Marzo 2019
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¿Sientes que Dios te ha abandonado? Enviar esta meditación

Salmo 13
“¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; para que no diga mi enemigo: lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien.”


Cuatro veces se repite en este corto salmo el clamor “¿Hasta cuándo...?” Sin duda refleja una gran angustia de corazón y una imperiosa necesidad de la ayuda divina. ¡Qué triste expresión de David en los momentos de amargura que estaba pasando mientras huía de Saúl que lo buscaba para matarlo! Debe haberse sentido totalmente abandonado por Dios. ¿Cómo podía ser posible que le hubiese fallado su roca, su castillo, su escudo (Salmo 18:2); su refugio (Salmo 31:4); su única esperanza (Salmo 39:7); su amparo y fortaleza (Salmo 46:1)? ¡Tantas veces había declarado en sus Salmos su absoluta confianza en el Dios todopoderoso! ¿Por qué ahora se sentía hundido en la desesperación, sin fuerzas para luchar, atrapado en una profunda depresión?

Todos, de una manera u otra, en algún momento de nuestras vidas hemos estado en una situación similar. Quizás ni siquiera hemos podido citar nuestros versículos favoritos o cantar esos himnos que tanto fortalecen el espíritu. Tal vez, como David, nos hemos limitado a quejarnos de la aparente indiferencia divina y nos concentramos en el lamento “¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” Sin embargo, si nos enfocamos en el amor de nuestro Padre celestial por nosotros entenderemos que un "rostro escondido" no es indicación de un corazón que ha olvidado. Recordemos los momentos más dolorosos de Jesús en la cruz del Calvario cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46). Jesús sabía que su Padre no lo abandonaría jamás. Pero en el momento de la angustia suprema se sintió tan solo que llegó a pensarlo y así lo expresó. Ahora todos sabemos que Dios estaba muy atento al sufrimiento de su Hijo amado, que era necesario para llevar a cabo su plan de salvación.

Nuestro Dios es el único que puede brindarnos la seguridad absoluta de que nunca nos abandonará. Cualesquiera fuesen las circunstancias que nos rodeen en un momento determinado, siempre podremos aferrarnos a esta preciosa promesa de nuestro Padre celestial que leemos en la epístola a los Hebreos: “No te desampararé, ni te dejaré.” (Hebreos 13:5). Y continúa el autor de esta carta en el siguiente versículo: “De manera que podemos decir confiadamente: el Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.” Cualquier ser humano puede abandonarnos en medio de una prueba, pero nunca nuestro Padre celestial. Esta seguridad en la presencia y la protección de Dios la expresó el mismo David en el Salmo 27:10 cuando escribió: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, el Señor me recogerá.”

Muchas veces Dios permite que pasemos por períodos de soledad. Desiertos en nuestras vidas en los que no tenemos a nadie a quien acudir en un momento de necesidad. Esas duras experiencias tienen un propósito: Traernos al punto donde podemos descubrir por nosotros mismos que Dios es real y es fiel, y siempre está cerca. Cuando entendemos esta verdad pasamos, como hizo David, de la desesperación y la queja al clamor y la oración. Y mientras esperamos la respuesta amorosa de nuestro Padre celestial comenzamos a sentir su paz inefable que nos indica que él está en control de la situación. Entonces pasamos a la expresión de un corazón agradecido. De esta manera lo expresa David al final de este Salmo: “Mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien.”

Medita en esta enseñanza, créela y grábala en tu corazón. Cuando te encuentres en medio de una prueba y sientas que Dios te ha abandonado, rechaza inmediatamente todo pensamiento negativo y repite una y otra vez: “¡Mi Dios no me abandonará nunca. Él está conmigo y me dará su favor!”

ORACION:
Padre santo, gracias por tu amor y tu fidelidad. Por favor, ayúdame a estar siempre consciente de tu presencia en mi vida y de que nunca estoy totalmente solo aunque en algún momento yo me sienta abandonado. En el nombre de Jesús, Amén.