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Las consecuencias de no perdonar Enviar esta meditación

Hebreos 12:14,15
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.”


En este capítulo, el autor de la carta a los Hebreos trata de los problemas y luchas diarias de la vida cristiana y nos exhorta a fijar nuestros ojos principalmente en Cristo Jesús, “el autor y consumador de la fe.” (v.1-2). El pasaje de hoy se refiere, en primer lugar, a lo que debe ser la meta del cristiano: Vivir en paz y en santidad. Dice que debemos buscar “la paz con todos y la santidad” sin la cual, nos advierte, “nadie verá al Señor.” El versículo 15 empieza con una frase que es una alta recomendación. Dice: “Mirad bien...” Aquí hay una exhortación a que hagamos un examen profundo del contenido de nuestro corazón y nos alerta acerca de la posible existencia de raíces de amargura que afecten nuestra relación con Dios y con los demás.

La amargura es un sentimiento corrosivo que nos roba la paz y el gozo, y destruye nuestras relaciones. La persona amargada contamina y corrompe toda relación, en el matrimonio, en el trabajo, entre las amistades. En última instancia, dice este pasaje, la amargura cierra las puertas a la gracia de Dios. En su carta a los Efesios el apóstol Pablo escribe: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo Jesús.” (Efesios 4:30-32). La amargura, el enojo, la ira, son sentimientos que entristecen al Espíritu Santo, lo cual afecta nuestra relación con Dios y por lo tanto nuestro crecimiento espiritual. Es necesario que eliminemos estos sentimientos de nuestras vidas, de lo contrario echarán raíces en nuestros corazones y se convertirán en algo peor, que es el rencor. Un simple enojo o una pequeña ofensa pueden llegar a convertirse en odio, a veces imperceptiblemente, si no perdonamos a la persona que nos ofendió. De ahí este sabio consejo: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo.” (Efesios 4:26).

Las consecuencias espirituales de la falta de perdón son sumamente serias. Si Satanás puede evitar que nos perdonemos unos a otros, si puede sembrar el odio y el resentimiento, está separándonos a unos de otros y consecuentemente nos separa de Dios, ya que no es posible estar bien con Dios y al mismo tiempo guardar rencor en nuestros corazones hacia los demás. Cuando no perdonamos estamos dando oportunidad al enemigo de afectar nuestra vida espiritual, se debilita nuestra relación con el Señor, impide nuestra adoración e interrumpe el fluir del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Probablemente en alguna ocasión alguien te ha herido profundamente. Es posible que con el tiempo esas heridas hayan ido aparentemente “sanando” y quizás hayas llegado a aceptar la situación y seguir viviendo “sin problemas”. Pero si escudriñas tu corazón, si miras bien dentro de ti, ¿tienes la seguridad de que has perdonado a esa persona, o acaso cuando la ves, o mencionas su nombre, allí bien dentro sientes una especie de coraje, o rencor, o resentimiento que te quita el gozo? ¿Acaso habrá allí alguna raíz de amargura?

El perdón es un acto de la voluntad. Debemos querer perdonar. Este es el primer paso, pero tenemos que reconocer que somos débiles y que quizás nosotros solos no podamos perdonar. Pero Dios está siempre dispuesto a ayudarnos cuando clamamos a él de corazón. Debemos, pues, buscar una íntima relación con el Señor por medio de la constante oración.

ORACION:
Bendito Padre celestial, Dios de amor y de misericordia, por favor ayúdame a perdonar a los que me han herido y limpia mi corazón de todo rencor o raíz de amargura que afecte mi relación contigo y con los que me rodean. En el nombre de Jesús, Amén.