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1 Juan 1:9
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”


Unos de los sentimientos negativos que más afectan el gozo y la paz de los creyentes es el sentimiento de culpabilidad. Cuando nos sentimos culpables no podemos vivir en paz ni disfrutar del gozo de nuestra comunión con el Señor. Nuestro enemigo el diablo se especializa en introducir en la mente de los creyentes que no están claros en el concepto del perdón de Dios, todo tipo de acusaciones relativas a su comportamiento con el fin de hacerlos sentir culpables. Pero lo cierto es que no tenemos que hacer caso de estas acusaciones de Satanás, pues nuestro Padre celestial ha provisto un medio para levantarnos de nuestras caídas, para restaurarnos, para eliminar de nuestros corazones todo aquello que afecta nuestra relación con él: la sangre de Cristo, la cual es poderosa para “perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”, dice el pasaje de hoy.

Una de las causas principales del sentimiento de culpabilidad es un concepto equivocado de Dios. Nos sentimos culpables cuando imaginamos que Dios está observando nuestros pecados y acusándonos, y pronunciando condenación. En realidad es todo lo contrario. Cuando leemos en el Antiguo Testamento la historia del pueblo de Israel llegamos a conocer bien el carácter y el corazón de Dios. Este pueblo se caracterizó por ser desobediente y rebelde. Pero en su inmensa misericordia, Dios estuvo siempre dispuesto a perdonarlos si reconocían sus pecados y se arrepentían. Por eso, a través del profeta Jeremías, el Señor les dijo: “Reconoce, pues, tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado.” (Jeremías 3:13).

Y en el Nuevo Testamento vemos el ejemplo más grande de amor en toda la historia de la humanidad cuando Dios dio a su Hijo Jesucristo con el fin de que muriera en la cruz “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, dice Juan 3:16. Después de su resurrección Jesús ascendió al cielo a ocupar su trono junto al Padre, y en su lugar vino el Espíritu Santo, el cual mora en todo aquel que ha aceptado a Cristo como salvador. Una de las funciones del Espíritu Santo es redargüirnos para hacernos conscientes de que hemos pecado, no con el fin de hacernos sufrir por la carga de culpabilidad sino para que le pidamos perdón a Dios y restauremos nuestra relación con él. Sólo tenemos que reconocer que hemos pecado, arrepentirnos de todo corazón y confesar nuestros pecados delante del Señor pidiendo su perdón.

Aprende a conocer a Dios tal y como él ha sido revelado en las Escrituras. Mira el amor y la compasión de Jesús por las multitudes que lo seguían (Mateo 14:14), por la viuda cuyo hijo había muerto (Lucas 7:13), por el leproso que se acercó a él en busca de sanidad (Marcos 1:40-42), y aún por aquel malhechor crucificado al lado suyo, al cual se dirigió después de la sincera declaración de fe de este, y le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43). Finalmente, clavado en la cruz del Calvario, unos minutos antes de su muerte, sufriendo indescriptible dolor, siendo injuriado y humillado injustamente, Jesús manifestó su amor y su misericordia clamando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Así es que si tú has aceptado a Jesucristo como Salvador, puedes declarar con toda autoridad que eres libre de toda culpa porque con la sangre que él derramó en la cruz pagó completamente tu deuda. La Biblia dice en Romanos 8:1 que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”

Medita en esta enseñanza, aférrate a la verdad de que Dios te ama, y rechaza cualquier falso sentimiento de culpa que esté atormentándote y robándote el gozo de la comunión con el Señor. Si has caído en pecado, arrepiéntete de corazón y confiésalo ante Dios. Permite hoy que el Espíritu Santo quite de ti el peso de esa culpa, y disfruta de una vida de paz y felicidad.

ORACION:
Padre santo, te doy gracias por tu infinita misericordia y por tu amor que excede a todo conocimiento. Hoy me llego ante tu trono de gracia arrepentido por haberte fallado. Te ruego me perdones y me limpies de toda maldad. Ayúdame a rechazar todo sentimiento de culpabilidad, y hazme sentir la paz y el gozo de tu amor y tu perdón en mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.