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Hechos 2:14-18
"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán."


Cuenta este pasaje que el apóstol Pedro, junto con los otros once, se dirigió a una multitud de judíos de diferentes regiones que habían venido a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés. Y allí, por primera vez, les habló de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y de la salvación a través de él. Y todos estaban maravillados "porque cada uno les oía hablar en su propia lengua." (v.7). Al terminar Pedro su discurso, dice la Biblia que "los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas." (v.41).

Más adelante (capítulo 3), Pedro y Juan se dirigían al templo a la hora de la oración, y allí había un hombre, cojo de nacimiento, que pedía limosna a la puerta del templo, al cual Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda." (v.6). Y el hombre fue sano en aquel momento, y comenzó a saltar y a alabar a Dios. Viendo el asombro del pueblo que se reunió alrededor de ellos Juan y Pedro aprovecharon para hablarles de Jesucristo, a quien dieron toda la gloria por el milagro ocurrido.

En Hechos capítulo 4 dice que “hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente porque era ya tarde." Y al día siguiente, a pesar de que sus vidas estaban en peligro, no vacilaron en contestar las preguntas del sumo sacerdote y las demás autoridades religiosas predicándoles el evangelio de la salvación por medio del sacrificio de Jesucristo en la cruz del Calvario.

Ciertamente se requería un valor extraordinario para actuar de esta manera. Pero, ¿no eran éstos los mismos que huyeron despavoridos cuando Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní? (Mateo 26:56). ¿Y no fue este Pedro el mismo que negó a su Maestro tres veces por miedo a los judíos? (Mateo 26:69-75). ¿Qué, pues, dio lugar a ese cambio tan radical? ¿Y qué poder extraordinario capacitó a los discípulos para sanar al hombre cojo, y para hablar de manera que todos aquellos judíos de diferentes regiones les entendieran cada uno en su propia lengua, y para que miles y miles fuesen salvos al escucharles predicar el evangelio?

De este poder habló Jesús a los discípulos justo antes de ascender al cielo. Allí les prometió: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8). Esta promesa del Señor se cumplió el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo se manifestó entre aquellos que estaban reunidos esperando. Dice la Biblia que “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.” (Hechos 2:1-4).

Los que hemos aceptado a Jesucristo como Salvador hemos recibido el Espíritu Santo, el cual mora en nosotros (Efesios 1:13). Su poder está a nuestra disposición de la misma manera que estuvo a la disposición de Pedro y de Juan y de los demás discípulos. Ese poder sana, libera, nos ayuda a discernir la voluntad de Dios, nos da fuerza y valor para obedecerla y nos capacita para predicar con denuedo la palabra de Dios.

¿Deseas tú que ese poder se manifieste en ti? Lee la Biblia diariamente y pasa tiempo en oración buscando una íntima comunión con Dios.

ORACION:
Padre santo, te ruego me ayudes a desarrollar el poder que hay en mí, y a usarlo de manera que en todo tu nombre sea glorificado. En el nombre de Jesús, Amén.