Dios te habla
Mayo 2022
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1 Timoteo 1:3-7
“Como te rogué que te quedases en Efeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman.”


A lo largo de la historia surgieron contiendas teológicas que nunca condujeron a nada positivo sino más bien a confusión y división. En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo muestra su preocupación a su hijo espiritual Timoteo en relación a ciertas doctrinas que predicaban algunos que se habían desviado de la sana doctrina del evangelio y estaban ocasionando divisiones y disputas en la iglesia. De éstos dice Pablo que actuaban “queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman.”

La vida cristiana no es para discutirla teóricamente sino para vivirla cada momento del día poniendo en práctica las enseñanzas de la Palabra de Dios. Muchos no ven la Biblia como lo que es, un manual de enseñanzas prácticas para una vida bendecida. Los cristianos fieles que aman a Dios se deleitan en practicar los mandamientos de la Palabra de Dios. No hacen esto porque “la religión se los exige”, sino porque han recibido el impacto poderoso del gran amor del Señor. Ese enamoramiento los ha llevado a conocer y poner en práctica las ordenanzas de Dios. Aquellos que temen al Señor con un temor reverente, los que le aman y desean agradarle se deleitan en los mandamientos de la Palabra de Dios. ¿Eres tú uno de ellos? El autor del Salmo 112 sin duda pertenecía a este grupo. Por eso afirmó: “Bienaventurado el hombre que teme a Jehová y en sus mandamientos se deleita en gran manera.” (Salmo 112:1).

La Palabra de Dios nos muestra una manera práctica y sencilla de conocer a nuestro Padre celestial. Lamentablemente muchas veces nos limitamos a leerla de manera superficial en lugar de dedicar tiempo a meditar en esta poderosa palabra que contiene todos los tesoros que el ser humano necesita para vivir feliz y confiado. El Salmo 1 nos habla de los resultados de meditar en la palabra de Dios: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.” La segunda parte de este Salmo se refiere a los que no actúan de esta manera, es decir los impíos. Y termina diciendo: “El camino de los impíos perecerá.” (Salmo 1:6).

Ciertamente podemos afirmar lo siguiente: O la Biblia nos aleja del pecado o el pecado nos aleja de la Biblia. La luz poderosa y transformadora de la Palabra de Dios destruye el poder de las tinieblas que entenebrece el entendimiento y alumbra nuestras vidas. Así lo expresó el salmista en el Salmo 119:105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”

La mayoría de las personas que tienen una computadora limitan su uso a funciones básicas de la misma y están generalmente satisfechas con lo que logran. Sin embargo si un día leen el manual de instrucciones se dan cuenta de la enorme cantidad de cosas que pueden hacer con este instrumento que ellos desconocían. De igual manera cuando profundizamos en la lectura de la Biblia nos damos cuenta de las maravillas que Dios tiene dispuestas para aquellos que de corazón le buscan y desean conocerle íntimamente.

Si no lo estás haciendo actualmente, hazte el firme propósito de dedicar tiempo diariamente a leer la Biblia y a meditar en ella y a tener un tiempo de oración y comunión con tu Padre celestial. Te maravillarás del efecto que esta práctica tendrá en tu vida espiritual.

ORACION:
Dios mío, gracias por tu santa Palabra. Te ruego apartes de mí todo aquello que impida que yo halle deleite en ella para conocerte más, para amarte más, para obedecerte más y para disfrutar más de la vida abundante que tú quieres que yo viva. En el nombre de Jesús, Amén.