Marzo 2018
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Dime lo que haces, y te diré quien eres  Enviar esta meditación

1 Corintios 5:9-11
“En mi carta os escribí que no anduvierais en compañía de personas inmorales; no me refería a la gente inmoral de este mundo, o a los avaros y estafadores, o a los idólatras, porque entonces tendríais que salir del mundo. Sino que en efecto os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador; con ése, ni siquiera comáis.”


Pablo había escrito anteriormente otra carta a los corintios advirtiéndoles que evitaran asociarse con hombres inmorales o de malas costumbres. Parece que algunos de los miembros de la iglesia interpretaron que tendrían que apartarse totalmente del mundo; sin embargo, la advertencia estaba relacionada únicamente con los miembros de la iglesia. Pablo quiso decirles que los hermanos que practicaban ese comportamiento debían ser disciplinados apartándolos de la iglesia hasta que corrigieran su conducta. Ciertamente en una ciudad como Corinto, donde abundaba el pecado, hubiera sido imposible llevar una vida normal sin relacionarse de alguna manera con personas cuyo comportamiento era condenado por la iglesia.

Asimismo en cualquier ciudad del mundo en la que tú vivas te encontrarás muchas personas cuyos principios y actitudes son opuestos a lo establecido en la Palabra de Dios. ¿Quiere esto decir que debes apartarte de ellas? Depende de lo que hagas en esa relación. Hay un refrán que dice: “Dime con quien andas, y te diré quien eres.” Sin lugar a dudas, este es el resultado de un juicio a la ligera que muchas veces genera una conclusión incorrecta. Mucho más acertado sería decir: “Dime lo que haces, y te diré quien eres.”

Muchas veces Jesús fue injuriado y acusado porque lo vieron en compañía de hombres y mujeres pecadores, como publicanos y prostitutas. Por ejemplo, en Lucas 19:1-10, la Biblia nos habla de una ocasión en la que el Señor predicaba en la ciudad de Jericó, y estando rodeado de una gran multitud, notó que un hombre llamado Zaqueo se había subido a un árbol para verle, pues era de pequeña estatura. Al ver Jesús el interés de aquel hombre por escucharle le dijo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.” (v.5). Y dice la Biblia que “entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.”

Zaqueo era jefe de los publicanos. Los publicanos se dedicaban a recaudar los impuestos que imponía el gobierno romano, y por eso eran vistos como traidores. Muchos de ellos se aprovechaban y cobraban a los ciudadanos más de lo estipulado, y se quedaban con parte del dinero. Para muchos, estos hombres caían en la misma categoría que los ladrones y los asesinos. Por eso todos murmuraron diciendo que Jesús “había entrado a posar con un hombre pecador.” (v.7). Sin embargo, durante aquella visita Zaqueo se arrepintió del mal que había hecho y prometió dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuadruplicado a todos los que había defraudado. La genuina transformación de este hombre hizo que Jesús declarara: “Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” He aquí el centro, el corazón, el principio fundamental del evangelio: la salvación de los perdidos.

¿Quieres tú participar en este plan de salvación? Jesús dijo: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16).

Para que una luz realice su función de iluminar tiene que acercarse a la oscuridad. No podemos pretender que somos parte del plan de salvación de Dios si ignoramos a aquellos que viven en tinieblas. Debemos acercarnos a ellos con un propósito en nuestra mente: ser instrumentos del Señor para la salvación de sus almas, y que nuestras palabras y nuestras obras glorifiquen el nombre de Dios. Y que todos nos conozcan por lo que hacemos.

ORACION:
Padre santo, yo quiero ser un instrumento en tu plan de salvación para aquellos que están perdidos. Por favor, ayúdame a servirte de corazón para agradarte a ti en todo lo que yo haga. En el nombre de Jesús, Amén.