Julio 2019
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Lucas 17:11-19
“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”


Para entender bien lo que este pasaje nos narra tenemos que pensar en la vida que aquellos leprosos llevaban. En primer lugar no existía cura para esta enfermedad y era además muy contagiosa. Por eso estas personas eran forzadas a vivir fuera de la villa o aldea. La ley requería que se mantuviesen a distancia de las demás personas, y cuando el viento soplaba del leproso hacia la persona sana la ley establecía que la distancia debía ser por lo menos de ciento cincuenta pies. Eran víctimas del rechazo de la sociedad en que vivían. Ni siquiera podían acercarse a sus familias, a sus hijos, a sus amistades. ¡Qué vida tan terrible!

Aquellos hombres clamaron a Jesús desesperadamente y a distancia le gritaron: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Jesús tuvo misericordia de ellos y los sanó. Y en el mismo instante en que la lepra desapareció nueve de ellos, ansiosos por ser declarados limpios y por lo tanto volver a ser aceptados por la sociedad, continuaron su camino para mostrarles a los sacerdotes que ya ellos eran sanos y que podían vivir una vida normal. Ni siquiera les pasó por la mente aquel que había hecho tan precioso milagro en sus vidas. Sin duda sus pensamientos estaban concentrados en el prometedor futuro, y en sus corazones no había el más mínimo agradecimiento. Sólo uno de ellos volvió adonde estaba Jesús, y “se postró rostro en tierra a sus pies, dándole las gracias.” Entonces Jesús le preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” Casi podemos percibir la tristeza en estas palabras del Señor. Por último le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.” No sólo fue aquel hombre sanado de su enfermedad, sino que su agradecimiento le llevó a recibir del Señor el regalo más precioso que un ser humano pueda recibir: la salvación de su alma.

De diez leprosos sólo uno mostró gratitud. El mínimo posible. Pero esto no debe extrañarnos. La falta de agradecimiento forma parte de la naturaleza humana. En sentido general todos somos malagradecidos en mayor o menor grado. ¿Cuántos de nosotros tomamos cada día unos minutos para decirle a Dios: gracias por mi vida, gracias por mi salud, gracias por mi trabajo, gracias por mi familia, gracias por tu provisión, en fin, gracias por todas las bendiciones recibidas día tras día?

En esta vida nos suceden muchas cosas contrarias a lo que deseábamos o a lo que suponíamos sería, pero en todos los casos debemos dar gracias a Dios pues sus planes para sus hijos son “planes de bienestar y no de calamidad”, dice Jeremías 29:11. Aun en los malos momentos por los que a veces pasamos debemos ser agradecidos ya que ellos son usados por el Señor para moldear nuestro carácter y mover las circunstancias para un final favorable a nosotros.

A Dios le agrada que seamos agradecidos. 1 Tesalonicenses 5:18 dice: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” Demos gracias al Señor cada mañana al despertar, gracias por su provisión diaria, gracias porque podemos llamarle “Padre nuestro”, gracias porque él conoce nuestras necesidades de todo tipo y las suple, gracias por su infinita misericordia, gracias por su amor. Recordemos cada día el sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario por medio del cual sabemos que pasaremos la eternidad junto a él. Y seamos agradecidos.

ORACION:
Padre santo, te ruego perdones mi ingratitud y me ayudes a vivir consciente de todas las bendiciones que recibo diariamente. Y que de mi corazón salga un constante agradecimiento que llegue hasta tu trono de gracia. En el nombre de Jesús, Amén.