Marzo 2019
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Hechos 1:6-8
"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra."


Este pasaje nos muestra a Jesús, después de haber resucitado y a punto de ascender al cielo, conversando con sus discípulos. Estos le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” ¿Qué movió a los discípulos a hacer esta pregunta? ¿Sería acaso temor a lo desconocido? ¿Preocupación por lo que habría de suceder? ¿O sería un deseo personal de autoridad? Ciertamente Jesús había demostrado su poder venciendo la muerte. Sin duda tenía poder para liberar a Israel del yugo del imperio romano si él quería, y devolverle la independencia y la soberanía como nación. En este caso ellos estarían en una posición privilegiada.

Jesús no responde a la pregunta de manera directa. No dice que sí ni que no. Solamente les dice que los tiempos dependen exclusivamente de la autoridad del Padre, y que no corresponde a ellos conocerlos. Entonces les dice: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.” E inmediatamente declara con que fin ellos recibirían ese poder: “Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” Esta promesa del Señor se cumplió el día de Pentecostés, donde el Espíritu Santo se manifestó con todo su poder. Dice la Biblia que “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.” (Hechos 2:2-4). Y desde ese momento aquellos hombres comenzaron a predicar la palabra de Dios como nunca antes lo habían hecho, y muchos miles se convirtieron. De esta manera comenzó la iglesia de Cristo. Era necesario que los apóstoles recibieran el poder que Jesús había prometido para poner en marcha su plan de evangelización.

Si has aceptado a Jesucristo como tu salvador, dentro de ti mora el Espíritu Santo. La Biblia dice en 1 Corintios 6:19: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” Y Efesios 1:13-14 dice que “habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” Es decir su poder está en ti. Ahora es tu responsabilidad permitir que ese poder se manifieste viviendo una vida agradable a Dios.

Este poder espiritual es usado por Dios para expresar en nosotros y a través de nosotros la divina autoridad que se necesita para llevar a cabo el trabajo que él nos ha llamado a realizar. Este don de Dios no es solamente para predicadores, evangelistas o personas que trabajan en algún ministerio especial, sino que está disponible para todo aquel que ha aceptado a Jesucristo como salvador y que voluntariamente se rinde en sumisión y obediencia al Espíritu Santo. Nosotros no podemos dirigir o controlar el poder del Espíritu Santo para nuestro propio beneficio. Todo lo contrario, experimentamos su poder cuando nos rendimos para ser usados por él. Dios manifiesta su poder a través de nosotros cuando caminamos en obediencia a él.

El poder del Espíritu Santo puede ser avivado (2 Timoteo 1:6), pero también puede ser apagado (1 Tesalonicenses 5:19). Cada uno de nosotros tiene la capacidad para avivar el fuego del Espíritu Santo o para apagarlo dependiendo de lo que hagamos o dejemos de hacer. Dios quiere que ese fuego se mantenga vivo pero depende de nuestra manera de actuar que esa llama no se apague. Busca el rostro del Señor en oración cada día, escudriña su palabra, medita en ella, obedécela, sírvele y poco a poco el Espíritu Santo irá tomando el control de tu vida y podrás hacer cosas que antes ni siquiera imaginabas que podrías hacer.

ORACION:
Padre santo, es mi anhelo servirte y glorificar tu nombre a través de mi testimonio. Por favor dame la unción de tu Espíritu y capacítame con tu poder para llevar adelante tu obra en este mundo. En el nombre de Jesús, Amén.