Julio 2017
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¿Cuáles serán tus últimas palabras? Enviar esta meditación

Romanos 8:22-25
“Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.”


Este pasaje nos muestra un cuadro de sufrimiento y dolor, y a la vez de expectativa, semejante a la mujer que está pasando por los “dolores de parto”, la cual está en espera del final de los mismos. Cada día, miles y miles de personas de todas partes del mundo llegan al final de sus vidas. Al llegar a este punto se pone de manifiesto la enorme diferencia entre aquellos que tienen “las primicias del Espíritu”, quienes esperan “la adopción, la redención de su cuerpo” y los que no tienen esa esperanza.

No hay tragedia en este mundo que se pueda comparar con la muerte de una persona que ha rechazado a Cristo. Morir sin Jesús como Salvador es enfrentar el destino más triste posible, una eternidad sin esperanza. Walter A. Maier, un predicador de la primera mitad del siglo XX, citó dos ejemplos de personas muy conocidas en sus tiempos que llegaron al final de sus vidas y pronunciaron sus últimas palabras en un marco de derrota y pesimismo. Maier dijo que Jay Gould, un multimillonario norteamericano, se lamentó en su lecho de muerte diciendo: “Soy el hombre más infeliz de la tierra.” Maier también citó al filósofo y escritor francés Voltaire, ateo universalmente conocido por sus burlas del cristianismo. En una ocasión Voltaire declaró que él derribaría con una mano la fe cristiana y que pronto nadie leería la Biblia. Al momento de su muerte, en terrible agonía gritó: “¡Ojalá no hubiese nacido nunca! ¡Ahora se me echará en el infierno!” Después que Voltaire murió, su enfermera de cabecera declaró que jamás volvería a cuidar de una persona moribunda que no hubiera creído en Jesucristo. “¡Es lo más terrible y desesperante que existe en este mundo!”, dijo.

El famoso actor y cantante norteamericano Frank Sinatra vivió una larga vida de éxitos. Fue homenajeado y galardonado muchas veces, y gozó de fama, riquezas y popularidad. Sin embargo lo que bien podría ser un epitafio en su tumba salió de sus propios labios, segundos antes de morir. Estas fueron sus últimas palabras: “I’m losing” (“Estoy perdiendo”). Momentos después el verbo pudo haber sido conjugado en tiempo pasado, es decir “¡Perdí!” ¡Qué triste es perder! ¿Verdad? Sobretodo cuando se trata de la eternidad.

Por el contrario, en 2 Timoteo 4:7-8 vemos un ejemplo de la esperanza de la que nos habla el pasaje de hoy cuando dice: “Porque en esperanza fuimos salvos.” Allí, el apóstol Pablo, siendo un anciano, preso en una cárcel romana y sintiendo que su fin se aproximaba escribió lo siguiente a su hijo espiritual Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” Pablo compara la vida con una carrera a cuyo final ha llegado. ¡Qué preciosas palabras de esperanza y de victoria salieron de su corazón en ese momento!

¿Qué va a caracterizar el final de tu vida? ¿La paz o la desesperación? Si has aceptado a Jesucristo como tu Salvador puedes declarar con toda confianza y tranquilidad como el apóstol Pablo: “Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día.” Si no lo has hecho, puedes en estos momentos elevar una oración, invitándolo a entrar en tu corazón. La Biblia dice en Romanos 10:9 que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” Entonces tus últimas palabras, cuando fuere que las pronuncies, serán palabras que manifiesten la victoria de Cristo en tu vida.

ORACION:
Padre santo, gracias por el regalo de la vida eterna a través de tu Hijo Jesucristo. Gracias porque sé que cuando llegue al final de mi vida en este mundo viviré por siempre junto a ti disfrutando de tu amor y tu paz inefable. En el santo nombre de Jesús, Amén.