Junio 2019
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Juan 3:28-34
“Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz. Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida."


Este pasaje nos muestra una declaración de Juan el Bautista a sus discípulos cuando estos indagaron acerca de Jesús. En primer lugar Juan deja claro ante todos que él no es el Cristo, sino que él había sido enviado para preparar el camino para el Mesías, tal y como había declarado el profeta Isaías más de siete siglos antes. Así leemos en Isaías 40:3: “Una voz proclama: Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios.” Juan les dice que “el que tiene la esposa, es el esposo”; él es simplemente el amigo del esposo, y se goza al oír la voz del esposo. Jesús es “el esposo”, y esta expresión es, sin duda, una alusión a “la esposa del Cordero” (la iglesia de Cristo) mencionada en Apocalipsis 21:9. También en Efesios 5:21-33, el apóstol Pablo dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.”

Habiendo establecido quien era el Cristo, Juan entonces dice: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.” “Menguar” significa disminuir, empequeñecer. A nadie le gusta disminuir. Esto es símbolo de derrota, y no nos gusta ser derrotados. Sin embargo en el aspecto espiritual, cuando nos bajamos nosotros del primer lugar y le damos el lugar de honor a Jesucristo, es decir cuando menguamos nosotros y engrandecemos al Señor es cuando verdaderamente obtenemos la victoria. Juan el Bautista hizo exactamente esto. Primero él era el centro de atención, el único que bautizaba, el que tenía discípulos. Ahora llegó el momento de dar el lugar de honor a Jesús, al cual llamó “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29). Cuando nosotros actuamos de esta manera, nuestro crecimiento espiritual no tiene límites, “pues Dios no da el Espíritu por medida", termina diciendo este pasaje.

Nuestro “yo” siempre se niega a retroceder o disminuir. Esto es característico de nuestra naturaleza pecaminosa, pero cuando recibimos a Jesucristo como Salvador personal se establece una lucha entre ese “yo” (la carne) y el Espíritu Santo que ahora mora en nosotros. El resultado ideal de esta batalla debe ser quitar el primer lugar al “yo” y cederlo al Señor. Esto sólo es posible cuando menguamos más y más en nuestro orgullo, al extremo de morir a todo lo relativo a la naturaleza carnal para que Cristo viva en nosotros y actúe por nosotros. El apóstol Pablo entendió este principio perfectamente, y fue capaz de crecer espiritualmente al punto que pudo declarar: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” (Gálatas 2:20).

Si quieres caminar en victoria en la vida debes renovar tu mente conforme a los principios del reino de Dios. Tu meta debe ser que no reine tu egoísmo personal sino el Señor Jesucristo. Mientras tu “yo” se mantenga en primer lugar, Cristo no puede reinar en tu vida. Cuando tu “yo” mengua, la vida de Jesús se manifiesta en ti, tu testimonio es agradable a Dios y sus bendiciones sobreabundan en tu vida.

Comienza pidiendo a Dios que te ayude a ser humilde, que ponga en ti el carácter de siervo que caracterizó a Jesús. Persiste en este propósito, escudriña las Escrituras cada día en busca de sabiduría, persevera en la oración y sirve en algún ministerio de tu iglesia, hasta que la vida de Jesucristo se manifieste en ti de manera evidente.

ORACION:
Padre amado, yo entiendo que es necesario que yo mengüe para que Cristo crezca en mí pero me resulta muy difícil lograrlo. Por favor, lléname de tu Espíritu y ayúdame a menguar para que Jesús sea el Rey y Señor de toda mi vida. En su santo nombre te lo pido, Amén.