Diciembre 2018
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¿Te llevas bien con tus hermanos? Enviar esta meditación

Hebreos 10:23-25
“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”


Un hombre llamado Lou Joline, del estado de Missouri, Estados Unidos, comenzó a correr regularmente cuando tenía poco más de cuarenta años. En el 2006, a los 70 años, era el presidente del club de corredores de Kansas City y había corrido más de 100 maratones en 42 estados diferentes. Por muchos años ha sido considerado como una de las cinco personas mayores de 50 años “en mejor forma física” en los Estados Unidos. Sin lugar a dudas ha sido un logro extraordinario de su parte, pero él mismo ha declarado que le hubiera resultado imposible hacerlo solo. Él lo ha logrado con la ayuda de los miembros de tres clubes de corredores a los que pertenece. Producto de su experiencia, Joline exhorta a las personas a las que les resulta difícil hacer ejercicios que lo conviertan en un evento social. Dice él: “Unete a un grupo. Si tus amigos lo hacen, tú también lo harás.”

No solamente podemos aplicar este concepto al ejercicio físico, sino también al ejercicio espiritual. Muchos de nosotros creemos que solos podemos crecer espiritualmente. Sin embargo si queremos estar en buena forma en nuestra fe nos necesitamos unos a otros. Fuimos creados para vivir en comunión con Dios y entre nosotros. No estamos preparados para vivir aislados del resto del mundo, aunque algunos prefieren vivir en soledad sin ninguna relación con los demás. Estas personas, generalmente, son muy infelices y sus vidas carecen del más mínimo significado.

Nuestro Creador, conociendo las características más íntimas de nuestra naturaleza, nos exhorta por medio de su palabra a mantenernos unidos como un cuerpo que somos y a apoyarnos unos a otros en momentos de dificultad. El apóstol Pablo escribe en su carta a los efesios: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación.” (Efesios 4:1-4).

Y en Gálatas 6:1-2, Pablo escribe: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” La “ley de Cristo” se cumple cuando su carácter se refleja en nuestras vidas, cuando su amor se manifiesta en nuestras obras, cuando somos capaces de sacrificarnos por nuestros hermanos y compartir sus cargas en los momentos difíciles y disfrutar junto a ellos los momentos de felicidad, como dice Romanos 12:15: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.” Cada iglesia local es una representación del cuerpo de Cristo. Así lo expresa Pablo en su primera carta a los corintios: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” (1 Corintios 12:27). Por tanto, la iglesia es más que una organización; es un organismo vivo que manifiesta a Cristo al mundo.

El pasaje de hoy nos exhorta a estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, y a que no dejemos de congregarnos. ¿Estás involucrado en una iglesia local? ¿Asistes a algún grupo pequeño de estudio bíblico? ¿Tienes un amigo o amiga con quien puedas hablar francamente y orar?

Si la respuesta a alguna o algunas de estas preguntas es “no”, debes considerar que necesitas ampliar tus oportunidades de comunión con otros creyentes. No olvides que formas parte del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, y que como miembro tienes una función, la cual no puedes llevar a cabo separado del cuerpo.

ORACION:
Padre amado, te ruego me ayudes a seguir al pie de la letra las instrucciones de tu palabra. Capacítame para vivir en íntima comunión contigo y con mis hermanos en la fe, de manera que yo pueda ejercer plenamente mi función como miembro de este cuerpo. Por Cristo Jesús te lo pido, Amén.