Julio 2019
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Exodo 16:2-4
“Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud. Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no.”


Este pasaje nos muestra al pueblo de Israel mientras se desplazaban a través del desierto con rumbo a la tierra prometida después de haber sido liberados de la esclavitud en Egipto. Ahora los israelitas tienen hambre y comienzan a quejarse y a murmurar contra Moisés y Aarón, llegando hasta a “añorar” los tiempos de esclavitud, y sobre todo mostrando un enorme mal agradecimiento a Dios a pesar de todo lo que él había hecho por ellos. Sin embargo, Dios en su inmensa misericordia les promete que va a saciar su hambre. Y así lo cumplió, enviándoles “pan del cielo” (el maná) todos los días. No les faltó el alimento para su sustento durante todos los años que estuvieron en el desierto, pero la mayoría de ellos murieron sin poder disfrutar de la Tierra Prometida por su rebeldía y falta de fe en Dios. Todo producto de espíritus mal alimentados, pues saciaban su hambre física pero no daban la misma importancia al alimento espiritual.

Nos vamos 1,400 años hacia adelante en la historia y encontramos a Jesús enfrentándose a los mismos problemas que confrontó Moisés. Juan capítulo 6 nos cuenta que en una ocasión el Señor dio de comer a más de cinco mil personas con sólo cinco panes y dos pececillos, y después de esto grandes multitudes le seguían, pero Jesús, conociendo sus corazones, se dirigió a ellos diciéndoles: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.” (Juan 6:26). La mayoría de los que le seguían estaban más interesados en lo material que en lo espiritual. Entonces Jesús continuó con un consejo que tiene un valor extraordinario: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.” (v.27).

Poco después Jesús les recuerda la época a la que se refiere el pasaje de hoy, y les dice: “De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.” (Juan 6:32-33). Seguidamente se revela a ellos como el Mesías prometido, el alimento espiritual que ellos tanto necesitaban, declarando: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” (v.35). Finalmente Jesús los deja con este poderoso mensaje, el cual resuena aun en los tiempos actuales: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.” (v.47-51). Lamentablemente, tanto en los tiempos de Moisés como en la época del ministerio de Jesús en este mundo como en los tiempos actuales, la tendencia del ser humano es satisfacer primeramente sus necesidades materiales y físicas e ignorar el aspecto espiritual, el cual debe ocupar el primer lugar en nuestras vidas.

Cuando Satanás se acercó a Jesús en el desierto para tentarlo sabiendo que él había ayunado durante cuarenta días, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.” (Mateo 4:3). Y Jesús le respondió: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Jesús se enfrentó al diablo con el poder de la Palabra de Dios y éste tuvo que huir. Este poder está a nuestra disposición, pero es imprescindible que nos hagamos el firme propósito de “comer el pan de vida” día tras día escudriñando las Escrituras, meditando en ellas y pidiendo a Dios discernimiento espiritual para entenderlas.

ORACION:
Mi amante Padre celestial, reconozco que necesito alimentarme espiritualmente. Te ruego pongas en mí un profundo deseo de buscar cada día en tu Palabra el único y verdadero pan de vida eterna: tu Hijo Jesucristo. En su santo nombre te lo pido, Amén.