“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
Decisiones y sus consecuencias Enviar esta meditación

Génesis 3:1-6
"Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella."


Adán y Eva estaban disfrutando de todas las bendiciones provenientes de una íntima relación con Dios. Un día se presenta la serpiente y astutamente plantea ante Eva un dilema, y Eva se pregunta: “¿Como del árbol prohibido o no como?” Ella sabía las consecuencias que acarrearía el comer de aquel árbol de la ciencia del bien y del mal. No era un secreto para ella.

Al crear al hombre, Dios le dio libre albedrío, es decir la capacidad de tomar sus propias decisiones. Eva primero y Adán después lo usaron para tomar una muy mala decisión. Por ello sufrieron las consecuencias de ser expulsados del Jardín del Edén, rompiendo su relación con Dios, y perdiendo todas las bendiciones que hasta ese momento estaban disfrutando. Muy probablemente si ambos hubiesen tenido después otra oportunidad de decidir sobre el mismo asunto, hubiesen actuado de manera totalmente opuesta. Pero lamentablemente en la mayoría de las ocasiones no podemos dar marcha atrás y tenemos que vivir con las consecuencias de nuestras decisiones.

De la misma manera que a Eva, cuando la tentación se presenta ante nosotros siempre nos plantea dos opciones: ¿Lo hago o no lo hago? Entonces decidimos una cosa o la otra.

No todas las decisiones que tenemos que tomar son tan grandes como comprar una casa, o tan peligrosas como operarnos del corazón, o tan importantes como mudarnos a otra ciudad o cambiar de trabajo. Muchas más son las pequeñas decisiones que afectan nuestras vidas día tras día. Por regla general acudimos al Señor cuando estamos ante una de esas grandes decisiones, mientras que nosotros nos encargamos de todas las demás pensando que no necesitamos la ayuda de Dios; que nuestra "sabiduría" y sentido común son suficientes para tomar la decisión perfecta. ¡Pero cuántas de esas "pequeñas" decisiones han afectado negativamente nuestras vidas y la vida de los que nos rodean!

Hay una pequeña historia acerca de un famoso negociador (uno de esos individuos que se especializa en negociar un acuerdo o contrato entre dos partes). Este hombre estaba pescando, cuando de pronto sintió que algo halaba de su caña de pescar. Tiró de ella y cual sería su sorpresa cuando vio que había capturado un pez muy extraño. Le sacó el anzuelo, y lo tiró en la tierra cerca de él.

Aún mayor fue su sorpresa cuando el pez le dijo: “Por favor, tírame de nuevo al lago, y te concederé tres deseos”. “¿Tres deseos? -- preguntó el negociador -- ¿Tres deseos cualesquiera?” “Sí”, contestó el pez.

Por la mente del negociador comenzaron a desfilar una multitud de cosas que él desearía tener: una mansión, un Mercedes Benz último modelo, un tremendo yate, viajes alrededor del mundo. La ambición comenzó a rondarle y como buen negociador finalmente dijo: “Oye pescado, concédeme cinco deseos y te tiro al agua”. “Lo siento -- dijo el pez haciendo un esfuerzo por respirar -- sólo tres deseos.” El negociador lo pensó por unos momentos, y no queriendo darse por vencido, le dijo “Cuatro deseos, y te tiro al lago.” “Solamente tres”, murmuró el pez con voz apenas audible.

Un poco impaciente, el hombre se debatió entre aceptar los tres deseos o continuar regateando por un deseo más. Finalmente, decidió que tres deseos eran mucho mejor que ninguno y dijo: “Está bien pescado, tú ganaste. Dame tres deseos.” Lamentablemente ya era demasiado tarde. El pez estaba muerto. ¡Cuántas veces hemos escuchado esta expresión de lamento! ¡Demasiado tarde!

La Biblia constantemente plantea la necesidad de ser sabios al tomar decisiones. En muchos pasajes nos habla de dos opciones o caminos a tomar, y también menciona las consecuencias de ambas opciones. Dios nos indica cual es la mejor opción y nos exhorta a que escojamos esta, pero en última instancia siempre seremos nosotros los que habremos de escoger.

Por ejemplo, en Deuteronomio 30:19, la Biblia dice: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.” A través de Moisés Dios expone con toda claridad al pueblo de Israel dos opciones totalmente opuestas: la vida o la muerte. La bendición o la maldición. Y les exhorta a que escojan la vida, por supuesto. Pero en última instancia, el pueblo de Israel sería el que tomaría la decisión.

