“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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Jeremías 20:18
“¿Para qué salí del vientre? ¿Para ver trabajo y dolor, y que mis días se gastasen en afrenta?”


¿Para qué estoy aquí en la tierra? ¿Para que nací? Estas y otras preguntas similares se las han hecho muchas personas a través de los siglos. Ciertamente la búsqueda del propósito de vivir siempre ha intrigado a la humanidad. Durante miles de años, filósofos, científicos, escritores e intelectuales han especulado acerca del sentido de la vida, tratando de contestar estas preguntas. Muchos no han encontrado respuesta, otros creen que tienen la respuesta correcta, y la mayoría simplemente reconocen que no tienen la menor idea de para qué están aquí.

El profeta Jeremías se hace a sí mismo esta pregunta. Su respuesta, en forma de pregunta, es más bien una queja en cuanto al propósito o la falta de propósito de la vida. Muchos siglos después el hombre continúa preguntándose y quejándose por la falta de sentido de sus vidas.

El problema fundamental reside en el lugar donde se busca la respuesta. Contrario a lo que indican muchos libros conocidos, seminarios, sesiones de terapia sicológica, etc. nunca encontraremos el sentido de la vida buscando dentro de nosotros. No nos creamos a nosotros mismos, por lo tanto no podemos encontrar en nosotros el propósito de nuestra existencia. Al igual que el inventor de una compleja maquinaria es el único que puede decirnos exactamente el propósito de la misma, sólo aquel que nos creó es capaz de revelarnos el propósito para el cual fuimos creados.

En primer lugar la Biblia establece que Dios es nuestro creador. Dice Génesis 1:26: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra."

Una vez establecido que Dios es nuestro Creador, tenemos que concluir que si él nos creó, con toda seguridad lo hizo con un propósito determinado. ¿Cierto? La pregunta es: "¿Para qué nos creó Dios?”

¿Sabes cuándo uno puede entender el motivo que Dios tuvo para crearnos? Cuando tenemos un hijo. Cuando experimentamos el amor que se siente por esa criaturita indefensa al principio. Que nos da trabajo, que se le antoja gritar a las dos de la madrugada porque tiene hambre, sin importarle que tenemos que levantarnos temprano a trabajar; cuando nuestra vida cambia totalmente. Pero muy por encima de todas las incomodidades, de los dolores de cabeza, de todos los problemas que nos causa, sentimos ¡ese amor tan grande! Una clase de amor que no podemos expresar a nadie más. Ese amor de padre, ese amor de madre que va por encima de cualquier sacrificio que tengamos que hacer.

¿Sabes por qué Dios te hizo a ti? Para volcar en ti un amor desbordante. Dios es amor, y él tenía que hacer algo en lo cual pudiera verter todo su inmenso amor. Dios te hizo para amarte (Efesios 1:3-5). Dios nos hizo para manifestar su amor en nosotros. Y todo lo que él ha planeado es para nuestro bien. A través del profeta Jeremías, Dios nos dice: “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros, declara el Señor, planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza.” (Jeremías 29:11).

El apóstol Pablo resume todo lo anterior en Efesios 2:10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Somos hechura suya, o sea Dios nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos (Salmo 100:3). Fuimos creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26), con el fin de hacer buenas obras (1 Timoteo 6:18), las cuales fueron planeadas por Dios desde antes que naciéramos (Jeremías 1:5). ¿Con qué propósito? Con el propósito de que anduviésemos en ellas, es decir para que las lleváramos a cabo y por medio de ellas bendecirnos abundantemente.

Bertrand Rusell, filósofo y matemático inglés, conocido ateo del siglo IXX, declaró: "A menos que se de por hecho la existencia de Dios, la búsqueda del propósito de vivir no tiene sentido." ¡Qué palabras tan sabias! Lamentablemente no formaban parte de los principios fundamentales de su propia vida, y murió sin llegar a conocer cuál fue el propósito de su tiempo aquí en la tierra.

Sin lugar a dudas hay una enorme diferencia en la vida de aquellas personas que han llegado a conocer el propósito de Dios en sus vidas y las que no lo conocen. No conocer este propósito tiene malas consecuencias. Veamos algunas de ellas:

Sin conocer el propósito de tu vida ésta te parecerá:

1. Agotadora.
Imagínate a un corredor de larga distancia, al cual no se le diga donde está la meta de la carrera que está a punto de comenzar, o cuánta distancia tiene que correr, en qué dirección, etc. Este hombre correrá sin rumbo fijo hasta que caiga al suelo víctima del agotamiento. De igual manera aquella persona que anda en esta vida sin conocer el propósito para el cual fue creada, dará vueltas y vueltas como rueda de molino y eventualmente se sentirá agotada física, mental y espiritualmente. Dice Eclesiastés 1:8: “Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.”

2. Vacía.
Fuimos creados para vivir en comunión con Dios. Cuando estamos alejados de él, y por lo tanto desconocemos su propósito en nuestras vidas sentimos un vacío muy grande. Agustín de Hipona decía: "En el hombre hay un vacío que sólo puede ser llenado por Dios." Muchas personas, erróneamente, tratan de llenar ese vacío de diferentes maneras por sus propios medios. Unos lo intentan por medio del trabajo, o por medio de la fama, o tratan de obtener muchas riquezas, o a través de los conocimientos, o posiciones políticas, o el sexo, las diversiones, los viajes, en fin se concentran en conseguir aquello que, de acuerdo a su propio criterio, llenará su vacío. Lamentablemente nada de esto tiene resultado, pues solamente Dios puede llenarlo.

3. Incontrolable.
Un barco averiado en medio del océano, sin brújula u otro instrumento de navegación es empujado por las olas, el viento y las corrientes marinas sin rumbo determinado y sin ningún control. Así es una vida sin propósito. Su dirección será siempre determinada por los eventos y las circunstancias, y por lo tanto la actitud de esa persona será incontrolable e impredecible. Dijo el sabio Salomón: “Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse.” (Eclesiastés 1:15).

Una vida sin propósito estará siempre afectada por estas y otras malas consecuencias. Dios tiene un propósito en tu vida, y es un buen propósito. El es el único que puede contestar tus preguntas acerca del propósito de tu vida. Para ello es necesario que escudriñes la Biblia, que es la Palabra de Dios. Es imprescindible que establezcas una íntima comunión con el Señor, buscando su rostro en oración cada día. Entonces llegarás a conocer los planes de Dios para ti, y tu vida tendrá un verdadero significado y podrás disfrutarla plenamente.