Febrero 2018
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Efesios 4:31-32
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”


¿Conoces personas que van a la Iglesia cada domingo y dicen que aman al Señor, pero no manifiestan a otros el amor de Dios? Aún después de haber aceptado a Jesucristo como salvador y habiendo creído que su infinito amor ha entrado en sus vidas, muchos cristianos encuentran gran dificultad en transmitir ese amor al mundo hambriento de afecto que nos rodea. ¿A qué se debe?

Una de las principales razones por las que muchas personas no pueden experimentar el amor de Dios fluyendo a través de ellos es la existencia en sus corazones de una barrera de amargura y resentimiento que no proviene de Dios, sino del enemigo de nuestras almas. La causa principal por la que una persona siente amargura en su corazón es porque en algún momento de su vida ha sido herida y nunca ha perdonado la ofensa. Esto trae graves consecuencias espirituales y emocionales a su vida, las cuales se manifiestan negativamente en las relaciones con aquellos que le rodean. Por lo tanto son incapaces de ser "benignos" con los otros, como nos dice el pasaje de hoy que seamos. Para ello es necesario eliminar toda amargura, todo enojo y resentimiento, y esto sólo es posible “perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

La amargura generalmente tiene su origen en un espíritu no perdonador. Hay un peligro muy grande en permitir que la amargura se acumule en el corazón y eche raíces. Si sientes que eres cautivo de tu propio enojo y hostilidad; si hay en ti ira, rencor, envidia, odio o cualquier otro sentimiento similar contra alguna persona, lo primero que tienes que hacer es reconocer que esta condición existe en tu corazón, entonces confiésalo delante de Dios y pídele sinceramente que te ayude a perdonar a esa persona y a amarla como Cristo nos amó. Claro que esto es más fácil decirlo que hacerlo, pues nuestra naturaleza carnal se niega a perdonar a los que nos han ofendido. Esto nos mantiene atados espiritualmente e incapaces de actuar de la manera que Dios espera que actuemos.

El primer paso para liberarnos espiritualmente es aceptar a Jesucristo como nuestro salvador. Entonces comienza un proceso durante el cual debemos crecer espiritualmente, eliminando de nuestras vidas todo aquello que se ha acumulado durante el tiempo en que no conocíamos al Señor. Para ello tenemos que alimentar nuestros espíritus diariamente con la Palabra de Dios. De esta manera lo expresa el apóstol Pedro: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.” (1 Pedro 2:1-2).

A medida que crecemos espiritualmente, y vamos conociendo la verdad por medio de la lectura de la Biblia y la oración día tras día, vamos siendo liberados de esas ataduras y comenzamos a experimentar la libertad que Cristo nos ofrece. Así dijo Jesús a un grupo de judíos que habían creído en él: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31-32).

El Espíritu Santo limpiará tu corazón de toda raíz de amargura, y de manera milagrosa te hará totalmente libre para amar. Dice 2 Corintios 3:17: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” Esta libertad te permitirá experimentar el gozo y el amor de Dios y al mismo tiempo vendrás a ser un vaso de amor para compartir con otros, aún con aquellos que te han herido.

ORACION:
Padre santo, vengo delante de tu trono a traer todo enojo, ira o rencor que haya hecho nido en mi corazón. Te ruego que arranques toda raíz de amargura y llenes mi corazón de tu amor. Por favor libérame y capacítame para poder perdonar y amar a todos los que me han herido u ofendido de alguna manera. En el nombre de Jesús, Amén.