En el Nuevo Testamento también encontramos una exhortación similar, esta vez de parte de Jesús. En Mateo 7:13-14 dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición , y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”

Dos puertas, una ancha, la otra estrecha. ¿Por cuál aconseja Jesús que entremos? Por la estrecha. ¿Quién decide por cual va a entrar? Cada uno de nosotros. También habla de dos caminos. Uno ancho y espacioso que lleva a la perdición. El otro es estrecho, y ese lleva a la vida eterna. Este es más difícil, pero los resultados son infinitamente mejores. La decisión de tomar un camino o el otro es totalmente nuestra.

En Proverbios 4:18-19 dice: “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto. El camino de los impíos es como la oscuridad; no saben en que tropiezan.” De nuevo una decisión: la senda de los justos, o el camino de los impíos. Debemos ser sumamente cuidadosos al escoger el camino a tomar. Por uno de los dos tenemos que decidir, pues tenemos que seguir caminando en esta vida. No podemos decir: yo no camino más. Me paro aquí y no me muevo. Hay que seguir adelante. Y dependiendo del camino que tomemos vamos a llegar a un lugar o a otro.

En cada ocasión habrá consecuencias, buenas o malas, dependiendo de la decisión que tomemos. Y así continuaremos en esta carrera que es la vida. Para unos será más larga que para otros pero en todos los casos, como en toda carrera habrá un final. Algún día llegará para cada uno de nosotros ese final, ya sea cuando partamos de este mundo o que el Señor venga antes, pero al terminar la jornada le veremos frente a frente.

La Biblia dice en Romanos 8:35-39 que nada podrá separarnos del amor de Dios. Ni tribulación, ni angustia, ni hambre, ni persecución, ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo alto, ni lo profundo. Todos estos son factores o condiciones externas a nosotros. Ninguno de ellos, absolutamente ninguno podrá separarnos del amor Dios. Pero existe algo que sí puede separarnos del amor y las bendiciones de Dios: lo mismo que separó a Adán y Eva: nosotros mismos, nuestras propias decisiones, cuando éstas no están de acuerdo a la voluntad del Señor.

David era un hombre conforme al corazón de Dios, pero en una ocasión tomó una mala decisión. Un día vio a una bella mujer llamada Betsabé desnuda, y sintió una pasión muy fuerte dentro de sí. Quizás oyó una voz que le decía: “Tú eres el rey. Esa mujer puede ser tuya.” Lo cierto es que David decidió que la iba a hacer su mujer. Como ella era una mujer casada, también decidió que debía eliminar al esposo de Betsabé y, haciendo uso de su autoridad como rey, preparó las condiciones para que Urías heteo muriera en el campo de batalla. De esta manera cometió homicidio y adulterio. Hasta ese punto llegó David. Después se arrepintió sinceramente, derramando su corazón quebrantado en el Salmo 51 y el resto de su vida la dedicó a servir a Dios. Pero tuvo que pagar las consecuencias de su decisión sufriendo amargamente por la muerte de su hijo que concibiera Betsabé.

¡Qué misericordioso es nuestro Dios que nos permite rectificar! Pero no olvidemos, hermanos, las consecuencias de nuestras decisiones van a afectar nuestras vidas de una manera u otra.

Siendo ya muy viejito, casi al final de su carrera, David escribió el Salmo 37. Y con él nos dejó un precioso consejo, inspirado por el Espíritu Santo, después de muchos golpes y tropiezos en su vida. En el v.5 nos dice: “Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará.” Y en el Salmo 32:8 Dios nos dice: “Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar.”

Eso es lo que el Señor hace, nos muestra el camino a seguir. Después viene nuestra parte: tomar ese camino o el otro. Caminar en la dirección que Dios nos indica o irnos en dirección opuesta. Debemos acudir al Señor constantemente en busca de su voluntad. Y una vez la conocemos, debemos obedecerla. Sólo así tendremos la seguridad de que tomaremos el camino correcto, y que recibiremos las bendiciones que nuestro Padre celestial tiene preparadas para nosotros.

Quizás en este momento estés a punto de tomar una decisión. ¿Vas a decidir de acuerdo a lo que tú piensas que debes hacer? ¿O vas a hacer lo que el Señor quiere que hagas?