“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
El verdadero amor Enviar esta meditación

Juan 3:16
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”


Hace varios años, en una corte criminal de Miami, Florida se suscitó una de las escenas más emocionantes e increíbles de la historia criminal de este país. En el centro de la escena un hombre llamado James Campbell, convicto por el asesinato a puñaladas del Rev. Billy Bosler. Con la intención de robar, este hombre entró en la casa del Rev. Bosler, y al encontrarlo allí, lo atacó con un cuchillo con el cual lo apuñaleó 23 veces.

También estaba presente en la casa Susanne, la hija del Rev. Bosler, una muchacha de unos veinte años, la cual vio al atacante asesinar a su padre, y fue a su vez atacada por él. Campbell le infirió a ella tres puñaladas en la espalda, una en la cara y dos veces enterró el cuchillo en su cabeza, traspasándole el cráneo y dejándola como muerta. Susanne sobrevivió al brutal ataque después de permanecer en coma por varias semanas, y habiéndole insertado en su cabeza una pieza de plástico.

James Campbell fue declarado culpable de asesinato en primer grado. Ahora se estaba tratando de decidir en la corte si él debía morir en la silla eléctrica o pasar el resto de su vida en la cárcel.

Desde su recuperación, Susanne se dedicó a hacer todo lo posible por evitar que le aplicaran la pena de muerte al asesino de su padre. Viajó por todo el país hablando en contra de la pena capital y específicamente tratando de salvar la vida de James Campbell.

Allí en la corte, habló primero el fiscal, el cual enseñó al jurado fotos ampliadas del cuerpo ensangrentado y brutalmente acuchilleado del Rev. Bosler, así como de las heridas en la cara y en la cabeza de Susanne. Terminó su presentación haciendo una apelación al jurado de que James Campbell merecía morir en la silla eléctrica.

Seguidamente tocó el turno a la defensa quien en su apelación final por que no sentenciaran a Campbell a morir, señaló hacia seis asientos reservados para la familia de Campbell. Las seis sillas habían permanecido vacías durante todo el proceso judicial. “Miren esas sillas vacías y verán su vida. Nadie en este mundo le ha mostrado el más mínimo apoyo, nadie excepto...”, y entonces señaló a las sillas donde estaban Susanne Bosler, su hermana y algunos amigos de ellas. Susanne, infructuosamente, había tratado de apelar al jurado para que perdonaran la vida de Campbell pero, siguiendo instrucciones de la Corte Suprema de la Florida, el juez no se lo permitió.

Después de tres horas de deliberación, el jurado votó 8 a 4 por una sentencia de cadena perpetua en lugar de la pena de muerte. Susanne saltó de alegría en su asiento, dando gracias a Dios y al jurado por su decisión. Luego declaró: “Nadie tiene derecho a terminar una vida, sólo Dios”.

Susanne permaneció en la corte cada día del proceso, llevando siempre entre sus manos una Biblia en la cual había grabado el nombre del asesino de su padre. Más tarde la hizo llegar a su atacante a través del abogado de la defensa. Además se hicieron arreglos para que Susanne pudiera visitar a James Campbell en la cárcel, después que él accedió a la petición de ella.

Una de las jurados declaró después: “Esto es increíble. Si algo así me sucede a mí, yo no creo que yo pueda perdonar”. Ni ella puede, ni podemos nosotros, ni puede nadie, a menos que el poder del Espíritu Santo se manifieste en nuestras vidas produciendo en nosotros su fruto: el amor que, dice la Biblia, “excede a todo conocimiento.”

La Biblia nos habla de un hombre de mucha fe llamado Esteban el cual, siendo apedreado por una turba de judíos enfurecidos, en medio del terrible dolor de las pedradas, “lleno del Espíritu Santo”, de rodillas, muriendo, clamó a gran voz diciendo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7:54-60).

Varios años antes, mientras sufría el indescriptible dolor de la crucifixión, nuestro Señor Jesucristo pronunció palabras similares cuando clamó al cielo diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

¿Pero cómo es posible que alguien pueda llegar a sentir un amor de tal magnitud que sea capaz de perdonar a quien le ha causado heridas tan profundas y dolorosas?

