. Ahora bien, el terreno donde cae esa semilla es también de vital importancia. De acuerdo a la parábola del sembrador que Jesús contó a sus discípulos, de cuatro tipos de “terrenos” en la humanidad, hay tres tipos en los que la buena semilla no da frutos; sólo uno es capaz de producir buenos frutos. Dice Mateo 13:23: “Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.” La buena tierra es aquel corazón que humildemente se abre para recibir la buena semilla que es la Palabra de Dios, y entonces permite que el Espíritu Santo la use para transformar y purificar su vida de acuerdo a la voluntad de Dios. Sobre esto el apóstol Santiago escribió: “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.” (Santiago 1:21).

Se estima que en el mundo hay más de dos mil millones de cristianos. La pregunta es: ¿Cuántos de estos cristianos están dando frutos? Y si están dando frutos, ¿qué clase de frutos? Si solamente cada uno de ellos produjera “a treinta por uno”, la humanidad entera conocería a Cristo como salvador, y el mundo en que vivimos sería una maravilla. Pero lamentablemente no es así, y muy probablemente, habiéndose multiplicado tanto la maldad y la corrupción, ni siquiera la cuarta parte de la que habló Jesús en la parábola está produciendo buenos frutos en la actualidad.

¿Y tú, qué frutos estás produciendo?

Aplica esta enseñanza a tu vida. Y piensa.... Si no estás dando los frutos que Dios espera de ti, hazte el propósito de hacer los cambios necesarios en tu vida para que produzcas “a ciento, a sesenta, o a treinta por uno.” Enfoca tu mente en las cosas de arriba, echa a un lado todo lo que interfiera en tu comunión con Dios, permite que tu corazón reciba esta poderosa palabra, y comienza a ponerla en práctica. Con toda seguridad comenzarás a producir frutos que honrarán a Dios y su nombre será glorificado en tu vida.