Dios te habla
"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará."

Salmo 1:1-3
 
Cuando llegue el momento de partir Enviar esta meditación

Muchas personas se hacen infinidad de preguntas relativas al ineludible momento en que tengamos que partir de este mundo. “¿Qué es la muerte?”, se preguntan. ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte? Según el diccionario, “muerte” es “la extinción de la vida”. Esta definición implica que al producirse la muerte se acaba la vida. Pero, ¿es esto totalmente cierto? ¿Queda el hombre reducido al polvo y ahí termina todo? ¿O hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté inerte y en descomposición?

El hombre ha buscado las respuestas a estas y otras preguntas similares durante siglos y ha llegado a muchas diferentes conclusiones. Sin embargo hay sólo una fuente verdadera y perfecta en la que podemos encontrar estas respuestas: la Biblia, la Palabra del Dios Creador de la vida y de todo el universo. La Biblia dice en Hebreos 9:27 que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.” Es decir que la muerte no es el final sino que después de la muerte hay un juicio. Y obviamente de ese juicio se desprenderá un resultado, o sea un veredicto. ¿Cuál será ese resultado y de qué depende?

Las dos posibles opciones que esperan al ser humano al terminar esta vida pasajera son la condenación y la salvación. La condenación y la salvación tienen en común que ambas son eternas. La condenación es la eterna separación del hombre de la presencia de Dios, como consecuencia del rechazo de Dios por parte del hombre. La salvación es la eterna felicidad que proviene de la unión con Dios. Este era el plan original de Dios, que su creación viviera eternamente junto a él. Cuando Dios creó a Adán y a Eva, lo hizo con el fin de tener una relación personal con ambos y derramar sobre ellos su amor y su gracia. Pero al igual que ellos podían esperar de él todo tipo de bendiciones, el Señor esperaba que ellos fueran obedientes a sus reglas. Así que Dios le dijo a Adán: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Génesis 2:16). Más tarde, la serpiente sedujo a Eva y ésta comió de la fruta prohibida, y después comió Adán. La consecuencia de la desobediencia fue que ambos murieron, no físicamente sino espiritualmente, pues Dios los echó del paraíso. Esto es muerte espiritual: separación del hombre y Dios.

Ahora bien, tenemos que entender que por el pecado que cometieron Adán y Eva, todos nosotros somos considerados pecadores y por lo tanto condenados a muerte. La Biblia dice en Romanos 5:12: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." Y en Romanos 3:23 dice: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." Esto quiere decir que no tenemos ningún derecho a entrar al cielo y vivir eternamente junto a Dios, pues a causa del pecado original fuimos destituidos de ese privilegio que originalmente Dios había dado al ser humano, y por lo tanto estamos condenados a pasar la eternidad en el infierno, separados de Dios.

Es aquí, donde se presenta ante Dios un dilema entre su perfecta justicia y su infinito amor por la humanidad. Desde un principio él había declarado que el pecado traería como consecuencia la muerte, y tenía que cumplir su palabra. Pero su amor por nosotros es tan grande que decidió enviar a su Hijo Jesucristo para que muriera en la cruz del Calvario y pagara la deuda que nosotros debíamos pagar. Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

En su carta a los Romanos, el apóstol Pablo resume todo esto de la siguiente manera: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23). Es decir la vida eterna, el cielo es una dádiva, un regalo de Dios. No hay nada que nosotros podamos hacer para ganarnos la entrada al cielo. La salvación de nuestras almas fue obtenida en la cruz del Calvario con la muerte y posterior resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Dice Efesios 2:8, 9: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe." Somos salvos por gracia. Gracia es un regalo. La gracia de Dios se manifiesta cuando él nos da lo que no merecemos, en este caso la salvación. "No por obras", dice este versículo, "para que nadie se gloríe." O sea, nuestra entrada al cielo no depende de las buenas obras que hagamos. Imagínate, si la salvación fuera por obras, ¿cuantas obras serían necesarias? ¿y si hacemos una obra buena, y después otra mala? ¿se anula la primera, o qué pasa? Quizás mucha gente pensaría que ya hizo suficiente obras buenas, y ya no necesita hacer más. O lo contrario, una persona puede vivir en un estado de constante preocupación pensando que no ha hecho suficiente obras buenas para ganarse el cielo.

Ciertamente Dios no puede dejar el control de la entrada al cielo al ser humano. El ha establecido las reglas, y la Biblia es muy clara en cuanto a lo que hay que hacer para tener acceso al cielo. Por ejemplo, en Hechos 16:30, el carcelero de la cárcel donde estaban Pablo y Silas les preguntó a ellos: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” Y en Romanos 10:9-10 dice que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.”

Es necesario creer de todo corazón que Jesucristo es el Hijo de Dios, que él murió en la cruz por nuestros pecados y que Dios lo levantó de los muertos. Si creemos esto y lo confesamos con nuestra boca seremos salvos. Muchas personas piensan que esto es demasiado simple. Pero esto es lo que dice la Biblia. Este es el mensaje de Dios, y nosotros no cambiamos el mensaje de Dios; el mensaje de Dios nos cambia a nosotros. El sacrificio de Cristo fue único y suficiente para saldar nuestra deuda y darnos el acceso al cielo. (Hebreos 10:12).

Dios ha establecido una manera de llegar al cielo: su Hijo Jesucristo. No hay otra manera. Jesús mismo dijo a sus discípulos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6). No hay otro camino, no existe otra forma de llegar a Dios que no sea a través de Jesús. Aceptando el sacrificio que él hizo por nosotros y creyendo por fe que su sangre derramada nos limpia de todo pecado y nos justifica delante de Dios. Dice Romanos 5:1-2: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.”

Y habiendo creído en él, cuando llegue el momento de la partida y el subsiguiente juicio, tendremos a nuestro Señor de abogado, como afirma el apóstol Juan en su primera epístola: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” (1 Juan 2:1-2). Nuestra deuda fue saldada en la cruz del Calvario. Nuestros pecados fueron perdonados. Nuestra entrada al cielo ha sido aprobada. Lo único que tenemos que hacer es recoger el “boleto” de entrada, que es completamente gratis, un regalo de Dios. Sólo se requiere fe.

Presta mucha atención a estas palabras de Jesús a un principal de los fariseos llamado Nicodemo, cuando éste le preguntó acerca de la vida eterna: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3:17-18).

Si tú creíste y le abriste tu corazón a Jesucristo aceptándolo como tu Salvador, puedes tener la absoluta seguridad de que ya tienes tu “boleto” de entrada al cielo para el día que partas de este mundo. Si aún no lo has hecho, y de corazón crees que Jesús es el Hijo de Dios, que murió en la cruz por tus pecados y que Dios lo resucitó de los muertos, lo único que tienes que hacer es confesarlo con tus labios, pidiendo al Señor que entre en tu corazón. De esta manera recibirás el regalo de la vida eterna. Eso dice la Biblia.