“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”

Salmo 1:1-3
 
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Éxodo 16:2-4
“Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud. Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no.”


Este pasaje nos muestra al pueblo de Israel, mientras se desplazaban a través del desierto, con rumbo a la tierra prometida después de haber sido liberados de su esclavitud en Egipto. Este pueblo sufrió por años el abuso y la opresión de los egipcios, hasta que Dios fue movido a misericordia y decidió liberarlos. La historia es muy conocida por todos nosotros: Dios llamó a Moisés y lo envió a Egipto con la misión de liberar a los israelitas (Éxodo 3). Allí el Señor mostró su inmenso poder realizando milagro tras milagro hasta que finalmente los israelitas fueron liberados.

Después de salir de Egipto, primero se encuentran frente al Mar Rojo, y a sus espaldas el poderoso ejército egipcio que los perseguían para matarlos. De nuevo Dios se manifiesta con todo su poder abriendo las aguas para que ellos pasaran, mientras que los egipcios morían ahogados. Después sigue Dios mostrando su carácter de Padre protector, guiándoles durante el día por medio de una columna de nubes que a la vez los protegía del sol, y por la noche una columna de fuego para alumbrarles. Seguidamente tuvieron sed, protestaron y se quejaron, y Dios convirtió en agua potable las aguas amargas de Mara y ellos saciaron su sed.

Ahora, dice el pasaje, los israelitas tienen hambre, y de nuevo muestran su disgusto quejándose y murmurando. No solamente se quejaban y murmuraban contra Moisés y Aaron, sino que también mostraban un increíble mal agradecimiento a Dios ignorando todo lo que él había hecho por ellos y llegando incluso hasta a “añorar” los tiempos de esclavitud. Sin embargo, Dios en su inmensa misericordia, les promete que va a saciar su hambre. Y así lo cumplió, enviándoles “pan del cielo” (el maná) todos los días. No les faltó el alimento para su sustento durante todos los años que estuvieron en el desierto, pero la mayoría de ellos nunca pudieron disfrutar de la Tierra Prometida por su rebeldía y falta de fe en Dios. Todo producto de espíritus mal alimentados, pues saciaban su hambre física pero no daban la misma importancia al alimento espiritual.

Nos vamos 1,400 años hacia adelante en la historia, y encontramos a Jesús enfrentándose a los mismos problemas que confrontó Moisés. Juan capítulo 6 nos cuenta que en una ocasión el Señor dio de comer a más de cinco mil personas con sólo cinco panes y dos pececillos. Después de esto, grandes multitudes le seguían, pero Jesús, conociendo sus corazones, se dirige a ellos diciéndoles: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.” (Juan 6:26). La mayoría de los que le seguían estaban más interesados en lo material que en lo espiritual. Entonces Jesús continúa con un consejo que, aun en nuestros tiempos, tiene un valor extraordinario: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.”

Jesús les recuerda la época a la que se refiere el pasaje inicial, y les dice: “De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.” (Juan 6:32). Entonces se revela a ellos como el Mesías prometido, el alimento espiritual que tanto ellos necesitaban, declarando: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Palabras muy parecidas a las que dijo Jesús a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob (Juan capítulo 4). Claramente el Señor anuncia a todos que él es “el pan y el agua de vida eterna” que puede saciar el hambre y la sed espiritual y llenar el vacío del alma de una vez y para siempre de todos aquellos que creen en él. Lamentablemente, tanto en los tiempos de Moisés, como en la época del ministerio de Jesús en este mundo, y aun en la actualidad, la tendencia del ser humano es satisfacer primeramente sus necesidades materiales y físicas, e ignorar el aspecto espiritual, el cual debe ocupar el primer lugar en nuestras vidas.

Cuando Satanás se acercó a Jesús en el desierto para tentarlo (Mateo capítulo 4), sabiendo que él había ayunado durante cuarenta días, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.” Y Jesús le respondió: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Jesús se enfrentó al diablo con el poder de la Palabra de Dios y éste tuvo que huir. Este poder está a nuestra disposición, pero es imprescindible que nos hagamos el firme propósito de buscar ansiosamente “el pan de vida”, el cual encontramos en las Escrituras.

¿Cuándo debemos buscar este pan de vida? ¿Los domingos en la iglesia? ¿De vez en cuando durante la semana? Cuando Dios le dijo a Moisés que él alimentaría al pueblo de Israel enviándole pan del cielo, les dijo: “El pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no.” Dios desea tener una comunión diaria con sus hijos, él desea que dependamos de él diariamente y no solamente cuando estemos en medio de una prueba. De igual manera, cuando Jesús enseñó a sus discípulos la oración modelo, les dijo que pidieran de la siguiente manera: "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy." (Mateo 6:11). En realidad no se refiere simplemente al pan que se hace con harina. Esta petición incluye todas nuestras necesidades espirituales así como también las necesidades físicas y materiales. Al dirigimos a nuestro Padre celestial de esta manera estamos reconociendo que dependemos de él en todos los aspectos cada día de nuestras vidas.

Jesús es el verdadero pan de vida. Sólo él ofrece una satisfacción duradera y una vida que jamás termina. Nada más en este mundo puede saciar el hambre espiritual del ser humano. La única manera de experimentar una vida abundante, llena de paz y de gozo es confiando en Cristo Jesús. ¿Has probado el “verdadero pan del cielo”? ¿Te deleitas en saciarte de él día tras día?

Si has aceptado a Jesucristo como tu Salvador, busca su rostro en oración y alimenta tu alma con su palabra diariamente. Si no lo has hecho, comienza ahora mismo abriendo tu corazón a Jesús, y permitiendo que él satisfaga todas tus necesidades espirituales.

ORACION:
Mi amante Padre celestial, reconozco que necesito alimentarme espiritualmente. Te ruego pongas en mí un profundo deseo de buscar cada día en tu Palabra, el único y verdadero pan de vida eterna: tu Hijo Jesucristo. En su santo nombre te lo pido, Amén.