Mayo 2019
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¿Con qué fin estás luchando? Enviar esta meditación

1 Corintios 9:24, 25
“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.”


Los corintios estaban muy familiarizados con competencias deportivas que se celebraban en Corinto con mucha frecuencia. Por eso en este pasaje de su carta el apóstol Pablo hace una comparación entre la vida de los atletas y la vida de los cristianos. Los atletas dedicaban muchas horas diariamente a practicar su correspondiente deporte tratando de acondicionarse en el aspecto físico y llegar a un estado óptimo en cuanto a resistencia, fuerza, flexibilidad muscular, etc. con el fin de estar en la mejor forma posible el día de la competencia. De igual manera si los cristianos queremos vivir vidas victoriosas debemos ejercitar el aspecto espiritual. Para ello debemos dedicar tiempo diariamente a alimentar nuestros espíritus y fortalecer nuestra fe por medio de la lectura de la Biblia y la oración de manera que estemos siempre preparados para enfrentarnos a las pruebas y dificultades que abundan en este mundo.

Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a desear el triunfo espiritual de todo corazón, de la misma manera que el atleta desea obtener el premio. “Corred de tal manera que lo obtengáis”, les dice. Pero también les advierte que no va a ser fácil pues, al igual que los deportistas, tendrían que abstenerse de muchas cosas que podían ser obstáculos para obtener el triunfo. Aquellos atletas debían someterse a un estricto régimen alimenticio, lo cual quiere decir que había ciertas comidas que aunque les gustasen no debían comerlas, y quizás otras que no les gustaban mucho debían ser incluidas en su dieta. Debían seguir también un riguroso horario en cuanto al descanso, por lo tanto no podían acostarse muy tarde en la noche. Por esta razón debían cohibirse de participar en actividades sociales. Todas estas cosas y otras más debían ser eliminadas de sus vidas.

Al igual que para el atleta estas cosas son perjudiciales en el aspecto físico, para el creyente hay cosas que son dañinas al espíritu y afectan la comunión con el Señor. Todo pecado e iniquidad, las malas amistades que ejercen una mala influencia, la desobediencia a la voluntad de Dios. Todas estas cosas debemos rechazarlas de nuestras vidas y debemos esforzarnos en seguir fielmente las instrucciones de la palabra de Dios. Si descuidamos estos principios no lograremos la victoria.

Al final del pasaje Pablo se refiere a la diferencia fundamental entre el premio en el aspecto físico y el premio en el aspecto espiritual. Y les dice: “Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.” Desde luego que Pablo no está tratando de subestimar el esfuerzo y la dedicación de aquellos atletas ni tampoco el valor del triunfo. Pero enfatiza en la condición temporal de la corona de laurel que obtenía el vencedor, mientras que en nuestra carrera espiritual el premio es una corona incorruptible y eterna.

Debemos, por tanto, estar conscientes de la condición temporal de las cosas materiales. Generalmente nos esforzamos sobremanera para conseguirlas, las hacemos prioridad número uno en nuestras vidas y dedicamos a ellas todo nuestro tiempo y energía hasta que las conseguimos. Después pasa el tiempo y nos damos cuenta que en realidad no valió la pena tanto esfuerzo. En el Sermón del Monte Jesús estaba hablando con sus discípulos acerca de todas esas cosas materiales, algunas de las cuales necesitamos en el diario vivir. Y les dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33).

Esta enseñanza nos revela la necesidad de buscar por sobre todas las cosas el precioso tesoro del reino de Dios, actuando con el mismo ímpetu y sacrificio que muestran los atletas que desean obtener el triunfo. Es necesario que pasemos tiempo diariamente orando y leyendo la Biblia. Debemos meditar en esta santa palabra y aplicarla a nuestras vidas. Esto fortalecerá nuestra fe y nos preparará para hacer frente a las pruebas y salir victoriosos.

ORACION:
Padre santo, te ruego me ayudes a poner en primer lugar en mi vida las cosas que pertenecen a tu reino, sabiendo que todo lo demás es pasajero. En el nombre de Jesús, Amén.