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Santiago 3:13–18
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.”


En el verano de 1986 dos barcos chocaron en el Mar Negro del lado de la costa de Rusia, arrojando cientos de pasajeros a las heladas aguas y causando una trágica pérdida de vidas humanas. La noticia del desastre fue más lamentable aun cuando una investigación reveló que el accidente fue causado por terquedad humana. Los dos capitanes estaban conscientes de la presencia del otro barco, y ambos pudieron haber cambiado el rumbo para prevenir el choque. Pero ninguno quiso ceder. Cuando se dieron cuenta del error de sus acciones fue demasiado tarde. ¿Cómo es posible que, sabiendo ambos las posibles consecuencias de su terca actitud, continuaran el rumbo que finalmente los llevó a tan terrible tragedia?

La respuesta a esta pregunta la encontramos en el pasaje de hoy. La actitud de los dos capitanes de la historia evidentemente no fue guiada por la sabiduría “que desciende de lo alto”, sino lo que dio lugar a su comportamiento fue sabiduría “terrenal, animal, diabólica.” La raíz del problema está en el corazón. Dice el texto bíblico que “donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” Los celos y los sentimientos de contienda o ambición personal en el corazón generalmente dan lugar a la soberbia, y ésta a la terquedad característica del tipo de actitud que mostraron los capitanes de los dos barcos. Asimismo la ambición personal y la soberbia condujeron a que Lucifer cayera del cielo porque quiso ser “semejante al Altísimo.” (Isaías 14:14), y a que Adán y Eva cayeran en pecado y fueran echados del huerto del Edén cuando se dejaron guiar por la serpiente la cual dijo a la mujer: “Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:5).

La soberbia nos separa de Dios, y crea una barrera que nos impide disfrutar de su gracia, de su amor y de todas sus bendiciones. “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”, dice Santiago 4:6. Tenemos el caso del rey Saúl, el cual después que desobedeció las órdenes que Dios le había dado con el fin de castigar a Amalec y su pueblo, fue confrontado por el profeta Samuel (1 Samuel 15). Saúl se mantuvo en actitud arrogante tratando de justificar su comportamiento en vez de reconocer su error humildemente. Como resultado fue desechado por Dios y quitado del trono de Israel. Aquí se cumplió lo que dice Proverbios 16:18: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.”

¿Cómo podemos impedir que los celos, la contienda, la ambición personal y la soberbia den lugar a situaciones trágicas en nuestras vidas? Debemos recurrir a “la sabiduría que es de lo alto”, la cual, dice el pasaje de hoy, “es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.” Eso dará lugar a un estado de paz y armonía en nuestros corazones, no de guerra y destrucción. Y podremos actuar como sabios y entendidos.

Lee la Biblia y busca el rostro del Señor en oración día tras día y pídele que te dé sabiduría de lo alto, y él te la dará abundantemente. Así dice Santiago al principio de su epístola: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5).

ORACION:
Padre santo, te ruego me des sabiduría e inteligencia espiritual para discernir tu voluntad en mi vida y actuar siempre en obediencia a tus principios, y no de acuerdo a mis pasiones y deseos. En el nombre de Jesús, Amén.