Marzo 2018
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¿Actúas tú con orgullo? Enviar esta meditación

2 Corintios 4:7-10
“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.”


Este pasaje nos muestra la cruda realidad de lo que somos todos los seres humanos: frágiles cuerpos constituidos de barro; mortales, débiles y de muy poco valor; incapaces de vivir vidas de gozo y de victoria por nosotros mismos. Mucho se habla acerca del poder del hombre y de los logros que ha obtenido a través del desarrollo de la civilización, pero en realidad la característica fundamental del ser humano no es su poder, sino su debilidad.

El apóstol Pablo entendió este concepto perfectamente, según lo expresa en su segunda carta a los corintios capítulo 12. Pablo, sintiéndose incapaz de librarse por sí mismo de algo que le molestaba profundamente a lo cual él llamó “aguijón en mi carne”, clamó a Dios insistentemente para que se lo quitara. Pero el Señor le contestó: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” Entonces Pablo declaró desde lo más profundo de su corazón: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” Esta es una de las más grandes paradojas que encontramos cuando profundizamos en nuestra relación con Dios. Somos verdaderamente fuertes cuando somos capaces de reconocer lo débiles que somos.

Esta gracia divina es lo único de valor que poseemos dentro de nosotros; es el “tesoro en vasos de barro” al que se refiere el pasaje de hoy; es el poder que viene de Dios (no de nosotros), por medio del cual obtenemos el inmerecido perdón de nuestros pecados y la salvación eterna de nuestras almas. Y que además nos conforta cuando estamos “atribulados” o "afligidos". Así dice Juan 16:33: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Nos ayuda cuando estamos “en apuros”, como declara Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Nos protege cuando somos “perseguidos”, como dice el Salmo 27:6: “El levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean.” Y nos levanta cuando hemos sido “derribados”, como afirma el Salmo 55:22: “No dejará para siempre caído al justo.”

Es necesario que entendamos y aceptemos humildemente esta realidad: Somos débiles e incapaces. Fuimos creados para depender de Dios en todo. Separados de él “nada podemos hacer”, declaró Jesús en Juan 15:5. Sin embargo, hay algo que se opone a que actuemos guiados por este vital principio haciendo que nos perdamos las bendiciones que Dios tiene para nosotros: nuestro orgullo. El orgullo, la soberbia, la arrogancia o de cualquier manera le llamemos es el mayor obstáculo que puede haber entre nosotros y la vida abundante y victoriosa que el Señor nos ofrece. Al principio de la creación Adán y Eva dependían de Dios en todos los aspectos y él les proveía para todas sus necesidades. Y eran muy felices. Pero, bajo la influencia de la serpiente y guiados por su orgullo, quisieron ser como Dios, y pecaron. Entonces se rompió aquella linda relación y cayó la desgracia sobre la raza humana. Y fueron echados de la presencia de Dios. (Génesis 3).

El orgullo crea una barrera entre nosotros y Dios; la humildad nos acerca a él. Este contraste lo expresó Jesús en Mateo 23:12 cuando dijo: “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” También Proverbios 29:23 declara: “El orgullo del hombre lo humillará, pero el de espíritu humilde obtendrá honores.”

Pide a Dios que te revele cualquier área de tu vida en la que estés actuando con orgullo, y renuncia a esa actitud en el nombre de Jesús, para que el poder de su Espíritu Santo ponga en ti un espíritu de humildad y sumisión.

ORACION:
Padre Santo, por favor escudriña lo profundo de mi corazón y quita de mí toda altivez, soberbia y orgullo que me separan de ti. Ayúdame a caminar en humildad para agradarte siempre. En el nombre de Jesús, Amén.