Diciembre 2017
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Cómo alabar en el templo Enviar esta meditación

Salmo 150
“Alabad a Dios en su santuario; alabadle en su majestuoso firmamento. Alabadle por sus hechos poderosos; alabadle según la excelencia de su grandeza. Alabadle con sonido de trompeta; alabadle con arpa y lira. Alabadle con pandero y danza; alabadle con instrumentos de cuerda y flauta. Alabadle con címbalos sonoros; alabadle con címbalos resonantes. Todo lo que respira alabe al Señor. ¡Aleluya!”


¿Cómo debemos alabar a Dios en el templo? El tema de la alabanza o la música en la iglesia es sin duda muy controversial, pues cada opinión que se expresa está inspirada por el gusto particular de quien habla, o su lugar de origen, o el medio ambiente que le rodeaba durante su crecimiento (físico, y también espiritual cuando se convirtió). Con seguridad veremos estilos muy diferentes de alabanza y adoración en una iglesia en una aldea africana que en una iglesia en Inglaterra, o en Norte América, o en un país de Centro o Sur America, por ejemplo. Pero esto no quiere decir que esa alabanza no sea del agrado de Dios. Por lo tanto, no debemos concentrarnos tanto en el estilo (himnos tradicionales o canciones contemporáneas), sino más bien en la esencia y el propósito de nuestra alabanza.

El propósito fundamental de la alabanza es agradar a Dios. Por lo tanto debemos alabarlo como a él le gusta que le alabemos, de la misma manera que cuando vamos a hacer un regalo a una persona que amamos tratamos de conseguir algo que sabemos le va a gustar. En primer lugar, debemos alabar a Dios de todo corazón. El Salmo 9:1 dice: “Te alabaré, oh Señor, con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas.” Esto es de suma importancia para el Señor. En Isaías 29:13 leemos que Dios se lamentó de la alabanza hipócrita de los israelitas: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí.” Tanto la adoración como la alabanza deben salir de corazones agradecidos y deseosos de expresar su amor al Señor.

Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob le dijo: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.” (Juan 4:23). Jesús estaba haciendo un contraste entre la adoración de los judíos y la adoración que Dios pediría de sus seguidores en su nuevo pacto, bajo el cual sus cuerpos serían “templo del Espíritu Santo.” (1 Corintios 6:19).

La persona encargada de dirigir la alabanza en el templo debe buscar profundamente la dirección del Espíritu Santo mientras planea los himnos o canciones que se van a cantar, y durante su ejecución en el servicio. Es necesario que su planeamiento esté precedido por un tiempo de oración en busca de la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo, quien intercede por nosotros, le guiará exactamente a lo que Dios desea. Desde luego que la búsqueda sincera de la voluntad de Dios implica renunciar a conceptos establecidos por el hombre y usar la Biblia como la norma básica en su planeamiento.

Por ejemplo, no hay nada en la Palabra de Dios que impida palmear o alzar las manos durante la alabanza, como prohíben algunas iglesias. Todo lo contrario: El Salmo 47:1 dice: “Batid palmas, pueblos todos; aclamad a Dios con voz de júbilo.” Y el Salmo 134:2 exhorta: “Alzad vuestras manos al santuario y bendecid al Señor.” Algunas iglesias estiman que el piano es el único instrumento que se debe usar en la alabanza. No hay nada en la Biblia que lo apoye. El pasaje de hoy (Salmo 150) es una clara exhortación a alabar a Dios con todo instrumento musical. Este mismo Salmo nos exhorta a danzar en medio de la alabanza. Sin embargo, hay iglesias que casi catalogan la danza como algo diabólico. Por otro lado también es cierto que hay iglesias en las que se exageran los movimientos al momento de danzar, o el volumen de la música es tan alto que en ocasiones atormenta en lugar de traer paz y gozo a la congregación. Un principio a tener en cuenta siempre es que “en todo los extremos son malos.” Debemos buscar un balance apropiado bajo la dirección del Espíritu Santo, y recordar siempre el consejo del apóstol Pablo: “Hágase todo decentemente y con orden.” (1 Corintios 7:40).

ORACION:
Padre santo, te ruego que tu Santo Espíritu me dirija de manera que mi adoración y mi alabanza para ti salgan de lo más profundo de mi corazón y sean siempre de tu agrado, y que tú recibas toda la gloria. En el nombre de Jesús, Amén.