Septiembre 2018
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¿Eres tú un buen testigo de Jesucristo? Enviar esta meditación

1 Corintios 2:1-5
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”


El apóstol Pablo era un hombre sumamente culto y educado. Sus credenciales eran impresionantes en todos los aspectos. Entre sus calificaciones se destacaba el haber sido “instruido a los pies de Gamaliel”, según él mismo cuenta en Hechos 22:3. Gamaliel era un fariseo, presidente del Sanedrín en Jerusalén, doctor de la ley, excelentísimo profesor, venerado por todo el pueblo. Haber sido alumno de Gamaliel era ciertamente un gran privilegio del que había gozado Pablo.

Sin embargo, a pesar de contar con toda esta cultura y educación, el apóstol Pablo no se basaba en ello para predicar el evangelio. En el pasaje de hoy, parte de su primera carta a los corintios, Pablo escribe lo siguiente: “Cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” Es decir, a pesar de que bien pudo haber tratado de impresionar a su audiencia con palabras filosóficas y llenas de conocimiento humano, Pablo se limitó simplemente a darles el sencillo pero poderoso mensaje de la cruz. No hay nada más convincente ante los ojos de los incrédulos que la demostración evidente del poder del Espíritu de Dios obrando en sus vidas a través de un testimonio.

Un hombre que había sido un delincuente y un alcohólico casi toda su vida, un día conoció a Jesucristo y su vida cambió de manera radical. Sus antiguos amigos se burlaban de él y hacían todo lo posible por hacerle desistir del camino que él había tomado. Solían decirle: “No es posible que un hombre sensato como tú pueda creer en los milagros que cuenta la Biblia. ¿Crees tú acaso que Jesús convirtió el agua en vino?” El hombre contestó: “Eso dice la Biblia. Y yo lo creo, pues en mi propia casa yo lo he visto convertir la cerveza en comida, y el alcohol en muebles y las noches de borrachera en tiempos preciosos de comunión con mi esposa y mis hijos.” No es necesario hablar con palabras impresionantes. Solamente di lo que Dios ha hecho en tu vida.

Cuando Jesús liberó al endemoniado gadareno de los demonios que lo atormentaban, simplemente le dijo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.” (Marcos 5:19-20). Y seguidamente dice: “Y todos se maravillaban.” Aquel hombre fue liberado de su maldición. Entonces pudo testificar al mundo las maravillas que Jesús había hecho en su vida.

Obviamente, no puede dar un mensaje de esperanza y libertad aquella persona que no vive en libertad. Y no se trata de libertad física. Millones de personas viven en libertad de moverse a su antojo de un lado para otro, sin embargo no son libres espiritualmente sino que viven encadenados a la maldición del pecado. Jesús nos habla de la verdadera libertad cuando se dirige a un grupo de judíos que habían creído en él, y les dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31, 32).

Esta es la clave: Leer la palabra de Dios diariamente, meditar en ella, permanecer en sus enseñanzas y aplicarlas a nuestras vidas. Y así llegaremos a conocer profundamente la verdad, que es Jesucristo, declara Juan 14:6. Entonces seremos verdaderamente libres. Y podremos transmitir al mundo el sencillo pero poderoso mensaje de salvación y vida eterna a través de Jesucristo crucificado y resucitado.

ORACION:
Padre santo, te doy gracias una vez más por el poder de tu Santo Espíritu obrando milagrosamente en mi vida. Te ruego me capacites para testificar al mundo tus maravillas y proclamar a todos el precioso mensaje de salvación a través del sacrificio de Cristo. En el nombre de Jesús, Amén.