“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
La verdadera adoración Enviar esta meditación

Mateo 2:1-12
“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.”


Este pasaje nos cuenta que cuando Jesús nació, vinieron del oriente a Jerusalén “unos magos”. Estos “magos”, según comentaristas bíblicos, pertenecían a una tribu que formaba parte del imperio persa. Eran hombres de ciencia, grandes conocedores de Filosofía, Medicina y Astronomía. También eran muy estudiosos de las Escrituras y las profecías del Antiguo Testamento.

Cuando ellos llegaron a Jerusalén preguntaban a todos por el rey de los judíos que había nacido, “porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.” Dijeron “su estrella hemos visto”, no “una estrella cualquiera”. ¿De dónde sacaron ellos este concepto de su estrella? Lo aprendieron de la Biblia. En Números 24:17 se menciona “la estrella que saldría de Jacob”, es decir de Israel, como parte de la profecía de Balaam.

Así que aquellos magos creyeron lo que decían las Escrituras, y estaban pendientes del cumplimiento de la profecía, y una noche miran al cielo, y de pronto ven la manifestación visible de la gloria de Dios en una luz muy brillante que les pareció una estrella, pero no una estrella común y corriente, era diferente a las demás estrellas, por eso le llamaron “su estrella”. Y se dispusieron a seguirla. Y después de un largo viaje llegaron a Jerusalén.

Y llegó a oídos del rey Herodes todo esto, y dice la Biblia que él y toda Jerusalén se turbaron, se asombraron ante el acontecimiento anunciado por los magos. Particularmente Herodes se mostró sumamente preocupado y con seguridad muy molesto ante aquella situación. La noticia de que aquellos hombres del oriente estaban buscando a alguien por aquel vecindario que estaba destinado a ser rey de los judíos, y despojarlo a él del trono era totalmente inaceptable. Inmediatamente mandó a buscar a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, y les preguntó donde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: “En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta...” (V.5) Entonces Herodes transmite a los magos lo que él había aprendido de los escribas y sacerdotes. Y les dice: “cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.” Nada más lejos de su corazón.

Los magos continúan su camino hacia Belén. Luego la estrella reaparece y los guía hasta su destino. Dice la Biblia (v.10) que “...al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.” (v.11) “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.”

Aquí podemos notar un dato significativo: Para el tiempo que los magos llegaron a Jerusalén ya Jesús no era un bebito. Cuando ellos llegan a donde estaba Jesús (v.11), dice que entraron “a la casa”, no a un establo; “...y vieron al niño...” La palabra griega que se usa aquí no describe a un bebé, sino a un niño de aproximadamente año y medio a dos años de edad. Por eso, más adelante, Herodes manda a matar a los niños menores de dos años con la intención de eliminar a Jesús.

Esto nos lleva a la siguiente conclusión: Desde que los magos vieron la estrella por primera vez hasta que llegaron a donde estaba Jesús transcurrió por lo menos año y medio. Durante todo este tiempo estuvieron viajando a lomo de camellos, por terrenos accidentados y desconocidos para ellos, pasando mil dificultades e incomodidades, con el único fin de encontrar al rey de los judíos, al Salvador del mundo, y adorarle.

Si cada uno de los cristianos tuviese el anhelo de adorar al Señor que había en aquellos magos, no serían suficientes todas las iglesias del mundo para congregarnos. Cada día, llueva, truene o relampagueé, nos levantamos y nos vamos para el trabajo, o las que son amas de casa a los quehaceres diarios. Pero cuando se trata de hacer un esfuerzo extra para congregarnos y pasar un tiempo de comunión con el Señor, y adorarle, estamos muy cansados, o tenemos muchas cosas que hacer, o está lloviendo, o hace mucho frío. Y muchas veces nos quedamos en casa. Y nos perdemos muchas bendiciones. Aquellos magos estuvieron dispuestos a enfrentar todo tipo de dificultades e inconvenientes, porque de todo corazón querían adorar al Señor. ¡Ahí está la clave! No era algo secundario en sus vidas. Era una prioridad.

Esta es la manera en que Dios desea que le busquemos, ¡primeramente! y todas las demás cosas serán añadidas. De esta forma debemos adorarle. Su Palabra nos dice que él busca adoradores que le adoren “en espíritu y en verdad.” (Juan 4:23) Y la verdadera adoración muchas veces requiere sacrificio de nuestra parte, porque de la nada surgen dificultades e inconvenientes a los que en muchas ocasiones cedemos sin apenas hacer un esfuerzo.

Aquellos hombres, después de un viaje tan largo y agotador, al encontrar la razón de su búsqueda, lo primero que hicieron fue postrarse y adorarle de todo corazón. Y después, dice la Biblia, abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Fueron regalos muy valiosos, pero el regalo de más valor lo ofrecieron primero: sus propias vidas rendidas ante la presencia del Dios Todopoderoso hecho carne.

Para aquellos magos del oriente, buscar a Jesús para adorarle constituyó la meta fundamental de sus vidas. No sabemos si estos hombres eran casados, si tenían familia, o amistades, o un trabajo, o negocios, pero una cosa es cierta: ellos dejaron todo para seguir aquella estrella confiando en que ella los llevaría hasta el Rey de reyes y Señor de señores. Ahora estaban disfrutando plenamente de aquel tiempo de adoración.

¡Esta es la verdadera adoración! Aquella que surge de nuestros corazones cuando hemos puesto a Dios en el primer lugar en nuestras vidas por encima de absolutamente todo lo demás, incluyendo hijos, esposo, esposa, trabajo y aún nuestra propia vida. Si de verdad amamos al Señor, los inconvenientes y las dificultades no van a impedirnos que le busquemos de todo corazón, simplemente porque para nosotros no serán inconvenientes o dificultades. ¡Será un placer buscarle y adorarle cada día de nuestras vidas!