Junio 2019
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¿Has sometido tu voluntad a la voluntad de Dios? Enviar esta meditación

Hebreos 10:5-10
“Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”


En el Antiguo Testamento leemos que la ley judía incluía un ritual en el que un día al año se sacrificaba un animal para la expiación de los pecados de los israelitas. Los sacrificios se repetían año tras año “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”, declara Hebreos 10:4. Por eso Dios envió a su Hijo, para reemplazar aquellos holocaustos y expiaciones. El pasaje de hoy nos habla de “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo” en la cruz del Calvario, por medio de la cual hemos sido “santificados”, es decir separados para Dios para siempre. Este fue el plan de Dios para la salvación de la humanidad perdida.

Dice este pasaje: “Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.” Jesús vino a este mundo con el propósito de ofrendar su vida para librarnos de la condenación eterna, y también para darnos un ejemplo de obediencia al someter su voluntad a la voluntad de Dios. Junto al pozo de Jacob, cuando sus discípulos le ofrecieron de comer, Jesús les dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.” (Juan 4:34). Y así lo hizo hasta que completó su obra en la cruz del Calvario. A pocas horas de su muerte, en el huerto de Getsemaní, postrándose en oración Jesús clamó: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa...” Pero en el aliento siguiente abandonó su propia voluntad y se sometió a la voluntad de Dios diciendo: “...pero no sea como yo quiero, sino como tú.” Después se dirigió a la cruz y ofreció su vida por cada uno de nosotros. Y dice la Biblia que al tercer día resucitó y entonces Dios “le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:9).

Cuando aceptamos a Jesucristo como Salvador, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros. Entonces se establece una guerra entre nuestra naturaleza carnal y la nueva naturaleza espiritual en Cristo Jesús. Con el fin de ilustrar este concepto, un predicador contó la siguiente historia en uno de sus sermones. Dijo: “Yo tenía una perrita cuyo juego favorito era tirar de un juguete plástico para arrebatármelo. Agarraba un extremo del juguete con los dientes y yo agarraba el otro extremo con la mano. Puesto que era una perra pequeña, en ocasiones yo la levantaba del suelo pero ella seguía aferrada al juguete obstinadamente. La naturaleza humana pecaminosa, a la cual la Biblia llama “la carne”, se parece mucho a esa perrita, se aferra a los hábitos y costumbres y se empeña en lograr lo que desea.”

Desde muy temprana edad nuestras palabras y acciones dicen: “Hágase mi voluntad.” Gritamos de rabia cuando no podemos hacer lo que queremos y nos reímos cuando satisfacemos nuestros deseos. Así crecemos y continuamos desarrollando ese hábito, de manera que cuando conocemos a Dios instintivamente deseamos que él se adapte a nuestra voluntad en lugar de nosotros conformarnos a la suya.

Los golpes y las pruebas de la vida nos enseñan que en nuestra relación con Dios sucede lo contrario a nuestra vida carnal. Es cuando hacemos su voluntad, no la nuestra, que encontramos la verdadera paz y felicidad, porque su voluntad es “agradable y perfecta” dice Romanos 12:2. Debemos seguir siempre el ejemplo de Jesús sabiendo que, aunque resulte difícil y a veces doloroso, cuando hacemos la voluntad de Dios siempre seremos abundantemente bendecidos.

ORACION:
Mi Dios y Señor, te ruego me ayudes a someter mi voluntad a tu voluntad, aún en aquellos momentos en que la carne insiste en satisfacer sus deseos. Manifiesta en mí el poder de tu Santo Espíritu y haz siempre en mi vida lo que tú quieras. Te lo pido en el nombre de Jesús, Amén.