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¿Estás tú esperando en el Señor? Enviar esta meditación

Salmo 62:1-8
“En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación. El solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré mucho. ¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, tratando todos vosotros de aplastarle como pared desplomada y como cerca derribada? Solamente consultan para arrojarle de su grandeza. Aman la mentira; con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón. Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.”


El ser humano es, por naturaleza, muy impaciente, especialmente en momentos de prueba y dificultad. Todo lo queremos resuelto inmediatamente; por lo tanto instintivamente rechazamos todo lo que esté relacionado con “esperar”. Sin embargo, esto es precisamente lo que nos dice el pasaje de hoy en relación a Dios: “Esperad en él en todo tiempo.” Lamentablemente, aun deseando seguir estas instrucciones de la Palabra de Dios, hay ocasiones en las que nos resulta prácticamente imposible esperar y mantenernos tranquilos en medio de una tormenta, y tendemos a actuar por nuestros propios medios.

David tuvo que aprender a esperar en el Señor. Durante muchos años el rey Saúl lo persiguió para matarlo, mientras él huía ocultándose en cavernas y muchas veces viviendo a la intemperie. Después de la muerte de Saúl en una batalla, David fue proclamado rey de Judá. Pero no habían terminado las pruebas y sufrimientos para él. Varios años más tarde tuvo que confrontar con enorme dolor la rebelión de su hijo Absalón, y mientras huía de aquellos que trataban de “aplastarle como pared desplomada y como cerca derribada”, David escribió el Salmo 62 del cual es parte el pasaje de hoy. Dice el v.1: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación.” Aquí David muestra una actitud de espera en silencio pero en total confianza en su Dios.

Ciertamente no es fácil guardar silencio y esperar cuando estamos en medio de una prueba. Cuando la ansiedad o la desesperación nos envuelven, probablemente no queremos escuchar a nadie diciéndonos: “Ora”. Quizás nos parezca demasiado sencillo, y a veces hasta puede parecernos que no son sensibles a nuestro dolor. Sin embargo esto es exactamente lo que tenemos que hacer: orar y esperar confiadamente la respuesta de Dios. Cuando lo hacemos, sentimos su paz confortándonos.

El apóstol Pablo fue otro siervo de Dios que experimentó pruebas muy duras en su vida. Y producto de su experiencia, estando preso en una cárcel romana, esperando ser ejecutado en cualquier momento, pudo escribir en su carta a los filipenses lo siguiente: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6-7).

En medio de tu problema, ¿esperas en el Señor o actúas conforme a tus impulsos? No importa cuan fuerte sea tu tormenta o cuan profunda sea tu aflicción, recuerda que Dios está en control, y todo lo que él requiere de ti es que seas paciente y esperes en él. Los años pasaron, y Dios dirigió a David a través de aquellos tiempos tormentosos hasta un final feliz. Siendo un anciano, David escribió el Salmo 37, en el cual resume sus experiencias. Dice el v.4: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.” Y el v.7 dice: “Guarda silencio ante el Señor, y espera en él.”

Esta seguridad, esta absoluta confianza en Dios sólo puede resultar de una íntima comunión con el Señor. Buscar su rostro en oración debe ser nuestra prioridad cada día de nuestras vidas. No una o dos veces a la semana, sino diariamente pasar un tiempo a solas con Dios. No a la carrera, sino tranquilamente meditando en su Palabra y orando en el Espíritu en busca de esa profunda paz que sólo nuestro Padre celestial puede darnos.

ORACION:
Mi Padre amado, te ruego me des la fuerza para esperar en ti, aun cuando las circunstancias me ordenen a gritos que me apresure a actuar. Lléname de tu Espíritu para sentir esa paz inefable que sobrepasa todo entendimiento, aun en medio de difíciles situaciones. En el nombre de Jesús, Amén.