Junio 2018
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¿Quién es verdaderamente Jesucristo? Enviar esta meditación

Apocalipsis 1:17-18
“Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”


El foco central del libro de Apocalipsis es la majestad y la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Dios quiere que conozcamos a su Hijo como lo que realmente es: nuestro Salvador, quien es digno de nuestra adoración, alabanza, honor y honra. Este libro nos ayuda a entender quien es realmente Jesucristo. En el capítulo 1, Juan, su autor, nos cuenta que "estaba en el Espíritu" en la isla llamada Patmos cuando oyó detrás de él "una gran voz como de trompeta que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último." Al volverse vio al Señor, el cual le habló las palabras del pasaje de hoy.

En Apocalipsis 1:8 Jesús declara: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.” Él es el único con autoridad para abrir el libro de la vida, afirma Apocalipsis 5:5, y el versículo 12 nos muestra a Jesús como el Cordero inmolado que “es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.” Apocalipsis 3:14 dice: “Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios.” Y Apocalipsis 19:16 dice que él es “Rey de reyes y Señor de señores.” Cuando la Biblia declara que Jesús es “el Amén”, quiere decir que él es el que garantiza y cumple las promesas de Dios. Él es el “Sí” divino a las oraciones de su pueblo, siempre y cuando éstas estén de acuerdo con la voluntad de Dios.

En Juan 16:33, Jesús les dice a sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Aquí el Señor declara lo que aún no había sido como si ya hubiera sido: su victoria en la cruz del Calvario. Y les promete que si confían, él les ayudaría en las pruebas que habrían de encontrar, y los llevaría junto con él a disfrutar de la victoria. En Apocalipsis 3:21, reafirma su promesa a aquellos que, confiando en él, han sido victoriosos. Dice: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.” Estas promesas están vigentes para nosotros en estos momentos. En medio de tu prueba, confía en Aquel que venció a la muerte, que es Rey de reyes y Señor de señores, el Todopoderoso, el Invencible.

Cuando llegamos a conocer a Jesús íntimamente, su carácter, su grandeza, su majestad, podemos proclamar con toda autoridad, como el apóstol Pedro: “A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Pedro 5:11). Y cuando Jesús regrese a la tierra en toda su gloria, toda rodilla se doblará ante él, y toda lengua confesará a Dios, declara Romanos 14:11. Nadie podrá negar su majestad, su poder y su autoridad. Y entonces los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero de Dios, nos uniremos al coro celestial diciendo en voz muy alta: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.” (Apocalipsis 19:7-8).

¿Estás preparado para ese día glorioso? ¿Estás ansiosamente esperando el momento en que Jesús vuelva para llevar a sus amados siervos a las mansiones celestiales? Quizás ese momento esté más cerca de lo que nos imaginamos. Si tienes la seguridad de que estarás con él por la eternidad, ¡Gloria a Dios! Pero si por alguna razón no tienes esa seguridad, escucha la invitación que hace Jesús: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20).

Tú puedes recibir a Jesús ahora mismo, abriendo la puerta de tu corazón y aceptándolo como tu Salvador personal. Confiesa tus pecados, y su sangre derramada en la cruz los lavará y serás justificado delante de Dios. Entonces recibirás el regalo de la vida eterna.

ORACION:
Padre santo, te doy gracias con todo mi corazón por el maravilloso regalo que nos hiciste al enviar a tu único Hijo, para darnos la salvación de nuestras almas. ¡A él sea toda la honra, la alabanza, la gloria y el poder por toda la eternidad! Amén.