Octubre 2018
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¿Te resulta difícil perdonar? Enviar esta meditación

Mateo 18:23-35
“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.”


Jesús estaba conversando con sus discípulos acerca del perdón. Entonces les refirió esta parábola que ilustra la necesidad de perdonar a los demás. Para tener una idea de la magnitud de la deuda que tenía el primer hombre con el rey, pensemos que los diez mil talentos que él debía equivalen a unos diez millones de dólares. ¡Diez millones de dólares! Sin duda era una deuda que era imposible de pagar por aquel siervo. Por otro lado los cien denarios que le debía su consiervo a él equivalen a unos quince dólares. El rey, movido a misericordia, perdonó a aquel siervo su enorme deuda, sin embargo cuando éste tuvo la oportunidad de hacer lo mismo con su consiervo, el cual le debía una cantidad infinitamente más pequeña, no tuvo misericordia y no perdonó su deuda. El rey se enteró de la acción de este siervo y se enojó y “le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía”, lo cual podemos interpretar como nunca debido a la magnitud de la deuda. Es decir condenado en manos de los verdugos para siempre por no haber perdonado a su deudor. Jesús concluye esta parábola con una clara advertencia a todos los que le escuchaban: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.”

Cuando estábamos muertos en nuestros pecados y condenados a pasar la eternidad en el infierno, Dios tomó la iniciativa al dar a su Hijo como pago de nuestra deuda (Juan 3:16; Romanos 5:8). Los que hemos aceptado este perdón recibiendo a Jesucristo como nuestro Salvador personal, debemos entender que ese perdón fue gratis para nosotros pero Dios pagó un precio muy elevado, un precio que ninguno de nosotros pudo jamás haber pagado: la vida de su único Hijo, quien jamás cometió pecado. La deuda que Jesús pagó por nosotros con su sangre en la cruz del Calvario nosotros nunca hubiéramos podido pagarla. Al pensar en la parábola del pasaje de hoy, ¿te puedes poner en el lugar del siervo ingrato? ¿Puedes entender por qué debes perdonar a los que te han ofendido así como Dios nos perdonó a nosotros?

¿Crees que es muy difícil? ¿Te cuesta mucho perdonar? Seguramente. Lo más probable es que no puedas hacerlo con tus propias fuerzas, pero si de corazón deseas perdonar a quien te ha hecho daño Dios te ayudará a lograrlo por medio de su Santo Espíritu. Allí en la cruz del Calvario, sufriendo indescriptible dolor, Jesús clamó a Dios pidiendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34). Esta misma declaración puede manifestarse en tu vida hoy mismo, si tú le pides a Dios que te dé las fuerzas y el valor para perdonar a aquellos que te han herido. Esta es la voluntad de Dios. Si tú quieres agradar a tu Padre celestial da el primer paso clamando a él por su ayuda.

ORACION:
Padre santo, yo sé que es tu voluntad que perdonemos a aquellos que nos han hecho daño, pero te confieso que yo no puedo hacerlo por mis propias fuerzas. Por favor, lléname de tu Espíritu y ayúdame a perdonar en este momento. Te lo pido en el nombre de Jesús, Amén.