Junio 2018
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¿Cómo es tu manera de hablar? Enviar esta meditación

Colosenses 4:6
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”


El gran estadista francés Richelieu (1585-1642) era conocido también como un hombre de gran cortesía. En una ocasión alguien le solicitó un trabajo sabiendo que no se lo daría. Pero la manera de hablar de Richelieu era tan cálida y expresaba tanta aceptación que valía la pena que le negasen a uno una petición sólo para escuchar con cuánta amabilidad se expresaba, aun cuando decía que no.

Todos podemos aprender de ese ejemplo. Especialmente los cristianos, pues siendo representantes de Cristo debemos ser muy sensibles a las necesidades, al dolor y a las decepciones de los demás. Por ello de nuestra boca no deben salir palabras duras ni nuestra voz debe tener un tono áspero, ni siquiera cuando creemos que es necesario ser firmes. Cristo mora dentro de nosotros y si nos sometemos a su control y a su amor, su presencia será evidente no sólo en lo que decimos sino también en como lo decimos. Los gestos del cuerpo, las expresiones de la cara, el tono de la voz muchas veces dicen más que las palabras que salen por nuestras bocas.

Generalmente podemos tener una buena idea de la madurez espiritual de una persona por la manera como habla o actúa. Nunca debemos, con nuestras palabras o nuestros actos, subestimar a otros ni hacerlos sentir que no son importantes. La Biblia dice en Filipenses 2:3: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo.” Nuestra naturaleza humana nos empuja en sentido contrario a este consejo, pero el Espíritu Santo puede obrar en nosotros de manera que lleguemos a tener la tendencia a ser amables y considerados con los demás, aunque a veces tengamos que sacrificar nuestra propia comodidad. La clave es esta: “Estimar a los demás como superiores a nosotros mismos.” Si nos situamos en un nivel inferior no nos será difícil ser corteses y amables con esa persona, hablando con gentileza y consideración, como normalmente hacemos en el trabajo con "el jefe" o con alguien que ocupa un alto cargo.

Aun en las ocasiones en que recibamos un mal trato mostramos sabiduría si respondemos con palabras suaves. Así dice Proverbios 15:1-2: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor. La lengua de los sabios adornará la sabiduría; mas la boca de los necios hablará sandeces.” Muchas veces la diferencia entre ser ofensivos o ser una bendición radica simplemente en la manera en que hablamos. La Biblia nos exhorta a exponer nuestras convicciones con firmeza pero con gentileza. En su primera carta el apóstol Pedro escribió: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.” (1 Pedro 3:15). La amabilidad y el respeto han de caracterizar nuestro testimonio a un mundo incrédulo. No debemos transigir en nuestro compromiso con Cristo, sino que hemos de estar preparados para contestar a cualquiera que nos pregunte acerca de nuestra esperanza de la manera más amable posible.

A veces, de manera inconsciente, expresamos nuestras opiniones con demasiado énfasis. En nuestro entusiasmo por comunicar una idea quizás hablamos alto y gesticulando excesivamente. Como resultado, a menudo damos la impresión de que estamos enojados cuando en realidad no lo estamos. Debemos estar muy conscientes de esto y tratar, con la ayuda del Señor, de mejorar en este aspecto. Y continuar mejorando cada vez más hasta el punto de llegar a complacer el corazón de nuestro Padre celestial.

El pasaje de hoy nos enseña que debemos ser cuidadosos al hablar. Nuestras palabras deben ser siempre “sazonadas con sal”, es decir agradables y corteses. ¿Cómo es tu manera de hablar? ¿Crees que con ella glorificas el nombre de Dios? ¿O piensas que necesitas algunos cambios en esta área, a la luz de esta enseñanza? Si es lo último y tu corazón está dispuesto a cambiar, el Señor puede ayudarte si tú se lo pides.

ORACION:
Bendito Padre celestial, te ruego me ayudes a ser un testimonio agradable a ti en mi manera de expresarme y actuar. Que yo trate a los demás con amor y gentileza, y que mis palabras y mi manera de hablar siempre te glorifiquen. En el nombre de Jesús, Amén.