Junio 2018
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¿Sirves al Señor con humildad? Enviar esta meditación

Efesios 3:8-10
“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.”


Leslie Weatherhead, conocido teólogo y predicador inglés del siglo pasado, narra una conversación que sostuvo con un joven estudiante que había decidido ingresar en el ministerio de la iglesia. Le preguntó cuándo se había sentido movido a tomar esa decisión. El muchacho le respondió que después de un servicio en la capilla de la escuela. Weatherhead le preguntó quién había sido el predicador, y el joven respondió que no tenía idea de quien fue. "Sólo sé que Jesucristo me habló esa mañana", le dijo. Esa fue una verdadera predicación, pues el que sirve a Cristo nunca debe constituirse en el centro de las miradas, sino debe hacer que las miradas se dirijan al Señor.

En el pasaje de hoy el apóstol Pablo les dice a los efesios que a él le ha sido dada la gracia de “anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.” Pero Pablo no se enorgullecía de haber recibido este privilegio, al contrario, se sentía movido a una profunda humildad. Por eso declara: “Soy menos que el más pequeño de todos los santos.” Lamentablemente esta cualidad va resultando cada vez más difícil de encontrar entre los predicadores, pastores o líderes cristianos en los tiempos actuales. Los que más abundan son aquellos que, envanecidos y llenos de orgullo, modifican la verdad de las Sagradas Escrituras con el fin de predicar sutilmente sus propias ideas y conclusiones o aquellas que ellos piensan van a ser mejor recibidas por la audiencia.

El verdadero líder es imitador de Cristo en todo, sus pensamientos, sus palabras, sus acciones. Todo lo que hace va encaminado a darle la gloria a Dios. Este era el objetivo principal en la vida de Pablo. Por eso, con toda autoridad, él exhortó a los corintios de la siguiente manera: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1). Un líder confiable siempre hablará conforme a lo que dice la Biblia, que es la Palabra de Dios y nos muestra claramente su voluntad; mostrará a todos el único camino, la verdad y la vida, que es Cristo Jesús, y no hablará de sí mismo. Un pastor que actúe de esta manera no tiene que preocuparse por declarar sus “buenas cualidades” pues el Espíritu Santo se encargará de hacerlo saber a todos.

Algo que debemos entender es que ningún ser humano está capacitado para ser este tipo de líder. Hay personas que poseen el arte de hablar con elocuencia y son capaces de persuadir a multitudes a seguir en una cierta dirección. Sin embargo esto no los hace el tipo de líder que puede servir a Dios de la manera que él espera. Es necesario que sea el Espíritu Santo quien guíe a esa persona. El poder del Espíritu Santo está a nuestra disposición de la misma manera que estuvo a la disposición de aquellos primeros discípulos que predicaron la sana doctrina del evangelio de Cristo. Si decidimos ser humildes y dejarnos guiar por él, ese poder nos ayuda a discernir la voluntad de Dios, nos da fuerza y valor para obedecerla y nos capacita para predicar con denuedo la palabra de Dios.

En Juan 14:26, poco tiempo antes de su partida, Jesús dijo a sus discípulos: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” El Espíritu Santo es nuestro Consolador, nuestro Maestro, nuestro Consejero y nuestro Guía. Es nuestra responsabilidad desarrollar una íntima comunión con el Señor por medio de la lectura de la Biblia y la oración diariamente, de manera que el Espíritu Santo tome control de nuestras vidas.

ORACION:
Amante Padre celestial, yo anhelo ser un instrumento en tus manos y servirte de manera que tu nombre sea siempre glorificado. Te ruego me capacites por medio de tu Santo Espíritu para poder ser ese siervo humilde y útil que tú deseas. En el nombre de Jesús, Amén.