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Isaias 41:13
“Porque yo soy el Señor tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo.”


En una ocasión un viajero fue asaltado por unos bandidos en un camino solitario. Le quitaron cuanto llevaba y lo condujeron hasta un bosque cercano. Allí ataron una cuerda a una rama de un gran árbol y lo hicieron agarrarse de la punta de la cuerda. Lo balancearon en la oscuridad de la noche y le dijeron que estaba colgando sobre un profundo precipicio. En el momento que soltara la cuerda se destrozaría contra las rocas del fondo. Entonces se fueron. Aquel hombre se llenó de terror ante la horrible condenación que le esperaba. Se aferró desesperadamente de la cuerda, pero cada segundo que pasaba hacía más angustiosa su situación. Sus fuerzas comenzaron a fallarle. Sus dedos crispados por el dolor amenazaban con rendirse. Llegó al punto que ya no pudo sostenerse más. Había llegado el fin... Por fin soltó la cuerda... ¡Y cayó! ¡Solamente 10 pulgadas! ¡Y halló tierra firme bajo sus pies!

En realidad no existía el supuesto precipicio. Había sido una mentira de los ladrones con el fin de tener tiempo para escapar. Aquel hombre se mantuvo aferrado a la cuerda pensando que era su salvación. Cuando no pudo más y se dejó caer, no fue para morir sino para recibir la seguridad que había estado ansiando durante todo ese tiempo. Así nos pasa a los cristianos muchas veces. Nos aferramos a nuestros hábitos, a nuestras costumbres, a nuestra manera de ser. Nos agarramos de nuestros deseos, nuestras conclusiones, nuestra “sabiduría”, de nuestra voluntad, y muchas veces sufrimos horriblemente. El corazón se nos hace pedazos y seguimos agarrados porque tenemos miedo soltarnos y caer rendidos en los brazos del Señor, en donde vamos a encontrar la seguridad y la ayuda que necesitamos.

La Biblia nos narra en Mateo capítulo 14 que en una oscura noche, estando los discípulos en medio del mar de Galilea, se desencadenó una fuerte tormenta que amenazaba con hundir su barca. Entonces se les acercó Jesús caminando sobre el mar y les dijo: “¡Confiad; yo soy, no temáis!” Tan pronto ellos reconocieron a Jesús y confiaron, los vientos se calmaron y el temor desapareció. En el pasaje de hoy Dios se dirige al pueblo de Israel y los consuela y les promete seguridad en medio de las dificultades que les rodeaban. Dependería de ellos que confiaran en la protección del Señor. Esta promesa se extiende al actual pueblo de Dios, los que hemos aceptado a Jesucristo como salvador. Él nos dice: “No temas, yo te ayudo.” Tenemos que vivir con la absoluta seguridad de que si Dios dice “No temas”, esto verdaderamente quiere decir que no existe nada a lo que debamos temer. Cuando el Señor nos dice que confiemos en él pues nos va a ayudar, él siempre suplirá el poder y la habilidad para que hagamos lo que tengamos que hacer.

El cristiano no debe vivir bajo el temor pues el temor no proviene de Dios. Así dice 2 Timoteo 1:7: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” Dios nos ha dado poder por medio del Espíritu Santo, pero la decisión de usar ese poder es nuestra. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de elegir. O vives en el temor con todas sus terribles consecuencias o vives en la fe que produce el Espíritu de Dios. Sólo tienes que creer en el amor y el poder de Dios y dejarte caer en sus brazos. Él te ha asegurado que “te sostiene de tu mano derecha”, y él es fiel para cumplir sus promesas. Dios nunca nos va a fallar. Aun “si fuéremos infieles, él permanece fiel”, declara 2 Timoteo 2:13.

Si estás en medio de una situación difícil y has estado tratando por todos los medios de salir de ella y no has tenido éxito, “suelta” todo aquello de lo que te has agarrado y aférrate del brazo poderoso de Dios. Cuando tu fe te permita soltarte vas a caer en los brazos del Señor, en la seguridad que él te ofrece, en su protección, en su inmenso amor. Serás grandemente bendecido y disfrutarás de la vida abundante que Jesús ha prometido. Pero tienes que rechazar el temor en el nombre poderoso de Jesucristo y confiar de todo corazón en tu Padre celestial.

ORACION:
Bendito Dios, gracias por tus promesas de ayuda y protección para tus hijos. Por favor, ayúdame a deshacerme del temor que me impide avanzar y a confiar plenamente en ti aunque las circunstancias a mi alrededor parezcan imposibles de vencer. En el nombre de Jesús, Amén.