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Romanos 8:28-29
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”


En Génesis 3:1-6, la Biblia nos narra una conversación entre la serpiente (el diablo) y Eva en el huerto del Edén. Allí Eva creyó las mentiras de Satanás, el cual le dijo que si comían del fruto del árbol prohibido por Dios no morirían sino que “serían como Dios, sabiendo el bien y el mal.” Al seguir las sugerencias del diablo desobedecieron las órdenes del Creador, y Adán y Eva fueron echados del huerto del Edén. (Génesis 3:23). Ahora bien, ¿por qué ellos recibieron este castigo si su intención era aparentemente buena? ¿No dice el pasaje de hoy que es el propósito de Dios que seamos iguales que su Hijo?

En primer lugar, Adán y Eva habían sido hechos conforme a la imagen y semejanza de Dios. Génesis 1:27 dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” El problema fundamental de Eva (y por consiguiente de Adán), fue el querer ser “como Dios”, es decir iguales a su Creador. Pero nadie puede llegar a ser igual a Dios, quien es omnipotente, omnisciente y omnipresente, quien no tiene principio ni fin y cuya sabiduría sobrepasa todo límite humano. Además la misericordia de Dios es infinita y ni siquiera podemos entenderla; y su amor “excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19), pues “Dios es amor”, dice 1 Juan 4:8. Y sobre todos estos atributos “Dios es Espíritu”, dijo Jesús en Juan 4:24.

Por todo esto, y muchas cosas más, vemos que es totalmente imposible para el ser humano ser igual a Dios. Sin embargo sí es posible para nosotros llegar a ser “conformes a la imagen de su Hijo.” ¿Cómo? Jesús dejó su gloria y se hizo semejante a los hombres, y vivió entre nosotros no sólo para dar su vida en la cruz y pagar por nuestros pecados y así darnos la salvación, sino también para enseñarnos los principios del evangelio y dejarnos un ejemplo que ahora nosotros debemos imitar. Así escribió el apóstol Pablo en su carta a los corintios: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1). Ciertamente Pablo fue un digno imitador del Señor desde el momento de su conversión en el camino a Damasco.

Cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador, el Espíritu Santo hace su morada en nuestro corazón y comienza en nosotros su obra transformadora, con el fin de restaurar aquella imagen original del hombre. Este proceso puede ser más o menos largo dependiendo de nuestra obediencia a las instrucciones escritas en la Palabra de Dios. Hay muchas cosas en nuestras vidas que se oponen a esta transformación. Una de las funciones principales del Espíritu Santo es quitar esas barreras que impiden nuestra intimidad con Dios usando su poderosa Palabra, la cual es “la espada del Espíritu”, según declara Efesios 6:17. Así, a medida que crecemos en nuestra relación con Dios, nos iremos pareciendo más a su Hijo Jesucristo en nuestra manera de pensar y en la manera en que actuamos.

Esto no es nada fácil pues, al igual que Eva (y Adán), tenemos que enfrentarnos día tras día a tentaciones de todo tipo puestas por Satanás con el mismo propósito que tenía en mente en aquella ocasión en el huerto del Edén. Pero debemos aprender de ese ejemplo e inmediatamente rechazar toda sugerencia que nos dirija en sentido contrario a la voluntad de nuestro Padre celestial. Para esto Dios nos da la fuerza y el valor que necesitamos por medio de su Santo Espíritu. Pero si en algún momento de debilidad caemos en pecado, la Biblia dice que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9).

Si de verdad sientes en tu corazón el deseo de parecerte a Cristo busca una intima comunión con el Señor pasando tiempo en oración diariamente, leyendo su palabra, meditando en ella y aplicándola a tu vida en todo momento. Verás como todos a tu alrededor notarán un cambio en ti y el nombre de Dios será glorificado en tu vida.

ORACION:
Mi amante Padre celestial, yo quiero parecerme a tu Hijo Jesucristo. Ayúdame a echar a un lado todo aquello que lo impide y a hacerlo todo para tu gloria. Te lo pido en el nombre de Jesús, Amén.