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Deuteronomio 6:4-9
“Escucha, oh Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.”


Los años pasan, la tecnología avanza, las modas cambian, y hay una frase que permanece casi inalterada: “En mis tiempos las cosas eran muy distintas.” Especialmente la escuchamos en relación al aspecto moral. Cada vez hay más corrupción e inmoralidad en el mundo. Claro que esto no debe sorprendernos. En su evangelio, el apóstol Juan llama al diablo “el príncipe de este mundo.” Y si Satanás es el “príncipe” de este mundo, ¿podemos acaso esperar que haya moral y santidad en el mundo? Todo lo contrario; como una enfermedad contagiosa la corrupción se extiende a todas las esferas de la sociedad, cambiando conceptos, reglas y patrones morales. Lo que hace 20 o 30 años era absolutamente inadmisible desde el punto de vista moral, actualmente es perfectamente normal hasta en la televisión.

Y lo peor del caso es que la tendencia es a empeorar. La única esperanza de cambio reside en el poder de Dios. Y desde hace miles de años Dios decidió que su poder se manifestaría en el mundo a través de sus hijos que están dispuestos a obedecerle. Así se abrió el mar Rojo en dos cuando Moisés extendió su mano sobre el mar (Exodo 14:21). También cayó fuego del cielo cuando Elías oró desafiando a los profetas de Baal (1 Reyes 18). De la misma manera sobrevino un terremoto y se soltaron las cadenas y se abrieron las puertas de los calabozos cuando Pablo y Silas oraron y cantaron himnos a Dios (Hechos 16:25-26). Y a través de toda la Biblia encontramos infinidad de ejemplos similares en los que el poder de Dios se manifestó cuando sus hijos fueron obedientes e hicieron lo que él les mandó.

La palabra de Dios es poder sobrenatural. En el pasaje de hoy, el Señor ordenó al pueblo de Israel que repitieran sus palabras a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, y las transmitieran de generación en generación. Su propósito era, precisamente, evitar la propagación de la maldad y la corrupción que hoy en día afecta todo el mundo. Pero aquellos que tuvieron la oportunidad de ser instrumentos en el plan del Señor decidieron no obedecer sus instrucciones. Por eso, tiempo después Dios les dijo: “¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar.” (Isaías 48:18).

El rey David, siendo un hombre “conforme al corazón de Dios”, no sólo consideró transmitir su legado espiritual como una responsabilidad, sino como un honor. Por eso oró de esta manera: “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillas. Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad y tu potencia a todos los que han de venir…” (Salmo 71:17,18). Era su anhelo hacerles saber a todos cómo Dios había manifestado su gloria y su poder en su vida.

No existe nada que influya más en un incrédulo que conocer la manera en que Dios ha obrado en la vida de alguien. La vida de un verdadero cristiano habla más alto que el sermón más elocuente. Si amas al Señor, sigue sus instrucciones y transmite su palabra en toda oportunidad que se te presente. Así estarás ayudando a llevar adelante su plan de salvación para un mundo que se hunde en medio de las tinieblas de la maldad y la corrupción.

En Marcos 16:15, justo antes de ascender a los cielos, Jesús instruyó a sus discípulos en lo que conocemos como la Gran Comisión. Allí les dijo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura." Piensa por un momento: ¿Estás tomando parte activa en el plan de Dios? Si no lo has hecho, pide al Señor que te capacite, lee su palabra diariamente, medita en ella, pasa tiempo en oración y hazte el propósito de compartir con aquellos a tu alrededor las buenas nuevas del evangelio.

ORACION:
Padre santo, te ruego me capacites por medio del poder de tu Santo Espíritu para predicar con denuedo tu palabra en toda oportunidad que se presente a un mundo que se pierde cada vez más y del cual tú eres la única esperanza. En el nombre de Jesús, Amén.