Dios te habla
Septiembre 2021
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¿Tienes tú un espíritu perdonador? Enviar esta meditación

Hechos 16:25-34
“Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios.”


Durante la guerra de Kosovo en 1999 tres soldados norteamericanos fueron capturados y mantenidos como rehenes durante más de un mes. Una delegación estadounidense compuesta por líderes cristianos, musulmanes y judíos logró, después de intensas negociaciones, que liberaran a los prisioneros. El reverendo Roy Lloyd, que formaba parte de esta delegación, posteriormente refirió lo siguiente: “Los tres jóvenes soldados eran muy religiosos. Uno de ellos, Christopher Stone, no quiso irse sin que antes le permitieran volver donde estaba el soldado que lo custodiaba y orar por él.”

Este joven pudo haber sentido resentimiento por sus circunstancias y haber odiado a sus captores. Pudo haberse amargado y querido vengarse. Pudo haber anidado en su corazón una rabia ardiente por esa adversidad. Pero él conocía los principios del evangelio de Jesucristo, y guardaba en su corazón las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:43-44). Y las llevó a la práctica cuando tuvo la oportunidad.

En el pasaje de hoy vemos una actitud similar de parte del apóstol Pablo y su discípulo Silas. Ambos habían sido azotados injustamente, después los echaron en la cárcel y el carcelero “los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo.” (Hechos 16:23-24). Sin embargo cuando este hombre sacó la espada para matarse creyendo que los prisioneros se habían escapado Pablo le gritó que no se hiciera daño, “pues todos estamos aquí.” Este precioso testimonio de amor y de perdón fue usado por el Espíritu Santo para ministrar al carcelero y aquella misma noche él y su familia fueron salvos y todos fueron bautizados.

En un mundo donde la venganza y el resentimiento son comunes los creyentes estamos llamados a ser diferentes. Debemos amar en lugar de odiar. Debemos orar por aquellos que nos ofenden, perdonarlos y ministrarles. Claro que no es suficiente con saber lo que tenemos que hacer, pero llevarlo a la práctica requiere un poder sobrenatural que va más allá de nuestra naturaleza carnal. Ese poder está a nuestra disposición desde el momento en que aceptamos a Jesucristo como Salvador. Es el Espíritu Santo de Dios que nos mueve al perdón. El mismo Espíritu que hizo que el joven soldado Stone actuara de la forma en que lo hizo. El mismo Espíritu que estaba obrando en Pablo y Silas. El mismo Espíritu que movió a Esteban, a punto de morir por las pedradas de una turba enfurecida, a clamar en alta voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7:60). El mismo Espíritu que estaba en Jesús cuando, clavado en la cruz del Calvario, pudo clamar: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34).

Pidamos al Señor que su Santo Espíritu se manifieste en nuestras vidas de la misma manera que se manifestó en todos estos hombres. Oremos sin cesar, meditemos diariamente en la Palabra de Dios y apliquémosla en nuestro diario vivir.

ORACION:
Padre santo, te ruego me llenes de tu Santo Espíritu y me capacites para perdonar a aquellas personas que de una manera u otra me han herido para que se cumpla tu deseo y tu nombre sea glorificado en mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.