Agosto 2019
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¿No te asombra la gracia de Dios? Enviar esta meditación

Efesios 2:4-10
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”


En su libro “What’s so amazing about grace?” (¿Qué es tan asombroso acerca de la gracia?), el escritor cristiano Phillip Yancey dice que el mundo tiene una necesidad y una sed de gracia en maneras que no es capaz de reconocer. Él escribe: “No es una gran sorpresa que el himno “Sublime Gracia” haya estado entre las diez canciones favoritas del público doscientos años después que se escribió.” El compositor de este himno, John Newton, había sido ateo y comerciante de esclavos. Por mucho tiempo él había estado sediento de paz y de felicidad. Cuando conoció a Jesucristo como su salvador y descubrió la gracia de Dios nunca salió de su asombro. Y la gente nunca ha dejado de cantar su himno “Sublime Gracia”.

Agustín de Hipona fue un hombre nacido en el norte de Africa a mediados del siglo IV. Durante su juventud vivió una vida lujuriosa e inmoral, la cual narra con vergüenza en su libro “Confesiones”. Este libro es un relato autobiográfico de su jornada espiritual; es una obra maestra de investigación psicológica del corazón del hombre ante Dios. En su libro, Agustín narra que en medio de aquella vida de placeres sexuales y codicia había un constante vacío imposible de llenar. Un día conoció al Señor, abrió su corazón a Cristo y su vida cambió totalmente. Entonces pudo experimentar una verdadera y profunda paz que antes no conocía. Después de su conversión, Agustín renunció a todas sus posesiones, fundó un monasterio y se retiró por tres años a orar y meditar en la Palabra de Dios. Allí escribió varios libros y poemas dedicados a la infinita gracia de Dios. En uno de ellos expresó su sentir de la siguiente manera:

"Busqué al Señor y luego supe que él movía mi alma para buscarlo, buscándome él a mí; no fui yo quien te encontró, oh Salvador verdadero, no... Yo fui encontrado por ti.
Tú extendiste tu mano y tomaste la mía; caminé y no me hundí en el furioso mar de la tormenta. No fue tanto que yo me asiera de ti, como que tú, amado Señor, me asiste a mí.
Ahora siento una infinita paz, y sólo amor es mi respuesta a ti, Señor; aunque la espalda te dí, tú me salvaste porque siempre me amaste, Señor."


Esta es la gracia de Dios. “Gracia” es un regalo. Aun más, es un regalo inmerecido. En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo dice que Dios nos amó “aun estando nosotros muertos en pecados.” O sea, gracia es el favor de Dios derramado sobre quienes no podían hacer nada para ganarlo, puesto que estábamos muertos espiritualmente. Es también gracia la provisión de Dios de comunión espiritual con los demás (v.5, 6); es el instrumento de Dios para dar salvación a todo el que cree (v.8); y la divina influencia de Dios que equipa a todo creyente para que cumpla Sus propósitos. Pablo resumió las incontables virtudes de la gracia de Dios llamándolas “abundantes riquezas en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (v.7). Esta es la gracia de Dios: Darnos lo que no merecemos. Por su infinito amor.

La gracia de Dios no es sólo asombrosamente rica, sino que también es totalmente gratis. Así dice Romanos 3:24: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” Es decir, el Dador mismo ha pagado el precio. Saciémonos de la asombrosa gracia de Dios para que podamos dar a conocer esta gracia a un mundo sediento y necesitado.

ORACION:
Mi Padre querido, no podré jamás entender tu infinita gracia y misericordia, pero por ellas tengo la esperanza de vida eterna junto a ti. Gracias por darme este precioso regalo aun cuando yo no lo merecía. Por favor, ayúdame a expresarte mi amor y mi agradecimiento con toda mi alma y con todo mi corazón y con todas mis fuerzas. En el nombre de Jesús, Amén.