Marzo 2019
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¿Quieres tú la verdadera seguridad?  Enviar esta meditación

Levítico 25:18-19
“Ejecutad, pues, mis estatutos y guardad mis ordenanzas, y ponedlos por obra, y habitaréis en la tierra seguros; y la tierra dará su fruto, y comeréis hasta saciaros, y habitaréis en ella con seguridad.”


Por medio de Moisés, Dios había dejado reglas y estatutos a los israelitas como parte del pacto que había hecho con ellos. En este pasaje el Señor le recuerda a su pueblo que la obediencia a sus instrucciones sería siempre la clave de la prosperidad y la abundancia, y de la certeza de que habitarían en su tierra con absoluta "seguridad".

Los tiempos en que vivimos son tiempos de mucha inseguridad. Esta inseguridad se refleja no sólo en los altos índices de violencia, robo y criminalidad que amenazan constantemente la vida de las personas, sino también en la inestabilidad que reina en todo el mundo, tanto en el aspecto político como económico. Personas que pensaban que tenían un hogar estable han tenido que pasar por el dolor de perderlo; muchos que creían que tenían un empleo seguro han recibido la triste noticia de que han sido despedidos; personas que gozaban de perfecta salud, de momento han recibido la mala noticia del resultado de los análisis. Ciertamente el mundo en que vivimos no puede garantizarnos la seguridad en ningún aspecto de la vida. Con el fin de crear una sensación de seguridad a nuestro alrededor, nos llenamos de "seguros" de todo tipo, seguros de vida, seguros médicos, seguro para la casa, para el automóvil, etc. Hacemos todo tipo de planes para "asegurar" que nada va a faltarnos en el futuro; pero nada de esto puede traer absoluta y total seguridad a nuestras vidas.

La seguridad absoluta no existe en este mundo, a menos que vivamos bajo el amparo y la protección de Dios. La Biblia nos dice en el Salmo 91:1 que “el que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente.” Dios es el único que puede garantizarnos seguridad en cualquier situación que se nos presente en la vida. Si lo tenemos a él como nuestro refugio, podremos caminar y vivir seguros sabiendo que no seremos removidos de su presencia jamás. Así dice Proverbios 10:30: “El justo no será removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra.” Es decir, aquel que ha sido justificado por la sangre de Cristo no será sacudido por las circunstancias por difíciles que estas sean. Esta promesa de Dios nos da a sus hijos la paz y la tranquilidad para enfrentar las pruebas y las dificultades de la vida cotidiana. Sin embargo, está claro que los impíos e incrédulos no pueden tener esta seguridad.

El Salmo 1 asegura que todo aquel que se deleita en la Palabra de Dios y medita en ella de día y de noche “será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.” En esta palabra poderosa sí podemos tener plena y total seguridad. Si tenemos a Cristo como nuestro Señor podemos vivir tranquilos y confiados, pues aún en el caso de que nuestra economía o nuestra salud o cualquier otra área sea afectada contamos con su ayuda incondicional. Así les dijo Jesús a sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33). Y podemos vivir con la seguridad de que él es fiel para reponernos lo que se ha perdido como sucedió en el caso de Job, el cual al final recibió el doble de lo que tenía al principio. Dios siempre tiene un buen propósito para sus hijos como nos asegura Romanos 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.” ¡Esta es la verdadera seguridad!

¿Deseas tener un seguro que cubre absolutamente todas las circunstancias imaginables en la vida y cuyo reembolso excede todo entendimiento humano? ¿Y además totalmente gratis? Única y exclusivamente Dios puede dártelo. Lee su palabra, medita en ella, obedécela, confía en el Señor y disfrutarás plenamente de todas sus promesas y sus bendiciones.

ORACION:
Mi Padre santo, hoy me hago el propósito de buscar tu rostro cada día de mi vida porque sólo en ti hay seguridad eterna. Gracias, Dios mío, por ser mi roca firme, mi ancla segura, mi fuente inamovible de bendición, mi amparo y mi protección. Por Cristo Jesús, Amén.