Dios te habla
Septiembre 2021
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Gálatas 2:20-21
"Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo."


J. Gordon, ministro, educador y autor americano del siglo diecinueve, escribió acerca de un proceso que él observó en la naturaleza. Así lo describió: "Crecían dos pequeños retoños el uno al lado del otro. Por la acción del viento se entrecruzaron. Al cabo de poco tiempo quedaron heridos por la fricción. La savia comenzó a mezclarse hasta que un día apacible quedaron unidos. Luego el más fuerte comenzó a absorber al más débil. Se fue haciendo más y más grande mientras que el otro se debilitaba y declinaba hasta que finalmente se desvaneció y desapareció. Ahora hay dos troncos abajo, y sólo uno arriba. La muerte ha quitado el primero; la vida ha triunfado en el segundo."

Hay una gran semejanza entre este proceso de la naturaleza que describe J. Gordon y la evolución que se lleva a cabo en el aspecto espiritual cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador. En primer lugar el Espíritu Santo viene a morar dentro de nosotros e inmediatamente comienza su obra, la cual tiene como fin transformarnos hasta que se cumpla el propósito de Dios de que seamos “hechos conformes a la imagen de su Hijo”, según dice Romanos 8:29. A medida que crecemos en la gracia y en el conocimiento de Dios se va produciendo en nosotros un cambio interior. La nueva naturaleza divina que ahora habita en nosotros comienza a envolver la vieja naturaleza pecaminosa, la cual empieza a debilitarse y a perder el control que antes ejercía sobre nuestras vidas. A medida que entramos en una comunión cada vez más íntima con el Señor nuestros pensamientos, palabras y acciones se vuelven más y más semejantes a las de Cristo cambiando nuestro egoísmo en entrega y adoración a nuestro Dios. El resultado final es muerte de la naturaleza carnal y vida eterna para nuestro espíritu.

Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.” (Lucas 9:23). No resulta nada fácil lograr por nosotros mismos lo que el Señor desea, pero con la ayuda del Espíritu Santo es posible. El primer paso es disponer nuestras mentes y nuestros corazones a negar o rechazar todo intento o deseo de la carne que vaya en contra de la voluntad de Dios. Si de verdad lo deseamos y reconocemos nuestra debilidad para llevarlo a cabo Dios nos da la fuerza y el poder que necesitamos.

Lo segundo es tomar nuestra cruz y seguirle. ¿Quién mejor para ayudarnos que Jesús, quien conoció en su propia carne el dolor de negarse a sí mismo y someterse a la voluntad del Padre? Mateo 26:42 dice que allí en Getsemaní, a pocas horas de ser crucificado, en medio de una terrible lucha contra la carne que lo impulsaba a huir de la cruz Jesús se postró y oró diciendo: “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.” Y de allí caminó hasta el Calvario y soportó la terrible muerte en la cruz. Pero a los tres días resucitó y “Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:9).

En el pasaje de hoy el apóstol Pablo resume el deseo de Dios en nuestras vidas declarándolo como una realidad en su vida: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” El más débil de los dos retoños murió y dio paso a que el más fuerte creciera y se desarrollara plenamente. De igual manera es necesario que la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas sea cada vez más fuerte, y esto lo logramos por medio de la lectura de la Biblia y la oración diariamente. Así iremos cediendo el control de nuestras vidas y de nuestros deseos carnales al poder del Espíritu Santo. Sólo así se llevará a cabo el plan de Dios en nuestras vidas y seremos bendecidos abundantemente.

ORACION:
Amante Padre celestial, te ruego me ayudes a ceder mi corazón y mi mente totalmente a la autoridad del Espíritu Santo, de manera que mi naturaleza carnal deje de controlarme y la vida de Cristo se manifieste plenamente en mí. En el nombre de Jesús, Amén.