Junio 2019
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1 Tesalonicenses 5:17
“Orad sin cesar.”


La oración es una herramienta poderosa que Dios nos ha dado para que la utilicemos para nuestro beneficio. Es el medio que tenemos para hablar con el Señor, es decir para comunicarnos con él. Desde el principio de la Creación el plan de Dios fue tener una relación íntima con el ser humano. A través de los siglos él no ha cambiado, y en su Palabra nos exhorta a buscar esa relación por medio de la oración.

Hay un poder sobrenatural en la oración, pero es necesario que lo creamos para que sea efectivo. Jesús les dijo a sus discípulos en Marcos 11:24: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.” Cuando pedimos debemos hacerlo principalmente con el fin de que se haga la voluntad de Dios en nuestras vidas, la cual es "agradable y perfecta", declara Romanos 12:2. No debe ser el fin fundamental satisfacer nuestros propios deseos. Podemos expresarlos al Señor, pero debemos tener la seguridad de que en nuestra ignorancia quizás estemos pidiendo algo que no nos conviene, y que nuestro Padre, que es omnisciente, sabe exactamente lo que necesitamos. Entonces esta promesa se convertirá en realidad y recibiremos conforme a los planes de Dios para nuestras vidas. Así les dijo Jesús a sus discípulos: “Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.” (Mateo 6:8). Si pedimos creyendo esto de corazón siempre vamos a recibir más de lo que esperábamos y de mucha mejor calidad, pues nuestro Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”, dice Efesios 3:20.

Nuestra relación con los demás también se fortalece a través de nuestra comunión con Dios. Es la voluntad del Señor que nos amemos unos a los otros. Este amor podemos expresarlo intercediendo unos por los otros. Santiago 5:16 dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” "Oración eficaz" es aquella que tiene poder, que produce resultados positivos. Tenemos que creer lo que decimos cuando oramos. No debemos orar de manera automática sin una dirección o propósito específico.

La frecuencia con que oramos define nuestra comunión con el Señor. Ya sea para hacerle una petición, o para adorarlo, o alabarlo, o arrepentirnos de algún pecado, o para darle gracias, cada vez que oramos fortalecemos nuestra relación con nuestro Padre celestial. En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo nos exhorta a orar “sin cesar” porque él llegó a entender profundamente la importancia y el poder de la oración. Cuando Pablo dice: “Orad sin cesar”, no se refiere específicamente al acto de orar de rodillas o con los ojos cerrados o con los brazos levantados. Esto no podemos hacerlo en todo momento. Su consejo, realmente, es una exhortación a que vivamos en constante comunión con Dios. Tenemos un ejemplo de esto en Mateo 17, donde Jesús liberó a un muchacho reprendiendo a un demonio que lo atormentaba, después que los discípulos trataron infructuosamente. Entonces el Señor les dijo: “Este género no sale sino con oración y ayuno.” Sin embargo, en aquel momento Jesús no hizo ninguna oración. Él vivía en constante comunión con el Padre.

Busquemos esa íntima comunión con nuestro Padre celestial, no solamente teniendo un tiempo de oración y leyendo su Palabra cada día, sino también cuando manejamos el automóvil, mientras andamos de compras, durante el día en el trabajo, o en cualquier otro lugar. Basta con sólo unas palabras como “Te amo Padre”, o “Ayúdame Señor”, o “Gracias Jesús”, o una corta intercesión como “Dios mío, bendice a Fulana.” Lo importante es que nuestra mente esté ocupada constantemente por pensamientos que agraden al Señor y glorifiquen su nombre.

ORACION:
Querido Padre celestial, te ruego me ayudes a mantenerme en constante comunión contigo. Que mis pensamientos, mis palabras y mis acciones reflejen las enseñanzas de tu Hijo Jesucristo y en todo momento tu nombre sea glorificado a través de mi testimonio. En el nombre de Jesús, Amén.