Dios te habla
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Salmo 103:10-13
“No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen.”


A través de toda la Biblia Dios nos muestra su corazón deseoso de perdonar nuestras faltas de la misma manera que el padre que ama a sus hijos siente compasión de ellos y los perdona. Romanos 5:8 nos muestra una de las más grandes declaraciones de amor, misericordia y perdón que se haya expresado jamás. Dice así: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” No existe nada comparable al hecho de entregar a su único Hijo a la horrible muerte de la cruz con el fin de salvar de la condenación eterna a aquellos que le habían dado la espalda, declarándose sus enemigos.

En Jeremías 31:34 Dios dice: "Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado." Esto no significa que Dios olvida, sino que nos perdona y no recuerda nuestro pecado de una manera negativa. Ahora bien, este magnánimo perdón no está completo hasta que nosotros lo aceptemos de corazón y nos perdonemos a nosotros mismos. Hay ocasiones en las que, aún después de haber experimentado el perdón de Dios y habiéndonos reconciliado con aquellos que nos hicieron daño, no llegamos a sentir una paz completa y profunda. Esto puede ser debido a un sentimiento de falta de perdón hacia nosotros mismos por un pecado cometido que nos ha afectado de manera particular.

Dos grandes siervos del Señor experimentaron esta situación de una manera muy intensa. Uno de ellos fue Pedro, el discípulo que tres veces negó conocer a su Maestro. Dice la Biblia que después que lo hizo, “Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.” (Lucas 22:62). Las imágenes de aquel momento debieron haberle pasado por su mente infinidad de veces haciéndole sentir culpable. El otro hombre fue el apóstol Pablo, el cual, antes de su encuentro con el Señor en el camino de Damasco, perseguía la iglesia, "y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel." (Hechos 8:3). Ambos hombres deben haber lamentado profundamente sus acciones pero, una vez recibieron el perdón de Dios, ninguno de los dos se mantuvo aferrado a ese espíritu de resentimiento auto destructivo. En su primera carta Pedro afirma que Dios, “según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible.” (1 Pedro 1:3-4). También Pablo, en su carta a los Romanos, declara que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Romanos 8:1-2).

Cuando nos castigamos a nosotros mismos trayendo a nuestras mentes repetidamente un pecado cometido, se crea una nube de duda e incertidumbre que afecta nuestra seguridad de que Dios nos ha perdonado. Así podemos llegar a sentir que no merecemos el perdón, ni las bendiciones o el amor del Señor. Quizás pensemos que nuestra ofensa es demasiado grande para ser perdonada, pero lo cierto es que Cristo murió por todos y cada uno de los pecados que hemos cometido y los que vamos a cometer.

Para ser libres de ese espíritu de auto condenación el primer paso es admitir que existe en nosotros. Entonces debemos arrepentirnos y confesar ante el Señor que esta actitud no está de acuerdo con su Palabra. Así lo declara el salmista en el pasaje de hoy: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” Habiendo entendido y creído esta declaración debemos tener la completa seguridad de que Dios nos ha perdonado. Entonces tomamos la decisión de perdonarnos a nosotros mismos por fe, no basados en sentimientos sino en la Palabra de Dios.

ORACION
Mi amante Dios, te ruego me ayudes a entender que la sangre de Cristo ha sido suficiente para lavar todos mis pecados y justificarme delante de ti. En este momento declaro que soy libre de todo pecado por tu gracia y tu misericordia. En el nombre de Jesús, Amén.