Marzo 2018
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Romanos 3:21-26
“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”


Aquí, en pocas palabras, está expuesto el plan de salvación de Dios para toda la humanidad. La Biblia establece que todos somos pecadores, y por lo tanto estamos destituidos de la gloria de Dios. Pero a través del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario, la deuda nuestra es pagada, nuestros pecados son perdonados y entonces la condenación es anulada, y en lugar de la muerte tenemos la vida eterna. Ahora bien, esto es sólo la parte que corresponde a Dios. Él nos ofrece el perdón, nuestra parte consiste en aceptar ese perdón. ¿Cómo? Aceptando a Jesucristo como nuestro Salvador personal. Esta es una decisión completamente individual. Cada persona tiene que tomar la decisión de aceptar el sacrificio de Cristo y confesarlo verbalmente. La persona que cree y lo confiesa es librada del poder de la muerte; la persona que lo rechaza continúa bajo el poder de la muerte.

Esta pequeña historia ilustra perfectamente este concepto: Siendo Andrew Jackson presidente de los Estados Unidos, un hombre llamado George Wilson descubrió a un ladrón que robaba algo en una oficina de correo. Wilson le disparó al hombre y lo mató. Fue arrestado, declarado culpable y sentenciado a muerte. Pero por causa de las circunstancias del delito, el presidente Jackson firmó un perdón especial que lo libraba de toda responsabilidad. Entonces sucedió algo imprevisto: Wilson se negó a aceptar el perdón, y como consecuencia se produjo un problema legal. Posteriormente hubo apelación en la Corte Suprema de Justicia donde John Marshall, el juez principal, dio un famoso veredicto que es el siguiente: “La declaración de perdón es sólo un pedazo de papel, pero tiene el poder de perdonar si lo acepta la persona que es objeto del perdón. Si la persona que es objeto de perdón se niega a aceptarlo, no puede ser absuelta. Por tanto, debe ejecutarse la sentencia de muerte dictada contra George Wilson.” George Wilson fue perdonado, pero por haberse negado a aceptar el perdón fue ejecutado.

Nuestra situación es muy similar a ésta. Dios ha perdonado los pecados de la humanidad a través del sacrificio de Jesucristo. Hoy el Espíritu Santo de Dios, por medio de la predicación de su palabra, está proclamando a todos: “Sus pecados han sido perdonados. Deben acudir a Jesucristo y aceptar el perdón.” Los que hemos aceptado este perdón, permitiendo a Jesucristo entrar en nuestros corazones, aceptándolo como nuestro Salvador personal debemos entender que ese perdón es absolutamente suficiente para justificarnos delante de Dios, y darnos el acceso al cielo por la eternidad. Pero aquellos que no han creído en ese magno sacrificio, y por lo tanto no han aceptado el perdón, les espera la muerte eterna. Así dice la Biblia en Juan 3:18: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

El amor incondicional de Dios, su infinita misericordia y su maravillosa gracia se manifestaron al no darnos lo que merecíamos (la muerte eterna), y regalarnos lo que no merecíamos, es decir la vida eterna. Así dice Romanos 6:23: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Si aun no posees este precioso regalo, dispón tu corazón para recibir el perdón de Dios, aceptando a su Hijo Jesucristo como tu salvador personal.

ORACION:
Padre santo, gracias una vez más por proveer el medio, a través del sacrificio de tu Hijo amado, para perdonarme y lavarme de toda mi maldad. Te ruego pongas en mi corazón la plena convicción de ese perdón y que yo pueda vivir una vida de victoria. En el nombre de Jesús, Amén.