Junio 2019
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Colosenses 4:6
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”


Dice una historia que un rey soñó que había perdido todos los dientes. Cuando despertó mandó a llamar a un sabio para que interpretase su sueño. “¡Qué desgracia, mi señor! Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad”, le dijo el sabio. “¡Qué insolencia!”, gritó el rey enfurecido, “¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!” Entonces llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde mandó a llamar a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al rey con atención, le dijo: “¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.” Se iluminó el semblante del rey con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando este sabio salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: “¡No puedo creer esto! La interpretación que habéis hecho del sueño del rey es la misma que hizo el primer sabio. No entiendo porque el rey le pagó al primero con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.” Este sabio respondió: “Recuerda bien, amigo mío, todo depende de la forma en que lo digas.”

Uno de los grandes desafíos de la humanidad es precisamente aprender a expresarse de la manera correcta. De esto depende muchas veces la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Ciertamente la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma en que es comunicada es lo que provoca en algunos casos grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien puede herir a esa persona pero si la ponemos en un bonito estuche y la ofrecemos con amor ciertamente será aceptada con agrado.

En el pasaje de hoy el apóstol Pablo da este sabio consejo a los cristianos de la iglesia en Colosas: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” ¿Cómo seguimos nosotros este consejo? En primer lugar, para hablar con gracia es necesario que la vida de aquel que habla esté colmada de la gracia de nuestro Señor Jesucristo por medio de una íntima comunión con él. De esta manera, cuando hablemos reflejaremos el mismo carácter que manifestó Jesús al contestarle a los escribas y fariseos que le trajeron la mujer que había sido sorprendida en adulterio (Juan 8:1-11), y cuando contestó las preguntas de Nicodemo (Juan 3:1-14), y cuando, cercano a la muerte, daba aliento a sus angustiados discípulos (Juan 14:1-14), y en tantas otras situaciones que se presentaron en su vida.

Como cristianos debemos siempre tratar de mantener este principio sean cuales fueren las circunstancias en las que hablemos. Es muy fácil actuar y hablar como verdaderos santos en la iglesia, pero es en la vida cotidiana donde se revela nuestra verdadera identidad cristiana. Es en nuestro centro de trabajo, o en el vecindario, o cuando andamos de compras, o en cualquier otro lugar público donde tenemos que manifestar la pureza de nuestro corazón expresada en una manera de hablar diferente al mundo que no conoce a Cristo. Debemos, pues, ser muy cuidadosos en cuanto a la manera en que nos expresamos ante los demás.

Hazte el propósito de expresarte siempre “con gracia” y que tus palabras estén “sazonadas con sal.” Mantén una íntima comunión con el Señor leyendo la Biblia y orando diariamente, y al momento de hablar pregúntate mentalmente: ¿Cómo lo diría Jesús?

ORACION:
Mi amante Padre celestial, es mi anhelo agradarte tanto en lo que hago como en lo que pienso y lo que hablo. Por favor capacítame para honrarte en todo y especialmente pon en mis palabras el amor y la dulzura de tu Espíritu para ser un testimonio que glorifique tu nombre. Por Cristo Jesús te lo pido, Amén.