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Deuteronomio 28:1-2
“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios.”


En este pasaje Moisés transmite al pueblo de Israel las órdenes que le diera Dios cuando se aproximaba el momento de tomar posesión de la tierra prometida, y los exhorta a obedecerlas al pie de la letra. Entonces el Señor derramaría sobre ellos infinidad de bendiciones. Han transcurrido más de tres mil años de aquel momento y esta promesa, salida del corazón de Dios, permanece vigente para todos aquellos que están dispuestos a escucharle y obedecerle. Dios tiene planes maravillosos para sus hijos. Así dice la Biblia en Jeremías 29:11: “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros, dice el Señor, planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza.” Sin embargo muchas veces nosotros no disfrutamos de esos planes, simplemente porque no seguimos las instrucciones de nuestro Padre celestial escritas en su Santa Palabra.

Más adelante (Deuteronomio 30:9-10) Moisés se dirige nuevamente a los israelitas. Allí les recuerda este principio básico: “Y te hará Jehová tu Dios abundar en toda obra de tus manos, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, para bien; porque Jehová volverá a gozarse sobre ti para bien, de la manera que se gozó sobre tus padres…” Estos eran los planes de Dios para su pueblo. Seguidamente Moisés les explica lo que se requería para poder disfrutar de esas bendiciones: “…cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; cuando te convirtieres a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.” Es decir, está muy claro que primero hay que obedecer y después se reciben las bendiciones.

En Getsemaní, a pocas horas de su muerte, Jesús se enfrentó a la prueba más terrible de su vida (Mateo 26). Por un lado su deseo de obedecer la voluntad del Padre, por otro lado, en su condición humana sentía la urgencia de huir de tan horribles circunstancias. Tal era su agonía que confesó a sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” Y en medio de aquella tremenda lucha, Jesús se postró tres veces en oración clamando: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa...” Pero en el aliento siguiente abandonó su propia voluntad y se sometió a la voluntad de Dios diciendo: “...pero no sea como yo quiero, sino como tú." Entonces Dios envió un ángel que le fortaleció y le capacitó para vencer la tentación (Lucas 22:43). Después se dirigió a la cruz y ofreció su vida por cada uno de nosotros. Y dice la Biblia que al tercer día resucitó, y entonces Dios “le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:9).

Seguramente encontrarás muchas situaciones en las que no tendrás la fuerza suficiente para obedecer la palabra de Dios. La tentación es demasiado fuerte, la carne te empuja a desobedecer. ¿Qué debes hacer? Jesús predicó con su ejemplo siempre. Y uno de los últimos consejos que dio a sus discípulos fue: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mateo 26:41). Ciertamente la carne es débil. No podemos confiar en ella para que guíe nuestras acciones.

Por medio de la constante oración, el Espíritu Santo toma control y guía a nuestro espíritu por el camino correcto para que los planes de Dios se lleven a cabo. Primero, nos da discernimiento para entender las instrucciones del Señor. Segundo, nos da la fuerza y el valor para obedecer estas instrucciones. Cuando lo hacemos, el resultado siempre es paz, felicidad y prosperidad.

ORACION:
Padre santo, quiero obedecer tu palabra pero reconozco ante ti que soy muy débil para hacer tu voluntad. Te ruego me des la fortaleza para obedecerte en todo, y así poder disfrutar de tus bendiciones. En el nombre de Jesús, Amén.