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¿Quieres avivar el fuego del Espíritu Santo? Enviar esta meditación

2 Timoteo 1:6-9
“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo.”


Cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, y somos sellados como propiedad de Dios. Así dice 2 Corintios 1:21-22: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.” “Arras” es lo que se da como aval o garantía en un contrato. Es la parte inicial de algo que ha de completarse después. Aquí comienza el proceso de santificación durante el cual el Espíritu Santo produce en nosotros cambios que van eliminando todo aquello que pertenecía a nuestra vieja naturaleza, y creando nuevas costumbres, nuevos principios y una nueva dirección en nuestras vidas cuyo fin es que en nosotros se lleve a cabo el propósito de Dios de que lleguemos a ser “conformes a la imagen de su Hijo”, según dice Romanos 8:28.

En este proceso nosotros debemos tomar parte activa. La Biblia nos dice en Efesios 5:18: “Sed llenos del Espíritu.” Esto sólo podemos conseguirlo por medio de una íntima comunión con Dios en la cual el Espíritu Santo irá ocupando cada vez más áreas de nuestras vidas y así tomando el control en todas las situaciones en las que nos encontremos. En el pasaje de hoy, parte de la segunda carta de Pablo a su hijo espiritual Timoteo, él exhorta a su joven discípulo a avivar “el fuego del don de Dios.” Era suya la responsabilidad de actuar de manera tal que la acción del Espíritu Santo no disminuyera en su vida, sino todo lo contrario, que se convirtiera en fuego consumidor de todo aquello que pudiera ser obstáculo en su crecimiento espiritual. “Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”, le dice Pablo. Esto implica vivir una vida de santidad en la que la mente y el carácter de Cristo se manifiesten constantemente.

De igual manera, en su primera carta a los tesalonicenses Pablo los exhorta a mantener ciertas actitudes que glorifican el nombre de Dios. Dice 1 Tesalonicenses 5:15-18: “Que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos; estad siempre gozosos, orad sin cesar, dad gracias en todo…” Y entonces les dice: “No apaguéis al Espíritu.” Claramente vemos que el fuego del Espíritu Santo puede ser avivado como también puede ser apagado. Y vemos también que esto depende exclusivamente del creyente y no de Dios. El Señor quiere que ese fuego se mantenga vivo, pero es nuestra responsabilidad actuar de manera que esa llama no se apague. ¿Cómo, pues, se puede apagar y cómo se puede avivar este fuego?

Debemos entender que el pecado y todo lo que está asociado al mundo afecta el fuego del Espíritu. Por lo tanto debemos eliminarlo de nuestras vidas si queremos crecer espiritualmente. En Hebreos 12:1-2, la Biblia dice: “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús...” Todo aquello que no esté de acuerdo a la Palabra de Dios tiene que desaparecer de nuestras vidas. En primer lugar el pecado, por supuesto. Pero hay también otras cosas que probablemente no entren en la clasificación de “pecado”, pero que muchas veces constituyen un "peso" que nos impide “correr” nuestra “carrera” espiritual.

Una cosa debemos tener muy clara: tenemos que despojarnos de todo aquello que interfiera en nuestra comunión con el Señor y ponerlo a él en primer lugar. Eso es lo que nos dice la Biblia que hagamos. Es, por lo tanto, responsabilidad individual de cada uno de nosotros. Claro que nuestra naturaleza carnal hace que esto nos resulte muy difícil. Debemos, pues, buscar la ayuda de Dios por medio de la lectura diaria de su Palabra y la constante oración. Sólo así podremos avivar el fuego del Espíritu.

ORACION:
Amantísimo Padre celestial, te ruego me ayudes a actuar de manera que yo avive el fuego de tu Espíritu Santo, y el proceso de santificación se lleve a cabo en mi vida conforme a tus planes. En el nombre de Jesús, Amén.