Junio 2019
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¿Sientes que te has derrumbado? Enviar esta meditación

Salmo 37:23-25
“Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino. Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque el Señor sostiene su mano. Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.”


Paul Wylie, uno de los mejores patinadores sobre hielo de los Estados Unidos es también un consagrado cristiano. En una ocasión, en vísperas de un viaje a la comunista Europa del Este con el fin de participar en unas competencias, Paul declaró: “Patinar no es el medio para obtener más trofeos, fama o gloria, sino más bien una plataforma para compartir el Evangelio de Jesucristo con atletas de países que han levantado una barrera política y legal contra el Cristianismo. Dios me ha dado una carga por los europeos del Este.”

Más adelante, en las Olimpíadas de invierno de Calgary, Canadá en 1988, Wylie se encontraba patinando ante 20,000 espectadores y una tele audiencia de varios millones, cuando de momento algo salió mal en su rutina y cayó. Después de la competencia él describió aquel terrible momento de la siguiente manera: “De pronto sentí que mi mano toca el hielo, la cuchilla no me aguanta, empiezo a resbalar y me doy cuenta de que me estoy cayendo. Todo lo que escucho mientras caigo al hielo es un quejido de lamento de lo que parece ser un millón de voces al unísono.” Wylie tenía que tomar una decisión en una fracción de segundo. Podía centrarse en el error y darse por vencido, o podía seguir patinando y dar lo mejor de sí. Justo en ese momento le vino a la mente este versículo del pasaje de hoy: “Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque el Señor sostiene su mano.” Continuó su rutina y decidió patinar “de corazón, como para el Señor”, como dice Colosenses 3:23. Al final, la multitud prorrumpió en un estruendoso aplauso por su coraje y determinación.

El pasaje de hoy, parte del Salmo 37, lo escribió David siendo un anciano. Aquí él vierte la experiencia de una larga vida en la que conoció muy de cerca a Dios. Como todo ser humano David pecó, y en una triste ocasión su caída fue estrepitosa. Adulteró, mintió, actuó hipócritamente, y finalmente planeó el homicidio del marido de la mujer con la que adulteró. Pero cuando fue confrontado por el profeta Natán (2 Samuel 12) reconoció su pecado y se arrepintió de todo corazón. Después escribió el Salmo 51 en el que derramó su corazón quebrantado buscando la misericordia de Dios. El Señor lo levantó y David tuvo un largo y exitoso reinado. Y dice la Biblia que "murió en buena vejez, lleno de días, de riquezas y de gloria; y reinó en su lugar Salomón su hijo." (1 Crónicas 29:28).

Los creyentes no estamos exentos de recibir en algún momento un golpe tan fuerte que nos haga caer. Podría ser la muerte repentina de un ser querido, la pérdida del empleo, un divorcio, un resultado muy malo en las pruebas de laboratorio, o quizás estemos apesadumbrados por haber caído en pecado. Ahora bien, una cosa es caer y otra muy distinta es darse por vencido. El apóstol Pablo, en medio de pruebas y sufrimientos, expresó su confianza en el Dios todopoderoso que nos levanta, nos fortalece, nos consuela y nos lleva de la mano hasta que el triunfo obtenido por Jesucristo en la cruz se manifieste totalmente en nuestras vidas. Así escribió Pablo: “Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.” (2 Corintios 4:8-10). Cree esta verdad de todo corazón y aplícala a tu vida en esos momentos difíciles.

Si has caído en pecado arrepiéntete y confiésalo ante Dios y él te perdonará, dice 1 Juan 1:9. Si has sido víctima de un golpe muy fuerte o por cualquier otra razón te sientes sin fuerzas, abatido, desanimado recuerda que el Dios todopoderoso sólo espera que clames a él para tenderte una mano y levantarte. Así nos dice el Señor en Jeremías 33:3: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.”

ORACION:
Padre amado, gracias por el ánimo que me da tu Santa Palabra al afirmarme que tú no me dejarás postrado, sino que me levantarás y me darás fuerzas para obtener el triunfo. Por fe hoy declaro que estoy en victoria. En el nombre de Jesucristo, Amén.