Desde sus primeras enseñanzas, en el Sermón del Monte, Jesús exhortó a sus discípulos a amar y perdonar de esta manera. Dice en Mateo 5:43-44: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”

Es muy fácil amar a nuestros hijos, o al esposo o la esposa, o a los amigos, o a los que son buenos con nosotros. Pero, ¿amar a los que nos han herido? Jesús nos exhorta a amar de esta manera porque él dio el ejemplo primero. Y si queremos ser como Jesús, debemos amar como él amó.

Jesús miró a las multitudes y se compadeció, y sintió amor por cada uno. Su amor abarcó al mundo entero, a toda la raza humana, desde el comienzo de los tiempos hasta el final de los mismos. Su amor no conoció ni términos ni límites y nadie fue excluido. Del más bajo pordiosero al más encumbrado monarca, desde el más despiadado pecador hasta el más puro santo, su amor los incluyó a todos en un gran abrazo. Nada que no sea el Espíritu de Dios obrando en nuestras vidas puede producir semejante fruto.

El amor es tan importante en la vida del ser humano que el apóstol Juan afirma: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” (1 Juan 4:8). Y el apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios escribió: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” Y Jesús dice en Juan 13:35: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”

Una monja mejicana, Sor Juana Inés de la Cruz, entendió profundamente este concepto del amor el cual puso de manifiesto en toda una vida de servicio y de entrega a Dios. Entre sus muchos escritos está este pequeño poema titulado “Cuan grande amor”. Dice así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido,
Para dejar por ello de ofenderte

Tú me mueves, Señor, me mueve el verte
Clavado en una cruz y escarnecido,
Me mueve ver tu rostro tan herido
Me mueven tus afrentas y tu muerte

Me mueve, al fin, tu amor, y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno te temiera

No me tienes que dar porque te quiera
Pues si aunque lo que espero no esperara
Lo mismo que te quiero, te quisiera

¡Cuán grande es el amor de Dios! ¿Cómo podré corresponder a él?

Jesús dijo en Juan 14:21: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.”

Disfrutar del amor y la paz de Dios es maravilloso, a todos nos encanta. Pero en toda relación se espera algo de ambas partes. La desobediencia rompió la comunión con Dios al principio de la Creación. La obediencia nos une en una íntima relación con Dios. En esta relación con Dios, todo gira alrededor del amor: Por amor, Jesús murió en la cruz por cada uno de nosotros aún siendo pecadores. Por amor a Jesús nosotros obedecemos sus mandamientos. Entonces el amor de Dios se manifiesta en nuestras vidas y nosotros seremos capaces de manifestar ese amor aún a aquellos que nos han herido.

Susanne Bosler no sólo fue capaz de perdonar a quien tanto dolor le había causado. Ella fue más allá, le mostró el amor de Dios, el amor que sólo el Espíritu Santo puede producir en nosotros. De igual manera Esteban, lleno del Espíritu Santo, pudo perdonar a sus asesinos, y pedir misericordia para ellos. Este es el fruto del Espíritu, del cual habla Pablo en Gálatas 5:22, que es “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.”

Lamentablemente en el mundo en que vivimos lo menos que existe es este tipo de sentimientos. Lo que abunda es el odio, la venganza, la maldad y una falta total de amor que se manifiesta en forma de violencia, en hacer daño a los demás, en no mostrar la más mínima misericordia cuando se trata de lograr la satisfacción propia.

El mundo está necesitado de amor, del amor de Dios. Es necesario tomar una firme decisión y buscar una íntima relación con Dios por medio de la oración y la lectura de su Palabra día tras día, de manera que su Santo Espíritu produzca su fruto de amor y misericordia en nuestras vidas. Sólo entonces podremos transmitirlo a los que nos rodean. No existe otra manera. Si queremos ver un mundo mejor, el cambio tiene que empezar en cada uno de nosotros, después nuestra familia, los vecinos, los compañeros de trabajo...

El Señor nos dice en Juan 15:12-14: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.”

Jesús nos ofrece su amor y su amistad. No rechacemos tan precioso regalo. Hagámoslo parte de nuestras propias vidas.