“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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Hebreos 12:1-2
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”


Estamos al comienzo de un nuevo año. Este es el tiempo en el que generalmente se hacen resoluciones y promesas acerca de cosas que deseamos cambiar en nuestras vidas, o se establecen metas a las que queremos llegar. Lamentablemente, muchas de estas resoluciones son las mismas que hemos hecho en años anteriores, y que por un motivo u otro nunca se cumplieron. Por regla general la razón es que nos enfocamos más en los medios que en el fin mismo, y por lo tanto perdemos de vista la meta. Por ejemplo, muchos se hacen el “firme” propósito de perder peso. Pero lo cierto es que “perder peso” no es el fin que verdaderamente desean; es más bien el medio para llegar a ese fin. El verdadero propósito es lucir bien físicamente, sentirse bien sicológicamente, gozar de buena salud, etc. Este es el fin al que se llega cuando se pierde peso, pero los esfuerzos se concentran en el medio, no en el fin.

Hay muchas otras resoluciones de año nuevo que se rigen por este mismo principio. Queremos ganar más dinero, tener un carro nuevo, o una nueva casa, o encontrar la pareja ideal, etc., pero en realidad lo que deseamos es ser felices, vivir una vida confortable, disfrutar de paz y tranquilidad, e inconcientemente nos enfocamos en los medios que, creemos, pueden llevarnos a ese fin en lugar de concentrarnos en el fin.

El pasaje de hoy dice que “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.” Poner los ojos en Jesús es hacerlo a él el foco central de nuestras vidas. Es mirarlo a él y no a las circunstancias que nos rodean. Es confiar plenamente que si él es nuestro guía, no habrá obstáculo que no podamos vencer, y que vamos a llegar a la meta, y que disfrutaremos de la victoria que Dios tiene preparada para nosotros. Cuando vamos por esta vida con la mirada fija en Jesús, nos estamos enfocando en el fin, pues él es la paz, la verdad, la felicidad, el pan de vida, el agua viva, el poder, el consuelo, el único camino al cielo, en fin todo lo que podemos desear en esta vida está en Jesucristo. Así lo afirma el apóstol Pablo en su carta a los colosenses: “Vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.” (Colosenses 2:10). No necesitamos nada más.

Si Cristo es el Señor de nuestras vidas, podemos vivir tranquilos y confiados, pues aún en el caso de que nuestra economía, nuestra salud, o cualquier otra área sea afectada contamos con la seguridad de que él es fiel para reponernos lo que se ha perdido y aún más, como sucedió en el caso de Job, el cual lo perdió absolutamente todo, posesiones, familia, su salud, pero al final, dice la Biblia, Dios “aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job.” (Job 42:10). ¡Que seguridad tan maravillosa nos ofrece nuestro Padre celestial que aun en el caso de que suframos alguna pérdida, él nos restaura más de lo que perdimos conforme a su inmensa misericordia! Así prometió el Señor al rebelde pueblo de Israel si se arrepentían de todo corazón y se volvían a él: “Os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.” (Joel 2:25).

El Salmo 1 asegura que todo aquel que se deleita en la Palabra de Dios “será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.” En esta poderosa palabra podemos tener plena y total seguridad. Si tenemos a Cristo como nuestro Señor podemos vivir tranquilos y confiados aunque estemos pasando por alguna prueba, porque “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”, declara Romanos 8:28.

La Biblia nos dice en el Salmo 91:1 que “el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente.” Dios es el único que puede garantizarnos seguridad en cualquier situación que se nos presente en la vida. Si lo tenemos a él como nuestro refugio, podremos caminar y vivir seguros sabiendo que no seremos removidos de su presencia jamás. Esta promesa de Dios nos da paz y tranquilidad para enfrentar las circunstancias difíciles de la vida cotidiana.

Cuando cada día de nuestras vidas leemos la Palabra de Dios y buscamos de todo corazón su rostro en oración llegaremos a conocerle profundamente; y al experimentar su compañía, su profunda paz, su gozo inefable y su infinito amor, entonces le amaremos por sobre todas las cosas. De esta manera disfrutaremos la vida “en abundancia” que Jesús nos ofrece en Juan 10:10. Este es el fin que debemos perseguir. Cualquier esfuerzo en otra dirección será en vano. Cuando ponemos a Dios en primer lugar todo lo demás viene por añadidura. Así nos dice Jesús en Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

Reflexiona en esta enseñanza y hazte el firme propósito de seguir este simple ABC durante todo este nuevo año:

Ama a Dios sobre todas las cosas.
Jesús les contestó a los escribas y fariseos en Marcos 12:28-30: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.”

Busca el rostro del Señor cada día.
Dios dice en Jeremías 29:12-13: “Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.”

Conoce a Dios más profundamente.
Orando Jesús al Padre, dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3). Y en Jeremías 33:3, el Señor dice: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.”

¿Cómo está tu relación con Dios? Cierra tus ojos y medita en esto por unos minutos. Este es un buen momento para que hagas la firme resolución de mejorar tu relación con el Señor en este nuevo año.

ORACION:
Padre amado, en este nuevo año que comienza yo quiero crecer más espiritualmente. Quiero establecer una comunión más íntima contigo, mi Señor. Quiero amarte más, buscarte más y conocerte más. Te ruego me ayudes en el propósito de orar más y de leer más tu Santa Palabra. En el nombre de Jesús, Amén.