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Dios es Rey y Señor por la eternidad Enviar esta meditación

1 Samuel 8:1-7
“Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel. Y el nombre de su hijo primogénito fue Joel, y el nombre del segundo, Abías; y eran jueces en Beerseba. Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho. Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.”


Este pasaje nos narra un evento de extraordinaria importancia y trascendencia en la historia del pueblo de Israel. Hasta ese momento Israel había tenido un gobierno teocrático, es decir Dios los gobernaba directamente a través de sus “jueces”, quienes le consultaban todas sus decisiones y dirigían al pueblo en la voluntad del Señor. Pero cuando Samuel envejeció y sus hijos se desviaron del camino que había seguido su padre como juez de Israel, los ancianos de Israel se reunieron y le exigieron a Samuel: “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue.” Querían ser como las demás naciones en vez de ser diferentes a ellas, en lugar de ser “un reino de sacerdotes, y gente santa”, de acuerdo al pacto que habían hecho con Dios. (Éxodo capítulo 19).

Entonces Dios, consolando a Samuel en medio de su dolor, le dijo: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.” Después ordenó a Samuel que ungiera como rey a un joven de la tribu de Benjamín llamado Saúl. Así lo hizo Samuel, y Saúl se constituyó en el primer rey del pueblo de Israel. Con el tiempo el joven rey se olvidó de la obediencia y la alabanza a Dios y empezó a buscar su propia honra y gloria, y esto lo llevó a su caída. Habiendo recibido instrucciones de parte de Dios a través de Samuel de que atacara a los amalecitas y destruyera todo, absolutamente todo, Saúl "tomó vivo a Agag rey de Amalec, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor." (1 Samuel 15:1-9). Debido a su desobediencia, Dios decidió quitarlo del trono y por medio del profeta le dijo a Saúl: “Por cuanto tú desechaste la palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas rey.” (v.23).

La Biblia nos enseña que Dios es quien hace que las naciones y sus líderes surjan y caigan. Daniel 2:21 dice que “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.” Dios le dio al rey Nabucodonosor “el reino y la grandeza, la gloria y la majestad.” (Daniel 5:18). “Mas cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria.” (v.22). Todo gobierno o reinado de este mundo es pasajero. Y sobre él Dios tiene total autoridad, pues “el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y a quien él quiere lo da”, dice Daniel 4:17.

Entenderemos esta verdad cuando podamos discernir que en todos los aspectos de esta vida Dios está en control absoluto, y que todo lo que pasa es permitido por él, y siempre tiene un propósito determinado. El único reino eterno lo ha dado a su Hijo Jesucristo, quien viene pronto y reinará por toda la eternidad. Y todos aquellos que le hemos aceptado como salvador y le hemos seguido también reinaremos con él, declara Apocalipsis 5:10.

Pongamos toda nuestra confianza en Dios y declaremos con el salmista: “Mas yo en ti confío, oh Señor; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos.” (Salmo 31:14-15). Nosotros también podemos estar seguros de que nuestros tiempos están en manos de Dios. Pase lo que pase en este mundo, Dios sigue reinando, y reinará por los siglos de los siglos. Amén.

ORACION:
Padre amado, gracias por tu santa palabra que me recuerda tu soberanía y tu eterna grandeza. Ayúdame a entregarme a ti cada día más y a vivir confiado en que tú eres el Rey de reyes y el Señor de señores y a nada debo temer por difícil que sea la época que esté viviendo. A ti sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.